26 Febrero 2007 Seguir en 
La masividad en la que se mueven varias actividades deportivas las pone en una envidiable ventaja con respecto a aquellas que no cuentan con los favores del público, en varios aspectos: proyección, ingresos, figuración permanente. Pero para quienes practican una disciplina popular, este asunto es un arma de doble filo. Testimonio de esto puede dar el tenista Gastón Gaudio, quien hace algunos días protagonizó uno de los hechos más tristes que se recuerden de los últimos tiempos sobre el ascenso y la caída de un ídolo.
Los abucheos que recibió el campeón de Roland Garros 2004 en el corazón mismo del escenario del Buenos Aires Lawn Tennis Club, por su pobre performance, fueron dramáticos. Se trata del mismo club que alguna vez le otorgó a Gaudio el carácter de ídolo. Minutos después, otras dos figuras del deporte -David Nalbandian y Guillermo Cañas-, que disputaban un reñido partido, fueron objeto de aplausos por parte de los mismos espectadores.
El contraste entre ambos hechos no fue fortuito. Planteó con crudeza los alcances de cómo el sentir popular puede premiar o castigar el esfuerzo, la entrega, cuando no el triunfo. Zinedine Zidane, luego de su paso por Real Madrid, confesó en un reportaje que cuando en el estadio Bernabeu se oyen los murmullos, es “porque no se están haciendo bien las cosas”. Más cerca, el acervo futbolístico nacional atesora una frase que sintetiza el valor que tiene el aliento de los simpatizantes de Boca cuando su equipo juega en casa: “la Bombonera no tiembla; late”. En actividades bajo techo, hay ocasiones en que a ciertos estadios los denominan “calderas”; tal el efecto que produce el aliento de la gente, tanto en el ánimo del local como en la búsqueda de los jugadores del equipo visitante.
Lógicamente, todo esto muchas veces juega en contra de las propias ambiciones y es allí donde el apoyo del público al deportista alcanza quizás su punto más delicado. La sensación de pertenencia que se alcanza en ciertas actividades, acerca de lo que hacen o no los protagonistas del deporte; el eterno exitismo que aflora como un reclamo y una necesidad continuos de ser los mejores; y la realidad de cada fanático, que inconscientemente querría ser el protagonista del acontecimiento, tienen alcances ilimitados. Así, se premia o se castiga con el aliento, el silencio o los abucheos, generalmente sin caer en cuenta que se lo está haciendo con una persona igual a uno mismo, que por particulares circunstancias ocupa un rol protagónico y que no siempre está preparada para captar el mensaje del deporte mismo. Lo que esto produce es conocido: idolatrías que no siempre tienen el sustento adecuado en el destinatario o carreras frustradas en aquellos que pese al esfuerzo, no logran conciliar lo que pretenden lograr con lo que la realidad les entrega.
El caso de Gaudio bien podría encuadrarse en este último punto, como el de muchos deportistas que dilapidaron los favores del público. Las caídas en el rendimiento son sólo una parte de la historia. En ocasiones, las reacciones suelen caer en lo delictivo, en el daño personal, en la profunda depresión que marca el rumbo de una vida.
El deporte y los deportistas necesitan del aliento del público casi tanto como de sus propias fuerzas, esfuerzo y sacrificio para poder llegar a una meta. Pero quienes están fuera del ámbito donde se dirime un resultado deben comprender que ese apoyo no debe caer en los extremos de afectar en forma directa a la persona. Que alentar conlleva un sentido de apoyar, no presionar. En las buenas y en las malas. De lo contrario, llevar adelante cualquier actividad carecería de todo sentido y valor.
Los abucheos que recibió el campeón de Roland Garros 2004 en el corazón mismo del escenario del Buenos Aires Lawn Tennis Club, por su pobre performance, fueron dramáticos. Se trata del mismo club que alguna vez le otorgó a Gaudio el carácter de ídolo. Minutos después, otras dos figuras del deporte -David Nalbandian y Guillermo Cañas-, que disputaban un reñido partido, fueron objeto de aplausos por parte de los mismos espectadores.
El contraste entre ambos hechos no fue fortuito. Planteó con crudeza los alcances de cómo el sentir popular puede premiar o castigar el esfuerzo, la entrega, cuando no el triunfo. Zinedine Zidane, luego de su paso por Real Madrid, confesó en un reportaje que cuando en el estadio Bernabeu se oyen los murmullos, es “porque no se están haciendo bien las cosas”. Más cerca, el acervo futbolístico nacional atesora una frase que sintetiza el valor que tiene el aliento de los simpatizantes de Boca cuando su equipo juega en casa: “la Bombonera no tiembla; late”. En actividades bajo techo, hay ocasiones en que a ciertos estadios los denominan “calderas”; tal el efecto que produce el aliento de la gente, tanto en el ánimo del local como en la búsqueda de los jugadores del equipo visitante.
Lógicamente, todo esto muchas veces juega en contra de las propias ambiciones y es allí donde el apoyo del público al deportista alcanza quizás su punto más delicado. La sensación de pertenencia que se alcanza en ciertas actividades, acerca de lo que hacen o no los protagonistas del deporte; el eterno exitismo que aflora como un reclamo y una necesidad continuos de ser los mejores; y la realidad de cada fanático, que inconscientemente querría ser el protagonista del acontecimiento, tienen alcances ilimitados. Así, se premia o se castiga con el aliento, el silencio o los abucheos, generalmente sin caer en cuenta que se lo está haciendo con una persona igual a uno mismo, que por particulares circunstancias ocupa un rol protagónico y que no siempre está preparada para captar el mensaje del deporte mismo. Lo que esto produce es conocido: idolatrías que no siempre tienen el sustento adecuado en el destinatario o carreras frustradas en aquellos que pese al esfuerzo, no logran conciliar lo que pretenden lograr con lo que la realidad les entrega.
El caso de Gaudio bien podría encuadrarse en este último punto, como el de muchos deportistas que dilapidaron los favores del público. Las caídas en el rendimiento son sólo una parte de la historia. En ocasiones, las reacciones suelen caer en lo delictivo, en el daño personal, en la profunda depresión que marca el rumbo de una vida.
El deporte y los deportistas necesitan del aliento del público casi tanto como de sus propias fuerzas, esfuerzo y sacrificio para poder llegar a una meta. Pero quienes están fuera del ámbito donde se dirime un resultado deben comprender que ese apoyo no debe caer en los extremos de afectar en forma directa a la persona. Que alentar conlleva un sentido de apoyar, no presionar. En las buenas y en las malas. De lo contrario, llevar adelante cualquier actividad carecería de todo sentido y valor.







