Nada fue en vano

Todos los actores están en movimiento. Hoy hay una pequeña corriente filtrándose por las viejas estructuras.

07 Octubre 2002
Por Federico Abel

Las calamidades abundan en Tucumán: otro año lectivo prácticamente se perdió; el sistema de agua potable está punto de colapsar, con cañerías que datan de hace 70 años, y lo mismo ocurre con el servicio sanitario; eso sin contar los problemas que, lamentablemente, se transformaron en cotidianos: pobreza, desocupación, festival de bonos y deterioro económico, moral y cultural.
Sin embargo, el viernes pasado sucedió un hecho que, si bien no soluciona los males anteriores, es altamente positivo para la salud institucional de la sociedad y para el afianzamiento de la República (esto, por cierto, es mucho más que una mera expresión de deseos; es un dogma de vida en las comunidades serias y maduras). El legislador Jorge de Faveri (ex bussista) se presentó ante el juez Víctor Pérez, quien, paciente y estoicamente, investiga si el gobernador Julio Miranda ordenó el pago de coimas a los 27 parlamentarios que en febrero pasado habilitaron la reforma de la Constitución.
La postura de De Faveri de abstenerse de declarar (adujo que necesitaba tiempo para estudiar qué se le imputaba y argumentó que había llevado a un abogado no especializado en Derecho Penal, que es como llamar a un electricista para que arregle un problema de plomería) puede generar suspicacias en una sociedad descreída. Pero, con todo, dio el primer paso. Lo mismo harán los otros nueve que, demagogias al margen, pidieron su propio desafuero para poder declarar como imputados ante Pérez.

Sereno, viejo y escéptico
En todos estos largos meses, a fuerza de perseverancia de los encargados de perseguir la corrupción, algo ha ido cambiando, lenta y silenciosamente. Tenía razón el ya fallecido Nobel de Literatura, Camilo José Cela, que era abogado, cuando decía: "un juez debe ser sereno, viejo y escéptico, ya que la Justicia no tiene por misión arreglar el mundo, sino evitar que se deteriore más, con eso basta". Esa tozudez hizo que hoy, al menos de la mano de esta decena de legisladores desaforados, la Legislatura haya dejado de ser ese feudo cerrado en el que, cada vez que llegaba un oficio judicial en el que se pedía información (tanto en la causa de los gastos de bloque como en las de las coimas), se azuzaba el fantasma de la conspiración, del conflicto de poderes y de las campañas de prensa para impedir lo indispensable: que un juez coteje si las cosas estaban a derecho (o no).
Hoy hay una pequeña corriente de aire fresco filtrándose por las viejas estructuras. Y he ahí la novedad. Veremos si lo mismo ocurre en el Poder Ejecutivo. Hasta aquí los abogados del Estado, como se quejaron algunos grupos de ciudadanos independientes, actuaron como defensores personales del gobernador, cuando en el caso no está en juego la institución (PE) sino el proceder de Miranda. Y sólo mostraron interés en sacar al gobernador de la hoguera, aun cuando para ello fuera necesario, como lo hizo el juez Alfonso Zottoli, hacer como si las palabras de la esposa del legislador Mariano Poliche, Alejandra Ducca (vinculó a Miranda en el pago de $ 2 millones de sobornos, según consta en el expediente), nunca hubiesen sido pronunciadas o como si se las hubiera llevado el viento.

De cerca
Aunque el juego (institucional) por momentos se trabe, lo hay, está en desarrollo. La Corte Suprema, como siempre lo hizo en estos casos de alto voltaje, les devolvió el problema a las instancias intermedias (Cámara Penal), que en un momento u otro tendrán que resolver los alcances del fallo de Zottoli (anuló los dichos de Ducca) y si Pérez puede tomar las palabras de la mujer de Poliche -lo hizo para investigar a Miranda- como material probatorio. Mientras, una parte de la sociedad demostró que sigue el caso de cerca.
Y la prueba es que el jueves habrá una marcha en defensa de la verdad y del fiscal anticorrupción, Esteban Jerez, y de Pérez, lo que no es poca cosa.
Todos los actores están en movimiento. Y no otra cosa es la democracia, un régimen en construcción continua, cuyo edificio jamás estará terminado, porque es un sistema sin final posible, como le gusta decir al periodista español Eduardo Haro Tecglen.
Sólo así se puede evitar que a las palabras se las lleve el viento.

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