La película de siempre
Hay un filme, vernáculo y multitemático, que no dura dos horas, sino cuatro años. Los actores cambian, pero la trama es casi la misma. Por Carlos Werner - Redacción LA GACETA.
04 Marzo 2007 Seguir en 
Verlas en el cine o en la televisión dejan distintas sensaciones. No es lo mismo cuando usted enfrenta solo al malvado de turno en la penumbra de una sala que cuando lo debe hacer mientras su hijo le cuenta sobre sus hazañas del día, o su mujer le pregunta si quiere tomar sopa. Pero, créalo, las películas tienen eso tan especial que hace que sea inevitable sentirse involucrado. O identificado. O representado.Tantas películas andan dando vueltas por ahí -buenas, más o menos o patéticas-, que uno termina creyendo que está dentro de alguna de ellas. Entre tanta producción, hay una en especial, vernácula, en la actuamos todos y es casi un reality show, que cada día que pasa suma público sin ser un éxito de taquilla. Si hasta el león que aparece en los títulos está medio dormido y ruge de compromiso.
Multitemática, encierra en sí misma capítulos que se entrelazan en ocasiones caprichosamente, en otras deliberadamente, lo que la hacen de fácil comprensión o no, según el lugar de la butaca que uno ocupe. Sus actores, pocos y con textos de un solo guionista, tienen roles disímiles: la mayoría acompaña y los menos dependen de la letra que, el mismo que escribe, recita cual monólogo. Así, hay largas escenas que prometen y prometen y otras que anuncian todo el tiempo lo que después no se desarrolla. Las declamaciones no faltan. Tampoco las pestes lanzadas al aire sobre otros elencos, las autoalabanzas a sus propios trabajos y denuestos varios a quienes antes la representaban (a la obra, claro).
Para quien lo ve, el filme es un déja vu: cree haberlo visto antes, pero no, en realidad es la primera vez, al menos con esta puesta. Por más que fulano o mengano se rasgue los ojos, hurgue en su memoria o busque en sus archivos amarillentos, no hay caso. Aunque la sensación de un pasado ya pisado no lo puede quitar ni el libro de psicología más versado.
Los capítulos de este largometraje no duran dos horas, sino cuatro años. Tienen drama social, enredos por el poder, thriller por dinero, intrigas judiciales. A veces surgen escenas de amor (algún beso, un abrazo, una caricia), niños inocentes que corretean felices, señores mayores con el alma cansada recibiendo dádivas (fotografía inolvidable y conmovedora, de fondo los cerros color azul, perfumados de azahar). Otras veces, la obra tiene escenas policiales en las que casi siempre ganan los malos, los muy pillos; desastres naturales que protagonizan los mismos extras que ponen el lomo a cambio de un contrato miserable; movilizaciones casi siempre a destiempo por reclamos que se repiten, se responden a medias y concluyen bajo conciliaciones de rigor.
Pero esta película loca no es la única que sube a cartelera todos los días. Hay otras cuyos argumentos giran sobre los mismos temas, pero filmadas en estudios chicos, con poder acotado, con actores independientes, combativos, dueños de vozarrones pero no de votos, que zumban sus letras a sabiendas que algún día, si el público y el dinero invertido lo permiten, sus actuaciones obtendrán el reconocimiento y pasarán al estado de éxitos -oficial y cíclico- que hoy otros ocupan, por voluntad y decisión del soberano. Pero sólo para repetir la historia.
Con los años, esta historia repetida encontró guionistas que intentaron cambiarle el final. Pero cada día que pasa la cámara sigue filmando. Por si la llega a ver, no baje la vista, mírela de frente, diga lo que piensa y haga lo correcto: puede que cambie la trama. Se sabe: en las películas todo puede ocurrir.







