La crisis de la oposición y el unipartidismo

La UCR y FR enfrentan serios problemas de identidad. Lo mismo ocurre con la política: su objeto, en Tucumán, no es el poder, sino los recursos materiales. Las fronteras difusas. Por Alvaro José Aurane - Redacción LA GACETA.

22 Marzo 2007
Durante los 90, Tucumán era una suerte de fenómeno político a estudiar. La irrupción de Fuerza Republicana representó algo así como un suceso inédito en el país donde las opciones eran PJ o UCR. Aún hoy es analizado en no pocos posgrados de Ciencias Políticas. Una década después, la Provincia vuelve a dar la nota en materia de escenarios alternativos al bipartidismo. Pero, esta vez, en el otro extremo. En el de la consolidación del unipartidismo.
La pelea entre el gobernador, José Alperovich, y el vicegobernador, Fernando Juri, no se reduce a la interna del PJ. Por el contrario, el enfrentamiento cubre todo el tablero político provincial. Ciertamente, dados los quilates de los cargos de cada uno, la lid no puede pasar inadvertida. Pero la cuestión, en realidad, es que los otros dos grandes partidos (por así decirles) se han entregado a esa interna ajena.
En la UCR, Mario Marigliano (titular de la junta de gobierno) es acusado de ser funcional a Alperovich, porque propone que ese partido sólo compita con candidatos radicales. Al frente, Ariel García (titular de la convención) es señalado como pro-jurista, por su público auspicio de un frente que, eventualmente, pueda liderar el presidente de la Cámara. Volvió a asomarse la hilacha internista, que espanta en varios partidos -y dirigentes- con vocación frentista, esperanzados en plantear un diálogo que escape de la maniquea discusión "Alperovich o Juri". Y frustra a muchos radicales que aspiran a una banca y que quieren una fórmula de gobernador y vice que arrastre votos. Sobra decir que dudan que tal binomio pueda surgir únicamente del padrón radical.
En FR, la fractura luce peor. En una vereda, los hermanos Bussi culpan a sus legisladores de ser juristas de hecho. En la otra, los parlamentarios tildan a los hijos del fundador de ser neo-alperovichistas camuflados. La estructura republicana, en tanto, se desmorona. Lo pinta en esta página, sin indirectas, el diputado Roberto Lix Klett. Ya se fueron el legislador Carlos Canevaro y los ediles Miguel Brito y Javier Morof. Hoy, los parlamentarios José Costanzo y Nélida López trabajan en la creación del Partido Autónomo de Tucumán, como "Plan B". Y sus pares, Ernesto Padilla y Ramón Sierra Morales, no los desalentaron.
Un primer vistazo encuentra que esos partidos padecen una prolongada crisis de identidad. Pero, debajo, asoma una situación más grave: es la propia política la que hace mucho tiempo que no se reencuentra con su razón de ser. Dicho de otro modo, el objeto de la política es el poder. Pero, en Tucumán, lo son los recursos materiales. Y el dinero es sólo una manifestación del poder. Una expresión cuya pregunta básica es "cuánto". El interrogante natural del poder, en cambio, es "para qué".
La distinción resignifica a los protagonistas del tablero unipartidista. Para el caso, la interna del PJ -o, más bien, la primera batalla por el manejo del Estado-, es librada por los dos grandes presupuestos de la Provincia: el del Ejecutivo y el del Parlamento. En pavorosa armonía, cuando estos dos poderes debaten sobre la cosa pública, no discute sobre política sino sobre dinero. Hasta cuando se habla de personas como los jubilados, y del merecido beneficio del 82% móvil, la respuesta (mendaz) del Gobierno es que no tiene plata.
Visto desde la otra orilla, para radicales y republicanos es toda una angustia que un ciudadano les pregunte "para qué" deben votar por sus respectivos partidos. En el mejor de los casos, la respuesta consiste en que no piden el voto para ellos, sino, más bien, contra otros. Y ese discurso es coherente con sus realidades internas. La UCR no discute si debe ser más o menos socialdemócrata. FR no debate si su discurso sobre el tamaño del Estado debe revisarse o no. Ambas fuerzas son cáscaras vacías. Parecen estructuras electorales antes que partidos políticos: sólo importa que Fulano de Tal sea legislador y que Mengano de Cual sea edil, sin importar si saben, justamente, "para qué". Es otro síntoma de la influencia del unipartidismo, porque en esa situación está el peronismo desde hace mucho.
El escenario no es igual en las otras provincias. El obispo Joaquín Piña mostró en Misiones que la política es más que la plata del Estado. En Entre Ríos, el bipartidismo tradicional sigue vigente. Catamarca da cuenta de que el radicalismo del interior también puede tener vocación de poder. Fuera de Tucumán, por supuesto. Y Neuquén tiene una tradición de gobiernos de partidos provinciales. En Tucumán, en cambio, el juego de la política es tan solo un solitario.
La democracia unipartidista impacta negativamente en todo el escenario institucional. El PJ dirime sus problemas en el terreno público, sin reconocer los límites del partido. Pero tampoco es suya toda la culpa: ni el radicalismo ni FR reconocen sus propias fronteras.





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