El país y la comunidad global

02 Marzo 2007
L a explosión de la burbuja bursátil china por decisión políticamente dictatorial y las inmediatas especulaciones en Estados Unidos sobre una eventual recesión, cargaron de incógnitas a la economía global con la generalizada creencia en su volatilidad. La bolsa de Buenos Aires sufrió por ello la segunda caída en volumen y, si bien -como otras tantas- tuvo una ligera recuperación, algo semejante ocurrió con los bonos e insumos.
Mientras tanto, los economistas se muestran discrepantes en las expectativas pero no dejan de coincidir en la incertidumbre que ha dejado en el panorama internacional, agravado por las circunstancias políticas del Oriente Medio.
Nuestro país, que políticamente se siente y actúa como dependiente de esa realidad externa, pero desarrolló una economía de corto plazo relativamente exitosa aunque beneficiada por la coyuntura mundial hasta la situación china, se ve enfrentado por ello a una realidad que necesariamente debe influir en su pendular política exterior, precisamente durante un incierto tiempo electoral. En ese orden, la situación es tal que sus autoridades deberán reparar sin reticencias en las lecciones de la historia. Una historia que ha incorporado en sus capítulos a la economía global, donde no hay decisiones aisladas de sus más poderosos participantes que no afecten al resto y, especialmente, a las naciones en desarrollo como la nuestra.
En el caso argentino son considerablemente más numerosas las opiniones de economistas privados sobre las consecuencias del fenómeno que las oficiales, y la mayoría de ellas destacan en ese orden las significativas reservas, las necesidades financieras cubiertas hasta mediados de año y de los superávit fiscal y de cuenta corriente que evitarían caídas inesperadas. Tampoco los economistas locales esperan una fuerte caída de la demanda de materias primas por parte de China y de India, absorbentes dominantes en los mercados mundiales. No descartan empero, las mismas opiniones, un impacto local; porque nuestro país depende hoy fundamentalmente del nivel de actividad mundial antes que de las tasas. Finalmente, en un orden de alternativas más compartidas figuran ajustes ineludibles en la comunidad internacional que deben repercutir inevitablemente en la nuestra.
En política económica, las señales de alerta como la que acaba de acontecer no deben pasar inadvertidas y obligan a reacciones que, si no se producen, pueden conducir a irreparables o excepcionales costos consumados.
Nuestro país, experto en crisis, mas no tanto en soluciones, conoce sobradamente ese juego perverso de la realidad histórica y la escasa o tardía reacción de sus dirigencias supremas.
Como ya se ha señalado en esta columna recientemente, la política exterior de un Estado debe dar en primer término previsibilidad al cumplimiento de sus compromisos más allá de sus sucesivos gobiernos; pero no es eso lo que ocurre en nuestro caso desde hace más de una década. De esa política dependen inexorablemente las relaciones en la comunidad económica global que, en este caso, están caracterizadas por un oportunismo que alcanza, inclusive, al orden regional. La Argentina no puede limitarse a resolver sus coyunturas de corto plazo limitando sus relaciones a un reducido grupo de supuestos aliados que, para colmo, mantienen tesituras semejantes. Lo que acaba de acontecer llama la atención sobre la volatilidad de la economía global, exige una política consecuente y sin otros intereses que el futuro del país como parte activa de la comunidad internacional.









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