25 Febrero 2007 Seguir en 
BUENOS AIRES.- Cuando Néstor Kirchner se crispa, siempre tiene a mano una muletilla salvadora. “Nos quieren extorsionar”, suele decir el Presidente cuando intenta generar mayor adhesión entre los propios y alguna probable compasión entre los extraños. “Nos tienen miedo”, expresa a veces, en cuanto algún rival político se le anima y saca demasiado la cabeza. “Se ha dicho...”, enfatiza, cuando quiere desmentir una afirmación de terceros que desacomoda su estrategia.A veces, esas rimbombantes frases de atril tienen como objetivo detener supuestas operaciones en su contra y en otras le sirven como el disparador de una primera piedra que comienza a rodar por la ladera sin que nadie conozca, ni él mismo imagine, cuál será su volumen final y el daño que podrá hacer.
Así funciona Kirchner: primero se abroquela, luego muestra que el problema le viene de afuera, como un modo de justificar indirectamente la reacción y, por último, ataca bien a fondo, sin medir las consecuencias. Esta táctica, que no por repetida ha dejado de darle resultados, ha contribuido decididamente, tras la desilusión De la Rúa, a que la sociedad le reconozca mayoritariamente el perfil de gobernante con el timón en las manos, que pedía a gritos.
Casi sin grises posibles, es así como el Presidente ha procedido siempre y de esa forma es como ha jugado, en ese orden, en los cada uno de los tres temas que le dieron marco a la semana: en el caso de las controvertidas estadísticas del Indec, en su involucramiento personal en la campaña porteña y en el cortejo a Hugo Chávez, en tierras bolivarianas. En todos los casos, actuó como un elefante en un bazar, lo que demuestra también el grado de nerviosismo que le generan ciertas situaciones.
En la primera cuestión, es verdad que quien desató los demonios fue la pretensión de Guillermo Moreno de bajar los índices a como hubiera lugar, pero fue el Presidente en persona el que creyó percibir una “extorsión” en el caso, propicia para darla a conocer en línea con otros antecedentes (Shell, FMI, periodistas, etcétera.).
Felisa Miceli pronunció la palabra mágica el viernes por la mañana, tras haber estado en el despacho presidencial y tras haber analizado con Kirchner no sólo la reacción de los gremios que tienen peso en el organismo, sino primordialmente la solicitada por internet, que un gran número de economistas que, hay que decirlo, poco la respetan profesionalmente y bastante la ningunean, firmaron junto a ex integrantes del organismo para defender la cristalinidad de la fuente oficial de cifras estadísticas.
Sin embargo, la primera reacción de la ministra fue salir a pegarles solamente a los sindicalistas del Indec, a quienes acusó de defender “intereses corporativos”. O bien no se animó a avanzar sobre la “extorsión” de sus colegas de profesión, tanto o más corporativos que los sindicalistas, tal como se había hablado con el Presidente, o bien se olvidó del tema, bastante alterada, cuando se levantó de la conferencia de prensa que estaba dando en la Casa de Gobierno.
No conforme con su proceder, o bien por alguna sugerencia que se le hizo desde Balcarce 50, lo cierto es que la ministra volvió al ruedo un par de horas después para pegarles, ahora con nombre y apellido, a los profesionales que habían firmado esa solicitada considerada “antikirchnerista”, tal la definición del profesor Jorge Schwartzer, uno de los economistas del Plan Fénix, que declinó sumarse al grupo por esa razón y porque “0,1 más o 0,1 menos”, justificó, “no resulta relevante”. También señaló Miceli que las estadísticas sobre exportaciones granarias que dio a conocer el Indec para enero estaban groseramente equivocadas. Todas estas referencias casi domésticas sobre un tema tan grave, que apunta al copamiento gubernamental de un lugar tan sensible del Estado, episodio que aún tiene final abierto, sirve para darle contexto a otra de las situaciones que se dieron durante la semana y que involucró también a un ministro, en este caso al de Educación, Daniel Filmus, a quien se le está armando el ropaje de candidato a jefe de Gobierno porteño, a partir de la instalación de su imagen pública, impuesta a las apuradas por la sorpresiva convocatoria a elecciones para el 3 de junio que hizo el sábado pasado Jorge Telerman.
Lo que sucedió en la Capital Federal es emblemático al respecto y se entronca con la obediencia debida de los subordinados hacia el jefe y con la necesidad de darle a un ministro en campaña, como pasó antes con Rafael Bielsa, la relevancia que no ha tenido hasta ahora en los hechos. Quienes tienen la misión de ejecutar la campaña del Frente para la Victoria en la Capital Federal ya se han dado cuenta de que la penitencia está en el propio pecado.
