Premios al trabajo intelectual

Distinciones a los escritores, que debieran restablecerse.

07 Octubre 2002
Es sabido que, en el orden nacional, existen desde varios años atrás una serie de recompensas con el propósito de distinguir a los escritores, y que las otorga la Secretaría de Cultura de la Nación. Algunas de ellas - como el Premio Consagración Nacional- están acompañadas de una pensión vitalicia para el agraciado.
Se trata de una disposición plenamente justificada. Sabido es que los escritores no son, ni mucho menos, los más favorecidos económicamente entre quienes trabajan por la cultura del país. Es suficiente para comprobarlo la notoria modestia que, en el mejor de los casos, acompaña generalmente la vida de estos autores, en singular contraste con el enorme prestigio que su tarea puede tener. Ni decir que tales retribuciones no representan sino monedas al lado de, por ejemplo, el monto de las jubilaciones de privilegio que siguen cobrando (a pesar de los declarados propósitos de revisar este punto) otras personas, cuyos verdaderos servicios a la Nación constituyen materia más que discutible.
El país guarda una deuda, ciertamente, respecto de aquellos hombres y mujeres que han prestado y prestan un enorme servicio a la República a través de su dedicación. Ellos se cuentan entre lo más noble de nuestro potencial espiritual y, puesto que su tarea nos enorgullece justificadamente, merecen tener también algún tipo de gratificación económica, si aspiramos a proceder con coherencia con relación a esas invalorables reservas.
En tal orden de ideas, sería deseable que en el ámbito de la provincia de Tucumán se implementaran reconocimientos similares a aquellos que venimos describiendo. No ha sido generoso el Estado tucumano en ese orden de cosas. Cabe recordar que, en la década de 1960, el ex Consejo Provincial de Difusión Cultural puso en marcha los denominados "Premios Bienales a la Producción Intelectual", que se otorgaban en obras de ficción (Premio "Pablo Rojas Paz"), en poesía ( Premio "Ricardo Jaimes Freyre"), en ensayo (Premio "Juan B. Terán") y en ciencias naturales (Premio "Miguel Lillo").
Los referidos galardones se entregaron regularmente durante varios períodos, siempre discernidos por jurados de significación, y fueron agraciados con ellos distinguidos intelectuales de nuestro medio. Sin embargo -como suele ser común entre nosotros-, un día dejó de convocarse a los Premios Bienales, sin ninguna explicación pública, con lo cual pasó al olvido una recompensa que ya había adquirido justificado prestigio.
Pensamos que sería conveniente tomar las medidas para implementar nuevamente estas distinciones, dándoles firmeza y permanencia por medio de una ley, que dispusiera incluir cada dos años los montos respectivos en el presupuesto de la Provincia.
Por cierto que los premios deben tener un monto razonable, implementado por algún sistema que los mantenga siempre actualizados sin necesidad de legislar nuevamente.
Podría, por ejemplo, relacionárselos con algunos de los sueldos de funcionarios del Estado, de manera de contar con una pauta en todos los casos. Ello sin descartar las pensiones vitalicias a los creadores de relevante trayectoria, después de cierta edad.
Quienes trabajan silenciosamente por la cultura merecen que el Estado reconozca de algún modo su tarea, y la estimule con estas recompensas periódicas. Los Gobiernos y la comunidad son proclives a olvidar que quienes producen ensayo, ficción, poesía o ciencia son personas comunes, que tienen necesidades económicas que atender, como ocurre a todos. La valoración hacia la tarea que cumplen debe expresarse, entonces, también con alguna suma de dinero. Está de más decir que la reinstalación de los Premios Bienales a la Producción Intelectual, además de dar continuidad a una justa medida estatal, significaría un franco estímulo para quienes se dedican entre nosotros a la actividad intelectual.
Convendría estudiar este tema, al que ya nos hemos referido otras veces sin eco.

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