Los graves fracasos del Comfer

La grosería y la violencia prevalecen en la pantalla chica.

03 Octubre 2002
La dimensión de la crisis que soporta el país, donde el Estado ha sido, con su prolongada ineficiencia, un factor decisivo de provocación, tiene testimonios puntales y elocuentes en sectores de la vida nacional que no sólo han dejado hace tiempo de contribuir a su progreso sino que, en no pocos casos, conspiran contra el mismo. Uno de los más llamativos por la trascendencia de sus funciones es el de los medios electrónicos de comunicación, donde la televisión abierta registra los índices más elevados de graves excesos sin que el Comité Federal de Radiodifusión consiga impedirlos ni hacer efectivas las sanciones legales y reglamentarias correspondientes.
Más revelador es aún que esos desbordes se incrementen sin solución de continuidad en competencia perversa para captar audiencias a despecho de comportamientos que la sociedad demanda, como testimonian los datos del propio organismo oficial: mientras en el año 2001 las deudas de los canales por multas orillaron los 65 millones de pesos, durante el primer semestre del actual pasaron de 71.
Los canales de la Ciudad de Buenos Aires, que suministran el grueso de su programación a todo el país, acaparan largamente la estadística de irregularidades -especialmente América y el 9-, fruto de una virtual impunidad por la que un solo programa en el horario de protección al menor está próximo a alcanzar 21 millones de pesos.
A la grosería, la inmoralidad, la violencia, el insulto y, en suma, el desprecio de valores humanos y sociales en el horario más sensible para la audiencia de menores, se agrega en no pocos casos la incapacidad profesional de sus protagonistas y el lenguaje soez que convierte, por momentos, a un medio tan poderoso de comunicación cultural e informativa en enemigo de la educación familiar y de la escuela.
Las propias autoridades del Comfer no pueden eludir esa realidad y argumentan la incapacidad de sus estructuras organizativas y legales con una franqueza que sorprende y concuerda con la de otros responsables de diferentes áreas del Estado, al reconocer sus incapacidades para resolver problemas fundamentales. Sin lugar a dudas, el saldo crítico más desolador de la situación ligeramente descripta y que millones de familias comprueban todos los días, es que en la Capital de la República funcione con impunidad de hecho ese centro distribuidor de malos ejemplos que contribuye más a la crisis que a combatirla.
El caso del Comfer y del sistema legal de radiodifusión con el que funciona es también un ejemplo ilustrativo de la decadencia de la gestión pública en el país y la escasa capacidad de sucesivos gobiernos para superarla. El régimen vigente fue establecido hace más de dos décadas por el último gobierno de facto, siendo objeto de múltiples parches que trataron de poner fin a su línea autoritarista, pero que no condujeron finalmente a un sistema adecuado a la transformación del sector.
Por otra parte, los repetidos cambios de autoridades del organismo de aplicación y la escasa autoridad ejecutiva de aquellas han terminado en un pernicioso modelo de adaptación a la circunstancia que deben corregir, como evidencia la tolerancia práctica y reglamentaria ante el alto grado de irregularidades con que el sistema de televisión se desenvuelve.

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