Lo concreto y comprobable es que, como Miceli con el Indec, nadie hace nada en el Gobierno que no sea visado, supervisado y vuelto a controlar por el presidente Kirchner. Este modo de manejo centralizado del poder también le gusta a la opinión pública y el Presidente ha hecho un culto de la facultad de ser él, decisor de políticas, quien dé las buenas noticias. Es por eso que es muy difícil hacerles creer a los votantes porteños lo que aseguran hoy los carteles sobre el ministro (“Triplicó el presupuesto educativo”, “Promovió la Ley de Educación”, “Recuperó la Educación Técnica”), una especie de “Filmus lo hizo” poco consistente.
Una decisión unilateral
Para darle más plafond al candidato, el Presidente decidió otorgar unilateralmente un aumento en el básico para los maestros y profesores de todo el país, salto que ha sido justificado oficialmente por la movilidad presupuestaria y por la cobertura nacional que prevé la Ley de Financiamiento Educativo, pero que generó un desborde inmediato de las cuentas de 11 distritos, especialmente en la provincia de Buenos Aires. El espasmódico anuncio, conversado con los gremios, pero sin participación de los gobernadores, fue calificado por el ministro de Hacienda bonaerense, Gerardo Otero, de algo “desmedido”, ya que no sólo se aplicará en el piso de la escala, sino que los sindicatos quieren reproducir en toda su extensión para evitar el achatamiento de la pirámide. En el fragor de la campaña electoral, tampoco nadie se ha preocupado demasiado por activar los mecanismos de capacitación docente que la Ley exige como contrapartida de los aumentos de salarios.
El operativo Filmus tuvo su correlato en el sablazo que el Presidente le aplicó al eventual temor de Mauricio Macri de subirse a la candidatura presidencial. Se le cae a Kirchner lo que para él era un enemigo fácil en la elección nacional y se le complica al Gobierno su pretensión de conseguir un jefe de Gobierno afín, en un distrito donde nunca pudo arrimar y donde hasta los peronistas juegan en diferentes líneas.
Todo indica que Macri dirá el martes si finalmente jugará su futuro político en la Capital, aunque algunos allegados le sugieren que si está seguro, se apure, y que lo haga este mismo domingo (Boca habrá jugado el sábado y así no se mezclarán los tantos) para ganarse los titulares de los diarios del lunes por la mañana.
En tanto, Telerman no dejará pasar la oportunidad para hacerle saber a la Casa Rosada que él está instalado y que es objetivamente mejor que el actual candidato oficial. Tras la munición gruesa que ensució la campaña (acusaciones sobre el indebido uso del título de “licenciado” y denuncia sobre responsabilidad oficial en la quema de la villa El Cartón), el jefe de Gobierno sabe que la bendición de Kirchner podría darle la elección quizás en la primera vuelta y está dispuesto a bajar los decibeles lo necesario para torcer las preferencias oficiales. Igualmente, quienes siguen de cerca la campaña porteña señalan que la clave para saber quiénes se posicionan mejor en el distrito e irán a una eventual segunda vuelta será el día en que se cierren las listas, dentro de un mes, más o menos, porque allí se verán los apoyos barriales y sindicales que tendrá cada una, lo que consideran decisivo para la elección. Por último, el caso Venezuela ha dejado más de una duda. “Mucho se ha dicho en los últimos tiempos de que había países que tenían que contener a otros países, en el caso del presidente Lula o en mi caso nosotros teníamos que contener al presidente Chávez. Error absoluto...”, ha dicho Kirchner frente al presidente venezolano.
¿Es una mojada de oreja al desfalleciente George Bush, aun a riesgo de apuntar al centro de la política de seguridad nacional de los Estados Unidos? ¿O acaso una ayuda para la interna de Chávez en Venezuela? ¿Sabía Itamaraty que el presidente brasileño iba a ser involucrado en la cuestión, pese al poco afecto que le tiene la diplomacia de ese país al bolivariano? En cualquier caso, la contrapartida ha sido una generosa catarata de dólares hacia la Argentina, situación que se justifica en la Casa Rosada.
Ahora, Chávez está evaluando si se traslada a Irán a un encuentro sobre América latina de sesgo antiestadounidense, donde se encontrará con Luis D’Elía, quien viajó invitado por el encargado de negocios de ese país y quien acaba de pedirle a Daniel Scioli, un cuarto de las listas de diputados bonaerenses para las organizaciones piqueteras. Luego, se asegura que Chávez vendría a la Argentina para asistir a un acto de repudio en el Luna Park, en el mismo instante en que George Bush esté en plena excursión de pesca con Tabaré Vázquez en la estancia Anchorena, sobre la barra de San Juan, literalmente a 50 kilómetros de Buenos Aires, del otro lado del Río de la Plata.
En política, muchas veces el fin justifica los medios; pero cuando una piedra cae por una ladera, nunca se sabe si no es el principio de un alud que se lleva todo a su paso. (DyN)







