Desafíos que impone el rugby competitivo

05 Marzo 2007
La discusión sobre el amateurismo del rugby en la Argentina ocupó en los últimos años muchos espacios, ya no sólo en los medios periodísticos, sino también en los ámbitos propios del deporte. Hoy, frente a la disyuntiva a la que se enfrenta la dirigencia de la Unión Argentina sobre qué hacer con el futuro competitivo de Los Pumas y, todavía más, con su propia competencia interna, el tema adquirió una vez más un lugar preponderante en una discusión que está abierta.
Lo cierto, por estos días, es que arrecian los rumores sobre que el mundo del rugby no quiere dejar afuera a la Argentina, de la alta competencia entre seleccionados. Participar del torneo de las Seis Naciones, haciendo de local en algún país del Viejo Continente, es una de las opciones. La otra es integrarse al Tres Naciones, con las potencias del hemisferio sur. Las alternativas, en cualquiera de los casos, cuentan con un trasfondo que el rugby nacional en general aún no logró asimilar: el profesionalismo. Esto, pese a que existe una gran cantidad de jugadores que se desplazaron a las principales ligas del mundo, detrás de honorarios que en nuestras tierras les sería imposible conseguir.
Más allá de que -por una cuestión práctica- le resultaría más sencillo al equipo sumarse al certamen de las potencias europeas (allí juega la mayoría de los seleccionados), el asunto de fondo no es este. La falta de una decisión sobre qué hacer con la estructura misma del deporte es evidentemente el principal escollo para dar el gran salto.
A nadie escapa, a esta altura de la historia del deporte de la ovalada, que Los Pumas constituyen una potencia. Pero también queda claro que poco de ello hubiera sido posible si no se hubiera dado el casi natural desplazamiento de las principales figuras, sobre todo a territorio europeo. Allí no sólo encontraron dónde jugar, sino también cobijo a sus sueños de progreso, estudio y trabajo. En una palabra, un panorama distinto en lo deportivo y en lo personal.
Hay quienes sostienen que sería beneficioso para el rugby argentino contar con una liga profesional, fundamentalmente porque toman en cuenta que la mayor parte de los clubes apenas puede pagar sus necesidades básicas. En oposición, los defensores acérrimos del amateurismo sostienen que, de abrirse paso al dinero, conceptos como la lealtad, la caballerosidad deportiva y los valores humanos del jugador comenzarían a perderse rápidamente. Al igual que el carácter formativo y el espíritu educador. Todavía más, aseguran que alrededor de un partido se desarrolla una cultura social, que nadie quiere perder.
Una cosa que llama la atención es que mayoritariamente son los clubes chicos los que más empujan por un cambio. Aunque ellos mismos podrían ser los primeros en sufrir los perjuicios, ante la eventual emigración de sus mejores jugadores hacia las entidades más poderosas. Un concepto interesante es el de quienes sostienen que antes de profesionalizar un deporte hay que difundirlo, es decir popularizarlo, para que haya más seguidores, más interés y más jugadores. De todos modos, poner en práctica ello implica un trabajo profundo desde lo dirigencial, en colaboración con potenciales auspiciantes.
Es evidente que el tema está abierto y son muchas las corrientes de opinión que produce. En cualquier caso, la decisión que se vaya a tomar deberá ser la que menos daño produzca a quienes defiendan la idea y a quienes no. Una cosa es crear una nueva estructura, y otra, que esta destruya todo un andamiaje que ayudó a hacer del rugby uno de los deportes más respetados e integradores del mundo.









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