De las mil y veinticuatro noches
"Nos hemos valido del pueblo para hacer fortuna", le dijo un alma al rey Shahriyar. Por Roberto Espinosa - Redacción de LA GACETA.
18 Marzo 2007 Seguir en 
“En lugar de relatarte un nuevo cuento, te propongo, oh rey mío, que vivamos una andanza futurista en el fértil Jardín de la República y nos dejemos sorprender por las circunstancias”, dijo la doncella Scheherezade. El rey Shahriyar aceptó y ambos se treparon al hijo del noble camello Almanzor, que era producto del amor de este con una dromedaria sutrappista ilegal. De ese modo, iniciaron las mil y veinticuatro noches.Luego de rodear un inmenso lago en las cercanías de Río Hondo, cuyo olor era por momentos insoportable, la pareja se introdujo en esa tierra agraciada en la que Alá había depositado en los orígenes todos los dones de la naturaleza. Les provocó tristeza el tránsito de camellos y dromedarios semimutilados por la agujereada Ruta de la Muerte. La mayoría de los viajeros parecían pordioseros. La vegetación era escasa, del tipo desértica. Les llamó la atención que en los pequeños pueblos, vivían niños y viejos en estado total de abandono. Le preguntó a un anciano qué había sucedido. “Es una larga historia, forastero... Luego de la catástrofe, nadie creyó que llegaríamos al año 3000... Hace unos siglos, harto quizás de las promesas incumplidas, de la corrupción, de los malos gobernantes y ciudadanos, de las injusticias, de las constantes transgresiones, de la mentira, de la incultura, Alá nos mandó un diluvio y sumergió esta tierra bajo las aguas. Los cerros se desmoronaron porque durante años nadie había tenido el coraje de frenar la mutilación de los bosques. Luego, los ríos se secaron, la tierra se volvió infértil”, relató sollozando.
El corazón de Scheherezade lagrimeó. Con el pecho oprimido por tanta devastación, al llegar a la capital del reino, se detuvieron en un enorme cementerio a leer las lápidas. Una tumba estaba destapada. Leyeron: “Por este lugar, se ingresa al horno”. Ante la intriga, Shahriyar y la doncella ingresaron y descubrieron un túnel que se perdía en la tierra. Caminaron varios kilómetros en la penumbra; el calor era insufrible y antes de llegar al recinto, escucharon estremecedores quejidos. De pronto, se hizo la luz y vieron miles de almas en pena. Se acercaron a una que lloraba sin consuelo y vestía una túnica verde oliva apolillada. “Antes de ser gobernador por segunda vez, prometí que me iba cortar la mano, antes de transferir a la Nación la caja jubilatoria de la provincia. Apenas asumí hice todo lo contrario y condené a los ancianos a percibir una miserable jubilación...”, dijo y entre los harapos, observaron que era manco. Sombras gritadoras lo perseguían.
Siguieron recorriendo la inmensa sala y hallaron a miles de hombres y mujeres, semisumergidos en un pantano de harina, polenta y fideos, del cual salía un hedor insoportable. “¿Quiénes son?”, inquirió Shahariyar. “Los sobornadores”, respondió un alma. “Les repartíamos bolsones a los pobres para comprar su voto. La mayoría de los que estamos en este círculo nos hemos valido del pueblo para hacer fortuna. También están los enfermos de poder, los desmedidamente ambiciosos, los especuladores, los intolerantes, los soberbios, los autoritarios”, agregó. A lo lejos, Scheherezade creyó reconocer al monarca “Palos en la rueda”, al vicejeque “El histórico” y al antiguo rey Al Mirand que peleaban violentamente por un bolsón vacío que había caído al pantano. Una lluvia de tickets Proms caía cual papel picado; también papelitos con las leyendas: “Viva la ciudad”, “Falta mucho por hacer”, “Por la nueva política”, “No puedo pagar a los jubilados el 82 % móvil”...
Shahriyar miró a Scheherezade y le dijo: “Será cierto entonces que uno cosecha lo que siembra”.







