El discurso de Kirchner marcó la cancha desde ahora hasta octubre

El Presidente dejó en claro que su concepción de la política divide en dos a la dirigencia nacional: en lo que están a su favor y en los que están en su contra. Por Hugo E. Grimaldi - Agencia DYN.

04 Marzo 2007
BUENOS AIRES.- El mensaje de Néstor Kirchner ante la Asamblea Legislativa ha sido, sin dudas, un discurso ideológico que, al mejor estilo de los cuadros políticos formados en el setentismo, resultó una clarísima bajada de línea del pensamiento profundo del matrimonio presidencial. Por supuesto que, como no tuvo la pretensión, ni tampoco el vuelo, de marcar ninguna cuestión fundacional la alocución se tiñó, como necesario correlato, de una indiscutible pátina electoral.
En este aspecto, una segunda lectura de la exposición revela que el Presidente le ha hecho al país un valioso servicio, porque le acaba de entregar un incomparable marco de referencia para las elecciones de octubre, junto a un corolario de lo que él estima debería ser un escenario de polarización que podría resumirse -con lo que ello conlleva en términos de división- en un “son ellos o nosotros”.
En lo que fue la pieza central de su alocución, Kirchner se mostró en su salsa, ya que disparó toda la catarata de números que le dan a favor, junto con algunos argumentos técnicos rebatibles y ciertas manipulaciones de la estadística que enmarcan la extraordinaria performance que ha tenido la economía argentina durante todos estos años que el Gobierno -bueno sería que no lo haga- permanentemente capitaliza a su favor.
El Presidente está convencido de que el vigente es un “modelo” propio, opuesto al “país de los gerentes”, modesto, pero eficaz. Un modelo que definió como “de crecimiento con derrame, ese derrame del que tanto nos hablaron en la década del 90”. Sin embargo, esa mejor distribución aún está postergada en muchas capas sociales, que en la década anterior -bueno sería repasar algunas estadísticas no tan favorables como las económicas- tenía mejores índices, lo que le permitió al Presidente decir, en relación a la pobreza, que su presencia aún lo avergüenza.
En cuanto a la parcelación por mitades del espectro político, Kirchner la tiene clavada como una espina desde que algún amigo español, dicen peyorativamente sus detractores, lo convenció de que el mundo de la política funciona mejor con la alternancia de dos vertientes, una a la izquierda y otra a la derecha. De allí que, desde entonces, el Presidente haya comenzado a ensayar fórmulas, no una sino varias, para cruzar a los partidos políticos tradicionales con la militancia de lo que dio en llamarse la “transversalidad”.
Sin embargo, la llegada de muchos dirigentes de diversos pelajes y la conformación “aprista” del peronismo le han generado esas dos vertientes dentro de su mismo espacio, lo que Kirchner acaba de defender en el Congreso cuando dijo que “algunos se ponen nerviosos porque a veces en el oficialismo hay sectores que piensan diferente. Bienvenidos, porque tendremos todos la riqueza intelectual para aportar un proyecto superador”.
No obstante, el proyecto de construcción política sigue siendo objetivamente débil y esa debilidad quedó patentizada en que el Presidente debió recurrir a Daniel Scioli en la provincia de Buenos Aires, nada más ni nada menos que un dirigente de otro palo ideológico, aunque bien alineado con el paladar punteril de los ex barones duhaldistas de ese distrito. Ese armado, aún pendiente, es el motivo por el cual Kirchner dice que quiere, si las encuestas lo dejan, dar un paso al costado en diciembre.
En cuanto a la dicotomía “ellos o nosotros”, debido a que Kirchner también le ha dicho a la oposición que espera que se establezca un “debate de ideas, sin la agresión y sin la descalificación”, no está claro si ha sido presentada sólo en términos comunicacionales para generar adhesiones por el costado de mostrarse como un pobre perseguido de las circunstancias o “de los sectores más concentrados de la economía y sus propagandistas”, entre ellos la prensa, o si bien el Presidente abundó sobre ella porque está en su naturaleza y, finalmente, no se puede reprimir. Quizás fue por ambas cosas, pero lo cierto es que todas las referencias que hizo en su discurso, la mayor parte de modo improvisado, se dan de patadas con una frase que pronunció al final y que sonó descolgada en relación a todo lo que venía diciendo: “acá no es una cuestión maniqueísta de buenos y malos, sino de construir la Argentina, esa Argentina que nosotros necesitamos”, dijo en abierta contradicción con toda su diatriba antinoventista, pese a que él, su esposa y muchos de sus colaboradores fueron necesarios partícipes de aquella odiada época, porque si no -ya que no se fueron todos- hoy no estarían aquí.
Este Néstor Kirchner, hoy un pragmático, es fruto de su historia en la política, de aquellos sueños y utopías solidarias de su vida estudiantil, del individualismo que ejerció y que tanto le dio durante los años 90 y del perfil conservador que le ha sumado la experiencia de muchos años relacionados con la gestión. A veces enojado, a veces irónico y otras molesto por las formalidades del acto institucional, fue el mismo quien, durante dos horas y media, desgranó el aporte que más lo ha desnudado ante la opinión pública desde que es Presidente. Ese mismo pragmatismo fue el que le permitió decir, sobre el único hito que el Gobierno ha podido presentar en materia de inserción internacional, que en relación a Venezuela y a Hugo Chávez, “no tengamos miedo porque nadie se subordina ideológicamente a nadie”. Quizás esa misma vocación de ser práctico para no bajar el nivel de optimismo de su discurso fue no hacer ni una sola mención a la actual situación económica internacional, de la que la Argentina depende y mucho, un episodio que por ahora es bursátil, pero que si termina mal impactará en la economía.

