Cuando el compromiso se obtiene sólo con emociones fuertes

Por Roberto Delgado - Prosecretario de Redacción.

28 Febrero 2007
La investigación del homicidio de Paulina ha decaído y quedan pocas esperanzas. La indiferencia aparece en escena, a pesar de la empatía que genera la figura de la joven.

Paulina Lebbos es un símbolo en Tucumán, como ha sido María Soledad en Catamarca. Los chicos y los adultos tienen una idea de lo que pasó, se identifican con la situación y con las circunstancias y dicen que desde hace un año, cuando la joven de Alderetes desapareció en el ex Abasto, muy pocas cosas se modificaron, excepto en lo superficial. Motivos para quejarse encuentran. Pero el impacto que debería generar ese símbolo no se reflejó en la marcha de ayer.
Alberto Lebbos, el padre de Paulina, remarcó el detalle de la indiferencia ciudadana para acompañar la marcha y la muestra que hicieron él y otras decenas de víctimas de la impunidad. La indiferencia, que se parece al olvido, es como una enfermedad que se apaga cuando algún hecho fuerte impacta y moviliza, y que resurge cuando la conmoción se apaga.
El fenómeno es singular en Tucumán. Una vinculación emocional surge naturalmente cuando se encuentran circunstancias que unen a las víctimas con el grueso de la comunidad. Paulina era una joven universitaria, con actividades y gustos parecidos a los de miles de jóvenes. La gente sintió rápido afecto por ella, y la empatía fue creciendo a medida que se sucedían las marchas de los martes, en reclamo de Justicia. De hecho, la imagen de Paulina aglutinó los reclamos por otras víctimas de la inseguridad (y de la impunidad), muchas de las cuales estaban en el olvido.
Pero hoy no hay una circunstancia que renueve esa empatía de la gente, si bien la corriente emotiva puede mantenerse. Una de las causas es que la investigación ha caído en un pozo de sombras y los investigadores esperan un milagro. Podría ocurrir que el asesino, en algún momento, confiese a alguien el crimen (ya hubo algunos casos así), pero es improbable que la pesquisa descubra nuevas cosas. Todo se demoró demasiado, a pesar de las expectativas que hubo en nuestra comunidad.
Por otra parte, además de la falta de un hecho nuevo, la violencia y la inseguridad parecen focalizarse, en nuestro medio, en la periferia de las ciudades, y que las víctimas están, por lo general, entre los estratos más bajos de la sociedad. Con excepciones, por cierto. Es en estos últimos casos cuando se dan las conmociones. Pero en Buenos Aires y la Capital Federal hay una mayor percepción de que la inseguridad roza también y con más frecuencia a los sectores medios y más altos de la sociedad. Por eso las convocatorias de Juan Carlos Blumberg tienen allá un impacto masivo, desconocido en Tucumán.
¿Acaso no ocurrió lo mismo con la tragedia de Cromagnon? El incendio en una disco causó las muertes de 194 jóvenes. La percepción de que por negligencia o por nefastos intereses económicos fallaron los controles de seguridad determinó el final de la administración del ex jefe de Gobierno de la Ciudad, Aníbal Ibarra, y prácticamente el ostracismo del dueño de la discoteca, el empresario Omar Chabán. Pero en Tucumán, la tragedia de los peregrinos a Catamarca, hace un lustro, no tuvo más impacto que la impresión que causó en su momento el hecho de que murieran 48 personas. Las causas del accidente son parecidas a las del incendio en Buenos Aires: negligencia en los controles municipales o provinciales ante la circulación e ómnibus en malas condiciones, y aparente interés económico del dueño del vehículo por obtener ganancias sin ningún gasto. En Tucumán no hubo manifestaciones para que haya controles y seguridad en los viajes en ómnibus. Y el juicio a los responsables dejó una sensación de tristeza e impotencia.
Algún sociólogo podría estudiar el fenómeno de nuestra sociedad tucumana, tan necesitada de emociones fuertes para reaccionar, tan propensa a dejarse enfermar por el individualismo, tan parecida a la indiferencia descripta en la frase con la que se reconoce a Bertolt Brecht.











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