30 Septiembre 2002 Seguir en 
"En el espejo de tu taller, en el gran espejo con marco de ébano que te ve envejecer, tu dedo sigue las huellas que el tiempo ha grabado en tu rostro... Sin mentiras has visitado de nuevo las pesadumbres. Con renovado coraje en tu nueva vida, tu cara, muy erguida, contempla el futuro. Tu brocha se sumerge en el aceite de linaza (tu retrato, amor mío, olerá mucho tiempo al ajo que vigila su cocción), vacila por encima de la paleta, como una pala recoge pasta cerúlea y la bate furiosamente en una mezcla oscura que, sobre el fondo más oscuro del cuadro, parecerá clara.
Ya no eres el ahogado devuelto a la orilla y luego a la vida. Rodeándome con tus brazos, de nuevo te duermes sin ginebra. En el vasto taller, las conversaciones y las risas han barrido los olores helados y el silencio. El humo de la piel y los huesos de conejo que se deshacen llenan de nuevo el aire de la casa. Resuenan (...) las carreras de los modelos (y sus risas sofocadas) ante las bromas no siempre bienvenidas de los discípulos Bernhard y Willem. Sobre todo cuando intentan comprender mejor el peso de la carne.
La noche del 5 al 6 de marzo, el agua del cielo hizo crecer los ríos y los canales. El dique de San Antonio fue colmatado a tiempo, justo antes de que las tierras quedaran inundadas. En medio del viento y la lluvia, hombres y mujeres trabajaron la noche entera (...) las mujeres que no tenían carretilla transportaron el barro en el delantal. Dios nos castigará, nos limpiará de nuestros pecados.
Iremos junto por el canal hasta la casa de campo de Jan Six. Hubiera preferido no ir. Sobre todo un domingo, sobre todo a la hora del oficio, cuando cierran las puertas de la ciudad. Titus correteará por el verdor y yo, la sirvienta, jugaré con él. No era eso lo que tú querías, pero para ese hombre nunca seré tu mujer. En casa de Jan Six seré la sirvienta, aquella a quien no se ve. Prefiero la mentira que me borra a su mirada, la cual me atraviesa como la hoja de un cuchillo.
He vivido veinte años en el campo, sé que en él se puede contraer la enfermedad de la melancolía. Es una niebla verde que entra en el cuerpo por todos los agujeritos de la piel y que sube a la cabeza para enmohecerla. Por eso se lava con más frecuencia en el campo que en la ciudad. Frotas, rascas, restriegas la herrumbre... Cuando está adherida, bien aferrada, forma bultitos que se retuercen como una familia de gusanos marrones.Subimos al pontón. En la orilla, el caballo hundía con esfuerzo los cascos en el barro. Amsterdam se fue alejando, el carillón de la Westerkerk se deshilachaba a nuestra espalda. El canal hendía el recto y vasto mar verde que nos rodeaba hasta perderse de vista. En tu cartapacio, tres placas de cobre, punzones y buril, barniz y pincel. Aquellos años, entre las dos guerras, el campo te descansaba la vista, decías; el silencio de los horizontes hasta donde alcanza la mirada, los canales que se cruzan hasta el extremo de la tierra, los cielos inmensos y las nubes rápidas, sus sombras que nos envuelven para luego abandonarnos al verde sol.
Cuando sales de la ciudad, nunca te llevas la Biblia. Dios está en todas partes, afirmas. En los canales por los que se deslizan los cisnes, con la cabeza erguida sobre el largo cuello, en un puente, un velero, un pescador, en toda esa vida, serena, que tu buril fija en el cobre. Para que también nosotros la veamos como Dios la hizo. Sabes verdades que otros no conocerán jamás".
Ya no eres el ahogado devuelto a la orilla y luego a la vida. Rodeándome con tus brazos, de nuevo te duermes sin ginebra. En el vasto taller, las conversaciones y las risas han barrido los olores helados y el silencio. El humo de la piel y los huesos de conejo que se deshacen llenan de nuevo el aire de la casa. Resuenan (...) las carreras de los modelos (y sus risas sofocadas) ante las bromas no siempre bienvenidas de los discípulos Bernhard y Willem. Sobre todo cuando intentan comprender mejor el peso de la carne.
La noche del 5 al 6 de marzo, el agua del cielo hizo crecer los ríos y los canales. El dique de San Antonio fue colmatado a tiempo, justo antes de que las tierras quedaran inundadas. En medio del viento y la lluvia, hombres y mujeres trabajaron la noche entera (...) las mujeres que no tenían carretilla transportaron el barro en el delantal. Dios nos castigará, nos limpiará de nuestros pecados.
Iremos junto por el canal hasta la casa de campo de Jan Six. Hubiera preferido no ir. Sobre todo un domingo, sobre todo a la hora del oficio, cuando cierran las puertas de la ciudad. Titus correteará por el verdor y yo, la sirvienta, jugaré con él. No era eso lo que tú querías, pero para ese hombre nunca seré tu mujer. En casa de Jan Six seré la sirvienta, aquella a quien no se ve. Prefiero la mentira que me borra a su mirada, la cual me atraviesa como la hoja de un cuchillo.
He vivido veinte años en el campo, sé que en él se puede contraer la enfermedad de la melancolía. Es una niebla verde que entra en el cuerpo por todos los agujeritos de la piel y que sube a la cabeza para enmohecerla. Por eso se lava con más frecuencia en el campo que en la ciudad. Frotas, rascas, restriegas la herrumbre... Cuando está adherida, bien aferrada, forma bultitos que se retuercen como una familia de gusanos marrones.Subimos al pontón. En la orilla, el caballo hundía con esfuerzo los cascos en el barro. Amsterdam se fue alejando, el carillón de la Westerkerk se deshilachaba a nuestra espalda. El canal hendía el recto y vasto mar verde que nos rodeaba hasta perderse de vista. En tu cartapacio, tres placas de cobre, punzones y buril, barniz y pincel. Aquellos años, entre las dos guerras, el campo te descansaba la vista, decías; el silencio de los horizontes hasta donde alcanza la mirada, los canales que se cruzan hasta el extremo de la tierra, los cielos inmensos y las nubes rápidas, sus sombras que nos envuelven para luego abandonarnos al verde sol.
Cuando sales de la ciudad, nunca te llevas la Biblia. Dios está en todas partes, afirmas. En los canales por los que se deslizan los cisnes, con la cabeza erguida sobre el largo cuello, en un puente, un velero, un pescador, en toda esa vida, serena, que tu buril fija en el cobre. Para que también nosotros la veamos como Dios la hizo. Sabes verdades que otros no conocerán jamás".






