29 Septiembre 2002 Seguir en 
"El 26 de setiembre de 2000 Praga fue la sede de la reunión anual del FMI y el Banco Mundial, y un destino obligado para los veteranos de las revueltas de Seattle, Melbourne, la City de Londres y Parliament Square...(...)...
Lo que no esperaba era la coincidencia de tantos intereses divergentes e incluso enfrentados; la camaradería y la unidad que produjo el hecho de compartir la oposición al statu quo. Tampoco estaba preparada para el estallido de una rabia inflamada por el continuo tamborileo y el fúnebre lamento de unos silbatos con los colores del arco iris, que se vendían a un dólar cada uno. Pero sobre todo me sorprendió el enorme desencanto de la política y los políticos, de las empresas y los empresarios, que manifestaban las personas con las que tuve oportunidad de hablar, y su resolución de acabar con lo que les parecía una conspiración silenciosa.
A diez años de que los tanques desfilaran por última vez en la plaza Roja y a doce de la caída del muro de Berlín, después del período de bienestar económico más prolongado de nuestra época, el descontento crece a pasos agigantados, proclamado no sólo por los guerreros del arco iris y otros muchos de los que acudieron a Praga, sino por los grupos más dispares e incluso sorprendentes... por gente normal que vive una vida normal. Hay una preocupación mundial por las lealtades de los gobiernos y los objetivos de las grandes empresas. Preocupa que la oscilación del péndulo del capitalismo haya llegado demasiado lejos, que nuestra historia de amor con el mercado libre haya contribuido a ocultar ciertas verdades crueles, que sean muchos los derrotados, que ya no podamos confiar nuestros intereses al cuidado del Estado y que estemos pagando un precio demasiado alto por nuestro crecimiento económico. Y preocupa que el ruido del mundo de los negocios sofoque las voces que defienden otro tipo de intereses.
La historia que puso fin al cuento de hadas empezó a Westminster el 3 de mayo de 1979, día en que Margaret Thatcher llegó al poder, para luego reproducirse en Estados Unidos, Iberoamérica, Asia Oriental, la India, la mayor parte de los países africanos y el resto de Europa. Fue la historia de unas calles empedradas de oro y de la realización del sueño americano, pero ya nadie cree en ella. Los ídolos que se perpetuaron durante la guerra fría, por miedo a debilitar ?nuestra? posición, comienzan a desdorarse. La riqueza no fluye continuamente. El desarrollo tiene sus limitaciones. El Estado ya no puede protegernos. Una sociedad guiada únicamente por la mano invisible del mercado no sólo es imperfecta, sino también injusta.
El mundo que surge de la guerra fría es la antítesis del Mundo Unico, envasado al vacío, de los hipermundialistas. En efecto, es un mundo confuso, contradictorio y mercurial. Un mundo en el que empieza a desgranarse toda una letanía de dudas, no delante de las urnas, sino en las iglesias, las calles y los centros comerciales. Un mundo en el que ya no se pueden definir las lealtades y en el que, al parecer, han cambiado las alianzas.
Mientras que la British Petroleum realiza para sus doscientos altos ejecutivos un programa sobre el futuro del capitalismo, en el que se debaten las ventajas y desventajas de la mundialización, un gobierno laborista se empeña en privatizar el control del tráfico aéreo".
Lo que no esperaba era la coincidencia de tantos intereses divergentes e incluso enfrentados; la camaradería y la unidad que produjo el hecho de compartir la oposición al statu quo. Tampoco estaba preparada para el estallido de una rabia inflamada por el continuo tamborileo y el fúnebre lamento de unos silbatos con los colores del arco iris, que se vendían a un dólar cada uno. Pero sobre todo me sorprendió el enorme desencanto de la política y los políticos, de las empresas y los empresarios, que manifestaban las personas con las que tuve oportunidad de hablar, y su resolución de acabar con lo que les parecía una conspiración silenciosa.
A diez años de que los tanques desfilaran por última vez en la plaza Roja y a doce de la caída del muro de Berlín, después del período de bienestar económico más prolongado de nuestra época, el descontento crece a pasos agigantados, proclamado no sólo por los guerreros del arco iris y otros muchos de los que acudieron a Praga, sino por los grupos más dispares e incluso sorprendentes... por gente normal que vive una vida normal. Hay una preocupación mundial por las lealtades de los gobiernos y los objetivos de las grandes empresas. Preocupa que la oscilación del péndulo del capitalismo haya llegado demasiado lejos, que nuestra historia de amor con el mercado libre haya contribuido a ocultar ciertas verdades crueles, que sean muchos los derrotados, que ya no podamos confiar nuestros intereses al cuidado del Estado y que estemos pagando un precio demasiado alto por nuestro crecimiento económico. Y preocupa que el ruido del mundo de los negocios sofoque las voces que defienden otro tipo de intereses.
La historia que puso fin al cuento de hadas empezó a Westminster el 3 de mayo de 1979, día en que Margaret Thatcher llegó al poder, para luego reproducirse en Estados Unidos, Iberoamérica, Asia Oriental, la India, la mayor parte de los países africanos y el resto de Europa. Fue la historia de unas calles empedradas de oro y de la realización del sueño americano, pero ya nadie cree en ella. Los ídolos que se perpetuaron durante la guerra fría, por miedo a debilitar ?nuestra? posición, comienzan a desdorarse. La riqueza no fluye continuamente. El desarrollo tiene sus limitaciones. El Estado ya no puede protegernos. Una sociedad guiada únicamente por la mano invisible del mercado no sólo es imperfecta, sino también injusta.
El mundo que surge de la guerra fría es la antítesis del Mundo Unico, envasado al vacío, de los hipermundialistas. En efecto, es un mundo confuso, contradictorio y mercurial. Un mundo en el que empieza a desgranarse toda una letanía de dudas, no delante de las urnas, sino en las iglesias, las calles y los centros comerciales. Un mundo en el que ya no se pueden definir las lealtades y en el que, al parecer, han cambiado las alianzas.
Mientras que la British Petroleum realiza para sus doscientos altos ejecutivos un programa sobre el futuro del capitalismo, en el que se debaten las ventajas y desventajas de la mundialización, un gobierno laborista se empeña en privatizar el control del tráfico aéreo".






