01 Marzo 2007 Seguir en 
Hoy se inicia el 125° período ordinario de sesiones del Congreso, con el cuarto y último mensaje de su mandato a la Asamblea Legislativa por parte del presidente de la Nación, Néstor Kirchner. La circunstancia adquiere un significado especial, pues se espera que el primer mandatario haga referencias a toda su gestión y dé algunas orientaciones que comiencen a diluir la incertidumbre respecto de su candidatura presidencial, incertidumbre que él mismo ha suscitado con alusiones metafóricas a su esposa.
Los mensajes presidenciales al Poder Legislativo contienen habitualmente resúmenes de gestión gubernamental y de iniciativas que se piensa realizar, pero en este caso las expectativas públicas están fuertemente matizadas por el año electoral y por el tono de dureza con que se ha adelantado la campaña proselitista.
El doctor Kirchner llega a la parte final de su mandato, después de una tarea muy difícil y compleja, con resultados que le han permitido distanciarse ampliamente del bajo nivel electoral (22%) que lo llevó al gobierno federal.
Más allá de las diferencias que puedan argüirse sobre la orientación general de su administración, lo cierto es que ha sacado el país de las peores consecuencias de la crisis, y dio lugar a un amplio retroceso de su elevadísima tasa de riesgo internacional.
Seguramente que las advertencias sobre políticas de corto plazo y la ausencia de un proyecto nacional es la omisión más compartida -no ya de la oposición política sino de especialistas calificados- que puede formularse al Presidente, cuyo método de gestión prescinde del diálogo necesario e inclusive de los acuerdos de gabinete.
Ese criterio que limita las decisiones superiores del Estado a un reducido sector de colaboradores de extrema confianza ha sido posible y efectivo desde el punto de vista oficial, por la atribución excepcional de facultades especiales por parte del Congreso al primer mandatario y a su jefe del Gabinete, reforzadas por la ley de emergencia económica y por el uso abusivo de los decretos de necesidad y urgencia (DNU).
“El país ha salido del infierno, pero se encuentra en el purgatorio”, suele justificar el doctor Kirchner, a pesar de las positivas cifras económicas y sociales que se anuncian con frecuencia, a la vez que el Poder Ejecutivo ha asumido para sí la decisión sobre el tiempo que ha de mantenerse ese estado de emergencia establecido en 2002 por su antecesor.
A la prolongación de los llamados superpoderes se suma el muy relativo control, por parte del Congreso, del ejercicio que hace de esos poderes el Ejecutivo. En más de una ocasión, voces parlamentarias oficialistas han manifestado su identidad incondicional con las decisiones presidenciales.
Por todo ello, el mensaje de Kirchner para el nuevo período ordinario genera extraordinarias expectativas en momentos de lo que aparenta ser una campaña ensuciada por el escarnio y el agravio, antes que por compromisos de restablecer la plenitud de las instituciones republicanas.
El presidente Kirchner cuenta en su haber con suficientes resultados de gestión como para abandonar ese excepcionalismo que la Constitución autoriza en casos muy especiales.
Su mensaje al Congreso puede ser una oportunidad para anunciarlo, pues la persistencia en esta línea perfila un hegemonismo que ensombrece el horizonte político e institucional y hará de la campaña electoral una confrontación capaz de reactivar graves experiencias del pasado.
Los mensajes presidenciales al Poder Legislativo contienen habitualmente resúmenes de gestión gubernamental y de iniciativas que se piensa realizar, pero en este caso las expectativas públicas están fuertemente matizadas por el año electoral y por el tono de dureza con que se ha adelantado la campaña proselitista.
El doctor Kirchner llega a la parte final de su mandato, después de una tarea muy difícil y compleja, con resultados que le han permitido distanciarse ampliamente del bajo nivel electoral (22%) que lo llevó al gobierno federal.
Más allá de las diferencias que puedan argüirse sobre la orientación general de su administración, lo cierto es que ha sacado el país de las peores consecuencias de la crisis, y dio lugar a un amplio retroceso de su elevadísima tasa de riesgo internacional.
Seguramente que las advertencias sobre políticas de corto plazo y la ausencia de un proyecto nacional es la omisión más compartida -no ya de la oposición política sino de especialistas calificados- que puede formularse al Presidente, cuyo método de gestión prescinde del diálogo necesario e inclusive de los acuerdos de gabinete.
Ese criterio que limita las decisiones superiores del Estado a un reducido sector de colaboradores de extrema confianza ha sido posible y efectivo desde el punto de vista oficial, por la atribución excepcional de facultades especiales por parte del Congreso al primer mandatario y a su jefe del Gabinete, reforzadas por la ley de emergencia económica y por el uso abusivo de los decretos de necesidad y urgencia (DNU).
“El país ha salido del infierno, pero se encuentra en el purgatorio”, suele justificar el doctor Kirchner, a pesar de las positivas cifras económicas y sociales que se anuncian con frecuencia, a la vez que el Poder Ejecutivo ha asumido para sí la decisión sobre el tiempo que ha de mantenerse ese estado de emergencia establecido en 2002 por su antecesor.
A la prolongación de los llamados superpoderes se suma el muy relativo control, por parte del Congreso, del ejercicio que hace de esos poderes el Ejecutivo. En más de una ocasión, voces parlamentarias oficialistas han manifestado su identidad incondicional con las decisiones presidenciales.
Por todo ello, el mensaje de Kirchner para el nuevo período ordinario genera extraordinarias expectativas en momentos de lo que aparenta ser una campaña ensuciada por el escarnio y el agravio, antes que por compromisos de restablecer la plenitud de las instituciones republicanas.
El presidente Kirchner cuenta en su haber con suficientes resultados de gestión como para abandonar ese excepcionalismo que la Constitución autoriza en casos muy especiales.
Su mensaje al Congreso puede ser una oportunidad para anunciarlo, pues la persistencia en esta línea perfila un hegemonismo que ensombrece el horizonte político e institucional y hará de la campaña electoral una confrontación capaz de reactivar graves experiencias del pasado.







