"No hubo vencedores ni vencidos", dijo el ministro de Gobierno, Fernando Juri, al término de la pulseada con los piqueteros que coparon la ciudad, vigilados rigurosamente por 1.000 agentes, entre policías y gendarmes. Pero la frase sólo refleja un instante de tensión en medio de la crisis que tiene meses de padeceres cotidianos.
No es que los funcionarios no adviertan la gravedad de la instancia que viven el país y la provincia, sino que piensan que parchando en la emergencia lograrán sobrevivir al temporal y mientras tanto siguen planificando sus estrategias políticas. Después de todo, la misma Nación que cierra el grifo (y de la que esperan una salida desde hace meses) es la que les dio pie para sumirse en una inconcebible disputa preelectoral para la cual buscan colocar a su gente en sitios estratégicos.
El internismo
Esa es una de las explicaciones para la insólita conmoción causada en la conducción del sistema de salud. Justo en el momento en que el Gobierno lograba capear el temporal de la parálisis de los hospitales gracias al goteo diario de $ 40.000 concedido por Economía, las mismas internas del Gobierno causaron la renuncia indeclinable del ministro de Salud, Alejandro Sangenis y de su equipo de colaboradores. De este modo, el ministerio ahora está cubierto interinamente (al menos, hasta hoy) por la ministra de Educación, Olga Morales, quien asumió en su propio cargo tras la crisis de hace tres semanas y no sabe aún cómo hacer para garantizar 12 días de clases por mes hasta fin de año.Ese internismo es el que explica lo ocurrido el domingo pasado, en una comida de gabinete. En lugar de hablar de los problemas del bono que no tiene credibilidad y de las dificultades para lograr una ley de emergencia a fin de solventar el estallido del sistema sanitario (el 60% de los tucumanos acude al hospital público), se habló del cronograma electoral.
El gabinete se debate entre los intereses de juristas, alperovichistas y guerreristas y los vaivenes de la alianza del gobernador Julio Miranda con Olijela Rivas. Todos se quedaron callados cuando Sangenis dijo públicamente que se estaba usando el aparato estatal a favor de candidatos del peronismo y denunció el decreto de Miranda para nombrar un subinterventor en el IPLA.
Sólo el secretario general de la Gobernación abrió la boca: el sucesor de Sangenis "será seguramente peronista", dijo. Pero hasta anoche nadie quería agarrar la brasa que quema. Una cosa es poner a alguien en un cargo secundario, y otra cosa es buscar un ministro que se arriesgue en un Estado incendiado, que no sólo tiene problemas con los bonos sino que recibe presiones de todas partes, como los embargos millonarios del Ejército por el Campo Norte.
El problema oculto
La protesta de los piqueteros es la punta del iceberg. Más seria es esa especie de vocación suicida del Gobierno, que no advierte las dificultades que tiene para obtener funcionarios de primera línea y disminuir el caos de la maquinaria estatal. A Miranda se le queman los libros en materia de organización.
La crisis que no tiene vencedores pero sí vencidos: los piqueteros que reclaman por trabajo, los policías y gendarmes que custodiaban que no haya desmanes, la gente que quiere aferrarse a su vida normal mientras la ciudad se convierte en campamento de desocupados, y las mismas autoridades... sólo que estas no se han dado cuenta.