Difícil de conocer
Lo que resta saber ahora es cómo han recibido los ciudadanos, y no tanto los militantes, la palabra presidencial, algo difícil de precisar ya que por el horario y la extensión resultó de difícil seguimiento completo por parte de la gente, mientras que, por otra parte, los segmentos vistos en los noticieros han sido parciales y llenos de cifras o citas descolgadas del contexto.
Igualmente, aún faltan casi ocho meses para las elecciones y aunque en política “un año es un mes”, se suele decir, todavía habrá tiempo para sopesar todas las propuestas y deslices para todos los postulantes.
El más notorio de estos días fue la presentación como candidato porteño de Mauricio Macri junto a una niña humilde en un basural, pero el que puede tener mayores consecuencias se dio a partir de la pasión oficial por instalar la figura de Daniel Filmus en el mismo distrito.
El operativo “si lo conocés, lo votás” llevó al Gobierno hacia varias encerronas, por no haber calculado que no hay decisiones que no tengan sus consecuencias. Todo comenzó con un torpedo dirigido por debajo de la línea de flotación de las maltrechas economías provinciales. Fue cuando se decidió un aumento de 24% sobre los básicos de los maestros y se dijo, para marcarle la cancha a los nuevos convenios, que se estimaba un aumento de 15% sobre la masa salarial.
A partir de allí comenzó un efecto dominó que aún no termina y que le podría costar al Gobierno mucho sudor y mucho dinero solucionar. Las provincias -y el caso de Buenos Aires fue el más grave, por lo trascendente de la nómina involucrada, unos $ 1.300 millones anualizados- pidieron ayuda a la Nación y ésta se hizo cargo de una parte.
Pero los gremios solicitaron inmediatamente algo similar para el resto de la escala, sino se iba a dar entre los docentes el mismo achatamiento salarial que se dio entre los jubilados, dijeron, y así consiguieron el grueso de sus demandas y aceptaron comenzar las clases. El salto real ahora se calcula alrededor de 23%, lo que eleva el techo de 15% con el que se estaba trabajando.
También quedó claro que los estatales están al acecho y que apuran sus propias paritarias con la idea de conseguir una equiparación con los docentes, por lo cual la provincia que maneja Felipe Solá deberá pensar en un plus de ingresos que supere largamente los $ 2.000 millones desde aquí hasta diciembre, para evitar los conflictos en un año electoral. Hoy, más de 70 hospitales bonaerenses están parados.
Con estos impensados antecedentes que generó la decisión del Gobierno central y tras haber parado la extorsión de los petroleros fueguinos con 30% de aumento, el resto de los gremios se preparan ahora para hablar de 15% en la base de la negociación y alguna cláusula gatillo quizás trimestral que comience a equilibrar la inflación de este año. Así lo estaría terminando de negociar el sindicato metalúrgico, que maneja un sindicalista K.
Por eso la mención presidencial de aire casi alfonsinista de “que un poco de inflación no hace mal” sonó destemplada el jueves en el Congreso ya que es un impuesto que básicamente afecta a los más pobres, motivo de la “vergüenza” presidencial. Este tema, junto a haber ignorado la inseguridad ciudadana, fue el punto más oscuro del mensaje, cuyo colofón estuvo puesto en la mayor “calidad institucional” que se le pide al Ejecutivo, la que Kirchner dijo, entre molesto y burlón, que se está construyendo, pero dentro de los parámetros de su modelo.
¿Qué otra cosa se le puede pedir a un Gobierno que apabulla con las cantidades de sus éxitos económicos y que por lo mismo tiene encandilada a buena parte de la sociedad, encolumnados por ideología o interés a cientos de dirigentes políticos, sindicales y empresariales y ciertamente desconcertados a los opositores, sino que demuestre respeto por las instituciones que necesariamente están por encima de los hombres? Parece muy poco pragmático, pero no se trata de una carga, sino de un deber. (DyN)










Tamaño texto
Comentarios