06 Abril 2002 Seguir en 
WASHINGTON.- Desde hace tres décadas, Yasser Arafat, indiscutido jefe del nacionalismo palestino, mantuvo conflictivas relaciones con siete sucesivos gobiernos estadounidenses, a menudo forzadas y a veces marcadas por suspicacias. El actual capítulo de esa relación confirma más que nunca la actitud de desafío mutuo entre Arafat, que lidera a los palestinos desde 1969, y el presidente George W. Bush, que lo acusó de traicionar las esperanzas de su pueblo, pero sin interrumpir el diálogo.
Punta de lanza de la lucha contra lo que denunciaba como imperialismo americano, pero rápidamente convertido en partidario de una discreta colaboración con Estados Unidos, Arafat nunca fue más plenamente reconocido que por Bill Clinton (1993-2001). Según analistas, los presidentes estadounidenses jamás tuvieron mucha confianza en Arafat. Trataron con él porque encarna el sentimiento nacional palestino más que cualquier otro dirigente.
Varios presidentes, especialmente Ronald Reagan (1981-1989) y George Bush padre (1989-1993) "seguramente lo hubieran preferido muerto", dijo un ex consejero del presidente James Carter (1977-1981). A menudo en las sombras, las relaciones se esbozaron tras la guerra de Yom Kippur (1973). La Organización para la Liberación de Palestina (OLP) pensaba entonces que la administración del presidente Richard Nixon (1968-1974) estaba en condiciones de presionar a Israel. En esa época comenzó la colaboración entre la CIA y la OLP a través de contactos mantenidos en Beirut. Sin embargo prevaleció la doctrina del secretario de Estado Henry Kissinger: Estados Unidos califica a la OLP como una organización terrorista a la que no considera aproximarse oficialmente.
La visión de Carter
La intervención de Arafat en la Asamblea General de la ONU, en 1974, le permitió pisar suelo estadounidense, pero el presidente Gerard Ford (1974-1977) le cerró las puertas de la Casa Blanca. Un año después comenzó a hablar de tomar en cuenta las aspiraciones legítimas de los palestinos. Carter contempló la necesidad de un territorio para los refugiados, pero sin nombrar a Arafat. Poco después se entablaron negociaciones secretas entre la OLP y diplomáticos estadounidenses.
La primera Intifada (insurrección palestina), en 1987, dio a Arafat la oportunidad para dialogar con Estados Unidos. Un año después, ante la ONU en Ginebra, Arafat reconoció el derecho a la existencia de Israel. Todo parecía encarrilado hasta 1990. Un intento de atentado contra un complejo turístico en una plaza israelí golpeó la mesa. Otro golpe fue la aproximación de Arafat hacia el líder iraquí Saddam Hussein durante la guerra del Golfo (1990-91). (AFP)
Punta de lanza de la lucha contra lo que denunciaba como imperialismo americano, pero rápidamente convertido en partidario de una discreta colaboración con Estados Unidos, Arafat nunca fue más plenamente reconocido que por Bill Clinton (1993-2001). Según analistas, los presidentes estadounidenses jamás tuvieron mucha confianza en Arafat. Trataron con él porque encarna el sentimiento nacional palestino más que cualquier otro dirigente.
Varios presidentes, especialmente Ronald Reagan (1981-1989) y George Bush padre (1989-1993) "seguramente lo hubieran preferido muerto", dijo un ex consejero del presidente James Carter (1977-1981). A menudo en las sombras, las relaciones se esbozaron tras la guerra de Yom Kippur (1973). La Organización para la Liberación de Palestina (OLP) pensaba entonces que la administración del presidente Richard Nixon (1968-1974) estaba en condiciones de presionar a Israel. En esa época comenzó la colaboración entre la CIA y la OLP a través de contactos mantenidos en Beirut. Sin embargo prevaleció la doctrina del secretario de Estado Henry Kissinger: Estados Unidos califica a la OLP como una organización terrorista a la que no considera aproximarse oficialmente.
La visión de Carter
La intervención de Arafat en la Asamblea General de la ONU, en 1974, le permitió pisar suelo estadounidense, pero el presidente Gerard Ford (1974-1977) le cerró las puertas de la Casa Blanca. Un año después comenzó a hablar de tomar en cuenta las aspiraciones legítimas de los palestinos. Carter contempló la necesidad de un territorio para los refugiados, pero sin nombrar a Arafat. Poco después se entablaron negociaciones secretas entre la OLP y diplomáticos estadounidenses.
La primera Intifada (insurrección palestina), en 1987, dio a Arafat la oportunidad para dialogar con Estados Unidos. Un año después, ante la ONU en Ginebra, Arafat reconoció el derecho a la existencia de Israel. Todo parecía encarrilado hasta 1990. Un intento de atentado contra un complejo turístico en una plaza israelí golpeó la mesa. Otro golpe fue la aproximación de Arafat hacia el líder iraquí Saddam Hussein durante la guerra del Golfo (1990-91). (AFP)







