Ceremonia con espectáculo

Análisis. Por Por Juan Carlos di Lullo - Redacción LA GACETA.

27 Febrero 2007
La esperada ceremonia que se desarrolló en el teatro Kodak el domingo por la noche fue -en muchos años- la que más se pareció a una puesta en escena. A las intervenciones de los cantantes que presentan las canciones nominadas se sumaron en esta oportunidad la exhibición de los vestuarios, la realización de un número musical a cargo de Will Ferrell, Jack Black y John O’Reilly, y la breve pero impactante actuación de un “coro de efectos sonoros” en perfecta coordinación con una proyección en pantalla. Hubo varios montajes fílmicos (el de la presentación del premio al mejor guión y el del recuerdo de la obra de Morricone no tuvieron desperdicio), y hasta Celine Dion se presentó en vivo. Y una de las más agradables sorpresas de la noche: las coreografías en contraluz que un grupo de bailarines realizaba para generar siluetas relacionadas con el desarrollo de la ceremonia, con una sorprendente plasticidad y una admirable creatividad.
Se subrayó con acierto el rasgo cosmopolita de la ceremonia, por la cantidad de nominados y participantes no nativos. La anfitriona Ellen DeGeneres -de discreto desempeño- bromeó al respecto con el trasfondo de verdad que siempre tienen las chanzas: “creo que incluso hay unos pocos estadounidenses -hablo de los que ocupan los asientos vacíos cuando los invitados se levantan-”, dijo. Pero esa presencia importante de extranjeros no tuvo reflejo en la proporción de los ganadores de las estatuillas. Y algunos galardonados, como el argentino Santaolalla, son trabajadores de la industria norteamericana desde hace décadas, y reciben los premios por sus participaciones en importantes producciones de Hollywood.
No hay por qué extrañarse. El Oscar es un premio inventado por la industria norteamericana del cine y el aspecto comercial tiene gran influencia en las decisiones de los miembros de la Academia. Siempre fue así.