04 Octubre 2002 Seguir en 
Una extensa nota hemos dedicado ayer al estado caótico en que se encuentra la ciudad de San Miguel de Tucumán, como consecuencia del permanente estado de huelga que se registra en la Municipalidad de la capital. La falta de cumplimiento de las ordenanzas existentes y la carencia de una autoridad que exija su observancia se han conjugado para crear en nuestra capital un clima de desorden que no puede sino considerarse deplorable.Así, los vendedores callejeros desarrollan sus actividades sin ningún límite y en todas las áreas prohibidas. El tránsito está envuelto en condiciones similares: se estaciona en cualquier parte, no se respetan los horarios ni de carga ni descarga; vehículos de gran porte ingresan al microcentro y obstaculizan la circulación, y los peatones se ven en riesgo cuando intentan cruzar las calzadas, etcétera. Esto, sólo para citar algunas expresiones que cualquier vecino puede apreciar. Como resultado, una capital con más de medio millón de habitantes como es la nuestra, ha retrocedido singularmente en sus costumbres, a un ritmo que perturba en alto grado la convivencia.
Por cierto que, entre las muchas reflexiones deprimentes que sugiere tal estado de cosas, la primera es la comprobación de la ninguna conciencia de respeto hacia las normas que caracteriza a los habitantes de nuestra urbe. No puede ser sino alarmante un hecho de tal naturaleza. Es revelador que el acatamiento a la ley depende estrictamente de la posibilidad de sanciones y que, cuando estas no pueden aplicarse, regresamos de inmediato a un estado primitivo. No parece existir, en absoluto, la noción de que las disposiciones de la Municipalidad están dictadas para que la vida diaria pueda desarrollarse con normalidad y sin afectar derechos de terceros. Así, basta que se detenga el control estatal para que las normas queden completamente anuladas en cuanto a su vigencia.
Obvio es decir que ninguna comunidad puede aspirar a un progreso armónico dentro de semejante tesitura. Ella no hace sino crear pésimos precedentes y representa un más que deplorable ejemplo para las generaciones jóvenes. Suena a absurdo que se las trate de educar en el acatamiento a la ley, si por otro les mostramos que la ley nada cuenta cuando no está respaldada por la amenaza de penalidades.
Por otro lado, está la cuestión troncal. Es evidente que San Miguel de Tucumán no puede seguir funcionando sin la existencia de un organismo municipal que la gobierne, de acuerdo con las explícitas estipulaciones constitucionales. Ellas establecen -en la sección VII del estatuto vigente- que corresponde a las municipalidades cuidar "los intereses morales y materiales" de su jurisdicción. Y bien, es evidente que en la actualidad ese cuidado no existe, dado que la Municipalidad se mantiene en estado de huelga a causa de la falta de pago de haberes. Estos, como es sabido, se satisfacen con un sensible atraso al personal en general. Y, desde la categoría 19 hacia arriba, el último salario que percibieron fue el correspondiente a mayo.
No es nuestra misión proponer la estrategia que la comuna debe utilizar para la solución de estas cuestiones. Pero es evidente que debe solucionarlas sin pérdida de tiempo, y por cierto con la ayuda de la Provincia. Es inadmisible que continúe sin variantes el panorama actual. Esa vigencia se traduce en un perjuicio concreto para las múltiples áreas de la vida de la ciudad que requieren una acción efectiva del organismo encargado de atenderlas.
Es una cuestión que no admite dilaciones en el tiempo. Ha caotizado, repetimos, la ciudad que habitamos, hasta límites que no pueden dejar de causarnos profunda inquietud.
Por cierto que, entre las muchas reflexiones deprimentes que sugiere tal estado de cosas, la primera es la comprobación de la ninguna conciencia de respeto hacia las normas que caracteriza a los habitantes de nuestra urbe. No puede ser sino alarmante un hecho de tal naturaleza. Es revelador que el acatamiento a la ley depende estrictamente de la posibilidad de sanciones y que, cuando estas no pueden aplicarse, regresamos de inmediato a un estado primitivo. No parece existir, en absoluto, la noción de que las disposiciones de la Municipalidad están dictadas para que la vida diaria pueda desarrollarse con normalidad y sin afectar derechos de terceros. Así, basta que se detenga el control estatal para que las normas queden completamente anuladas en cuanto a su vigencia.
Obvio es decir que ninguna comunidad puede aspirar a un progreso armónico dentro de semejante tesitura. Ella no hace sino crear pésimos precedentes y representa un más que deplorable ejemplo para las generaciones jóvenes. Suena a absurdo que se las trate de educar en el acatamiento a la ley, si por otro les mostramos que la ley nada cuenta cuando no está respaldada por la amenaza de penalidades.
Por otro lado, está la cuestión troncal. Es evidente que San Miguel de Tucumán no puede seguir funcionando sin la existencia de un organismo municipal que la gobierne, de acuerdo con las explícitas estipulaciones constitucionales. Ellas establecen -en la sección VII del estatuto vigente- que corresponde a las municipalidades cuidar "los intereses morales y materiales" de su jurisdicción. Y bien, es evidente que en la actualidad ese cuidado no existe, dado que la Municipalidad se mantiene en estado de huelga a causa de la falta de pago de haberes. Estos, como es sabido, se satisfacen con un sensible atraso al personal en general. Y, desde la categoría 19 hacia arriba, el último salario que percibieron fue el correspondiente a mayo.
No es nuestra misión proponer la estrategia que la comuna debe utilizar para la solución de estas cuestiones. Pero es evidente que debe solucionarlas sin pérdida de tiempo, y por cierto con la ayuda de la Provincia. Es inadmisible que continúe sin variantes el panorama actual. Esa vigencia se traduce en un perjuicio concreto para las múltiples áreas de la vida de la ciudad que requieren una acción efectiva del organismo encargado de atenderlas.
Es una cuestión que no admite dilaciones en el tiempo. Ha caotizado, repetimos, la ciudad que habitamos, hasta límites que no pueden dejar de causarnos profunda inquietud.






