08 Abril 2007 Seguir en 
La Semana Santa es una de las celebraciones más importantes de la cristiandad porque en ella se conmemora la pasión, muerte y resurrección de Cristo. El Domingo de Pascua es el día en el cual Jesús salió de su sepulcro. Se produce su resurrección, luego de su muerte consentida por Dios para el rescate y la rehabilitación del hombre caído. El mensaje redentor de la Pascua implica la purificación total del hombre, la liberación de sus egoísmos, de su sensualidad, de sus complejos.
La celebración, que coincide con la festividad de Pesaj (Pascua judía), invita a reflexionar sobre el sentido de la vida, de las actitudes cotidianas, sobre la realidad que construimos o destruimos diariamente, en el sentido de una autocrítica, es decir el reconocimiento de nuestros errores y miserias. En su mensaje pascual, el arzobispo de Tucumán ha señalado, entre sus principales preocupaciones, la pérdida del sentido del pecado. “Pío XII llegó a decir: ‘seguramente, el pecado más grande del mundo de hoy es que los hombres están empezando a perder el sentido del pecado’. Esto se debe a la pérdida del sentido de Dios y de nuestra relación con El. Entonces, el hombre cree que ha adquirido la libertad cuando, en realidad, sólo ha conseguido perder la brújula orientadora de su vida. Dostoievsky decía que ‘sin Dios todo puede llegar a ser lícito’”, afirmó el prelado.
Al referirse a los males de la sociedad, el arzobispo deploró que se vaya extendiendo la cultura de la muerte, en lugar de defender y proteger la vida desde su concepción hasta la muerte natural, y expresó su preocupación por la falta de seguridad, el desequilibrio y la desigual distribución de los bienes, la falta de diálogo, la fragmentación social, el deterioro de la política, la mentira, la ambición desmedida, la corrupción en la vida pública. También hizo mención al auge de la droga, de la prostitución y del juego.
En el Vaticano, el Papa comenzó el jueves pasado su homilía recordando un relato del escritor ruso León Tolstoi, en el que un simple pastor explica a un rey lo que los sacerdotes y los sabios no lograban. El soberano, que quería ver a Dios, escucha sorprendido al pastor que le explica que sus ojos no son suficientes para verlo. Ante el anhelo de conocer al menos qué hace Dios, el pastor le dice que para poderle responder era necesario que se intercambiaran las vestiduras. Por lo que el rey se vistió pobremente y el humilde pastor, de rey: “Esto es lo que hace Dios”.
El pecado es la transgresión voluntaria de preceptos religiosos. Es la cosa que se aparta de lo recto y justo, o que falta a lo que es debido.
En esta jornada tan apreciada por la Humanidad sería oportuno que los tucumanos pensáramos no sólo en nuestros pecados individuales, sino también en los colectivos. Transgredir las leyes y las normas que hacen a la convivencia, faltarles el respeto a los padres, a los ancianos, a los maestros, implica también pecar.
Sería bueno que los tucumanos nos preguntáramos qué hacemos cotidianamente por los otros para tener una sociedad más digna, menos corrupta; cuál es nuestro compromiso con la comunidad. Quienes nos gobiernan deberían reflexionar acerca de sus ambiciones a veces desmedidas que se anteponen a los intereses de la sociedad. Como en la fábula de Tolstoi, tal vez deberían ponerse el humilde ropaje del pastor para sentir en carne propia las necesidades de los más desprotegidos. Hoy es un día propicio para mirarnos en el espejo. Una sociedad digna se construye con el aporte de todos los ciudadanos. Para crecer es necesaria la autocrítica, porque es la que nos permite corregir el rumbo.
La celebración, que coincide con la festividad de Pesaj (Pascua judía), invita a reflexionar sobre el sentido de la vida, de las actitudes cotidianas, sobre la realidad que construimos o destruimos diariamente, en el sentido de una autocrítica, es decir el reconocimiento de nuestros errores y miserias. En su mensaje pascual, el arzobispo de Tucumán ha señalado, entre sus principales preocupaciones, la pérdida del sentido del pecado. “Pío XII llegó a decir: ‘seguramente, el pecado más grande del mundo de hoy es que los hombres están empezando a perder el sentido del pecado’. Esto se debe a la pérdida del sentido de Dios y de nuestra relación con El. Entonces, el hombre cree que ha adquirido la libertad cuando, en realidad, sólo ha conseguido perder la brújula orientadora de su vida. Dostoievsky decía que ‘sin Dios todo puede llegar a ser lícito’”, afirmó el prelado.
Al referirse a los males de la sociedad, el arzobispo deploró que se vaya extendiendo la cultura de la muerte, en lugar de defender y proteger la vida desde su concepción hasta la muerte natural, y expresó su preocupación por la falta de seguridad, el desequilibrio y la desigual distribución de los bienes, la falta de diálogo, la fragmentación social, el deterioro de la política, la mentira, la ambición desmedida, la corrupción en la vida pública. También hizo mención al auge de la droga, de la prostitución y del juego.
En el Vaticano, el Papa comenzó el jueves pasado su homilía recordando un relato del escritor ruso León Tolstoi, en el que un simple pastor explica a un rey lo que los sacerdotes y los sabios no lograban. El soberano, que quería ver a Dios, escucha sorprendido al pastor que le explica que sus ojos no son suficientes para verlo. Ante el anhelo de conocer al menos qué hace Dios, el pastor le dice que para poderle responder era necesario que se intercambiaran las vestiduras. Por lo que el rey se vistió pobremente y el humilde pastor, de rey: “Esto es lo que hace Dios”.
El pecado es la transgresión voluntaria de preceptos religiosos. Es la cosa que se aparta de lo recto y justo, o que falta a lo que es debido.
En esta jornada tan apreciada por la Humanidad sería oportuno que los tucumanos pensáramos no sólo en nuestros pecados individuales, sino también en los colectivos. Transgredir las leyes y las normas que hacen a la convivencia, faltarles el respeto a los padres, a los ancianos, a los maestros, implica también pecar.
Sería bueno que los tucumanos nos preguntáramos qué hacemos cotidianamente por los otros para tener una sociedad más digna, menos corrupta; cuál es nuestro compromiso con la comunidad. Quienes nos gobiernan deberían reflexionar acerca de sus ambiciones a veces desmedidas que se anteponen a los intereses de la sociedad. Como en la fábula de Tolstoi, tal vez deberían ponerse el humilde ropaje del pastor para sentir en carne propia las necesidades de los más desprotegidos. Hoy es un día propicio para mirarnos en el espejo. Una sociedad digna se construye con el aporte de todos los ciudadanos. Para crecer es necesaria la autocrítica, porque es la que nos permite corregir el rumbo.







