La laguna de la inseguridad

El talón de Aquiles del Gobierno, reconocido por el mismo gobernador, es la imposibilidad de ponerles freno a la violencia y al delito. Por Roberto Delgado - Prosecretario de Redacción.

04 Marzo 2007
¿Tucumán es un lugar seguro? La pregunta quedó flotando desde el discurso del gobernador, José Alperovich, que cuando hizo la extensa enumeración de logros y mejoras para la comunidad en estos tres años de gobierno, reconoció expresamente que en seguridad tiene mucho que hacer todavía. "Ese es uno de los mayores desafíos. No hemos logrado que la gente se sienta totalmente segura en nuestras calles", dijo, y destacó que esta no es una cuestión meramente policial, sino que hay que incluir a los tres poderes del Estado y a la sociedad civil.
Mientras el gobernador hablaba en la Legislatura, el centro de la capital parecía una ciudad sitiada por miles de policías, convocados para garantizar que no hubiera disturbios. La cúpula de la fuerza, que ya aprendió la lección de hace dos años, cuando hubo disturbios durante la visita presidencial, diseñó ahora un operativo gigantesco que pudiera garantizar la paz absoluta. Y lo hizo, pero a costa de cosechar críticas opositoras, de causar molestias al ciudadano ajeno a las ceremonias de la política, y de generar riesgos en la periferia y en el interior, que quedaron vaciados de agentes de seguridad por unas horas.
¿Es Tucumán más seguro ahora que hace tres años? Tiene más agentes: hoy son casi 8.000, el doble que los de entonces, y se puede decir tres cosas muy buenas sobre los hombres de la fuerza: que son el resultado de dos grandes purgas; que al menos la mitad son jóvenes que están adquiriendo su experiencia, y que ahora el ingreso a la fuerza es más cuidado en lo que hace a no permitir los favoritismos característicos de los sistemas cerrados y sin control.

Ciclos de tensión y distensión
Sin embargo, la gran cantidad de policías no ha hecho disminuir los ciclos de tensión y distensión que enmarcan los "climas" de seguridad en la provincia, que dependen de circunstancias ajenas a la acción policial. Casos como los de Paulina Lebbos -que va en vías de quedar impune- y de María Fernanda Chaila -cuyo asesino es una especie de fantasma al que no pueden cazar los oficiales que lo buscan- desataron en su momento temores colectivos. Por lo ocurrido a Paulina, el Gobierno modificó el sistema de taxis y remises, y prohibió el funcionamiento de boliches más allá de las 4 de la mañana. Desde entonces, creó una división de Delitos Complejos, organizó la división de la Policía Científica, anunció la informatización de las comisarías, hizo un convenio para unirse a una red nacional para el chequeo de prontuarios y puso más autos, motos y equipos. Sin embargo, lo mismo hubo escaladas de violencia, y fue precisamente en estas últimas semanas cuando causaron alarma los estallidos de furia en barrios periféricos, como "La Bombilla", donde, aparentemente, se enfrentaron bandas vinculadas con la venta de drogas. Esto sucede, además, en momentos en que se percibe un fuerte crecimiento de los hechos de violencia generados por menores de edad. Y la fiscal Adriana Reynoso Cuello acaba de expresar su preocupación por la cantidad de homicidios ocurridos desde comienzos de febrero.
Es en esta aparente contradicción entre el hecho de que hay muchos más policías y a la vez hay más violencia, que se entiende que la gente -como dice la socióloga Lucía Cid- asocie el término delito con lo que ve más cercano: robo, hurto, arrebato, lesiones, amenazas. La presencia policial ayuda a calmar la angustia, pero hasta ahora no se sabe si bajan o no los ataques, porque no se hacen estadísticas confiables que permitan medir los niveles de seguridad. Mientras el jefe de Policía y el fiscal Guillermo Herrera afirmaban en diciembre que habían bajado los delitos, en la encuesta de LA GACETA, el 40 por ciento de la gente consultada decía haber sido víctima de algún delito en 2006, y más de la mitad no había hecho la denuncia.
En un trabajo que realizó el Ministerio de Seguridad, para el cual encuestó a 13.000 personas, se determinó que el porcentaje de victimización en Tucumán es alto (el 31 %, mientras que en Córdoba es del 24 %). La socióloga Cid dice que esto coincide con otros estudios y que le llamó la atención que no parece haber relación entre nivel de victimización y la presencia de policías en el barrio. ¿Entonces? Una de las características de la nueva Policía había sido, precisamente, el despliegue barrial. Hace tres años se exhibía con orgullo el programa piloto lanzado en la seccional 6a, que había ayudado -se decía- a pacificar barrios "pesados" como "Trulalá" o "La Bombilla". Hoy en esos sectores ha bajado la presencia policial -los agentes entran como fuerza de choque y son resistidos- y en otras zonas, como Villa 9 de Julio (donde también había un programa de seguridad ciudadana), ahora los choferes de ómnibus de la línea 11 dicen que la Policía prácticamente los abandonó en los recorridos nocturnos.
Como no hay estadísticas, tampoco se puede saber cuál es la influencia de la presencia policial masiva. Pero aparentemente los agentes han dejado de estar presentes en los barrios y -lo que es peor- tienen escasa vinculación con los vecinos, razón por la cual suelen diseñarse grandes operativos de presencia -como el de ayer en "El Triángulo"- mientras se descuidan otras zonas -como ocurrió ayer en el barrio El Salvador, donde fue baleado un ciclista-.
Otra vez cabe preguntarse: ¿es Tucumán seguro? La respuesta sigue siendo difícil de dar, porque se mantiene la característica de que hay delitos "chicos" acompañados por estallidos violentos, pero son raros episodios como los que causan conmoción frecuentemente en Buenos Aires , como los asaltos a bancos, y no se dan acá los secuestros extorsivos.
Lo que sí parece evidente es que los planes de seguridad se diseñan más en función de las preocupaciones de las autoridades que de las de la gente. Por ello, el gigantesco despliegue del jueves en el centro capitalino.

Los mismos problemas
Pese a la mayor cantidad de agentes, a este gobierno lo afectaron los mismos problemas de seguridad que a los anteriores: aumento de la violencia, vinculada con el consumo de alcohol y de drogas; conflictos irresueltos con menores de edad (en 2006 hubo de todo, desde los incidentes con los chicos del instituto Roca hasta los problemas con los adolescentes hijos de familias más o menos pudientes, como los de "La banda del Quiosquito"), y motoarrebatos.
No está mal que haya más policías. Quizá sea el primer paso. Pero más allá de los anuncios de mejoras en equipos y de personal -que son positivos e importantes-, acaso hace falta replantearse una estrategia de seguridad que incluya a la Policía como parte de un programa con la ciudadanía, en el que hayan participado los tres poderes y la gente, que es lo que el mismo gobernador dice que hay que hacer. Ver policías en el centro calma la angustia. Pero ni el mismo Alperovich puede garantizar aún la mejora en seguridad; sólo prometer esfuerzos para cambiar. Por eso fue la gran laguna del discurso.








Tamaño texto
Comentarios