28 Septiembre 2002 Seguir en 
"No importa si Alberdi alguna vez fue juzgado frívolo en su juventud o ambiguo en su ancianidad. No importa si una y otra vez fue criticado por hombres que también respetamos. Pero fue tan larga su lucidez, tan clara y convocante su bandera, tan conformadoras de nuestra experiencia histórica sus ideas, tan innovador dentro de la sucesión de las generaciones que podría decirse que su ciclo se inicia en 1837 y se cierra en 1929, cuando la gran depresión mundial cambió las reglas de juego que parecían sernos favorables y otra depresión de las instituciones nos deslizó a la ruptura del ?30.
Hay unas cuantas cosas que conviene recordar siempre en Alberdi. Tuvo una memoria activa del pasado para no verse obligado a repetirlo. Pero no fue su prisionero. Primero había repudiado el despotismo y después se empeñó en hacerlo imposible.
Fue el primer argentino -si se tiene en cuenta que lo hizo con más deliberación que Mariano Fragueiro- que vinculó política y economía, en una profundización aún hoy rara entre nosotros de dos artes conformantes de la acción humana, una que emplea los medios y otra que los aumenta.Fue el sembrador de algunas ideas básicas, pero en sistema, y de mucho pragmatismo. No un maximalista ciertamente: sólo privilegió en sus estudios la organización constitucional y económica del país; no fue un utilitario tampoco, aunque no hiciera demasiado sitio a inquietudes trascendentes que por demasiado tiempo habían permanecido ociosas. Fue un pensador para la acción, para la contingencia, para las consignas concretas. Para las tareas importantes y también para la surgentes. Cuando Ortega nos increpó: Argentinos, a las cosas, pudo apoyarse en Alberdi.
Y Alberdi junto a las Bases para la organización se ocupó de la organización misma, de sus problemas envolventes, de sus cursos de acción. Fue el inspirador de esa República imperfecta pero perfectible en que los argentinos obtuvimos los logros mejores de este siglo.
Alberdi pertenece a muchas generaciones de argentinos pero hay algunos a quienes no pertenece; ni a los violentos a los cuales repudió en El crimen de la guerra; ni a los facciosos a quienes pulverizó con las Bases; ni a los colectivistas de la nueva usura estatal que empobrece a todos, a los cuales denunció en El sistema rentístico y económico; ni a la simplificación centralizadora para lo cual editó en Valparaíso, hace 126 años, sus Elementos de Derecho Público provincial.
Mi intención no es recordar al autor de Las Bases en un ensayo histórico, sino más bien en un ensayo prospectivo. Porque Alberdi era precisamente un pensador que de la realidad pasaba al futuro. No sólo su inteligencia tenía ese desafío de la imaginación ordenada, sino que la vida lo obligó a dejar atrás muchas realidades de su tiempo. Como escribe bien Jorge M. Mayer, ?el acierto de Alberdi... fue medir como provinciano la fuerza de cada uno de los factores y coordinar las soluciones para fundar la autoridad del gobierno nacional, garantizar la seguridad personal en los campos ensangrentados de la Confederación, promover el florecimiento de las industrias y del comercio, y legitimar los derechos de las provincias sobre el puerto y el comercio de extranjería, en un país aún en formación?".
Hay unas cuantas cosas que conviene recordar siempre en Alberdi. Tuvo una memoria activa del pasado para no verse obligado a repetirlo. Pero no fue su prisionero. Primero había repudiado el despotismo y después se empeñó en hacerlo imposible.
Fue el primer argentino -si se tiene en cuenta que lo hizo con más deliberación que Mariano Fragueiro- que vinculó política y economía, en una profundización aún hoy rara entre nosotros de dos artes conformantes de la acción humana, una que emplea los medios y otra que los aumenta.Fue el sembrador de algunas ideas básicas, pero en sistema, y de mucho pragmatismo. No un maximalista ciertamente: sólo privilegió en sus estudios la organización constitucional y económica del país; no fue un utilitario tampoco, aunque no hiciera demasiado sitio a inquietudes trascendentes que por demasiado tiempo habían permanecido ociosas. Fue un pensador para la acción, para la contingencia, para las consignas concretas. Para las tareas importantes y también para la surgentes. Cuando Ortega nos increpó: Argentinos, a las cosas, pudo apoyarse en Alberdi.
Y Alberdi junto a las Bases para la organización se ocupó de la organización misma, de sus problemas envolventes, de sus cursos de acción. Fue el inspirador de esa República imperfecta pero perfectible en que los argentinos obtuvimos los logros mejores de este siglo.
Alberdi pertenece a muchas generaciones de argentinos pero hay algunos a quienes no pertenece; ni a los violentos a los cuales repudió en El crimen de la guerra; ni a los facciosos a quienes pulverizó con las Bases; ni a los colectivistas de la nueva usura estatal que empobrece a todos, a los cuales denunció en El sistema rentístico y económico; ni a la simplificación centralizadora para lo cual editó en Valparaíso, hace 126 años, sus Elementos de Derecho Público provincial.
Mi intención no es recordar al autor de Las Bases en un ensayo histórico, sino más bien en un ensayo prospectivo. Porque Alberdi era precisamente un pensador que de la realidad pasaba al futuro. No sólo su inteligencia tenía ese desafío de la imaginación ordenada, sino que la vida lo obligó a dejar atrás muchas realidades de su tiempo. Como escribe bien Jorge M. Mayer, ?el acierto de Alberdi... fue medir como provinciano la fuerza de cada uno de los factores y coordinar las soluciones para fundar la autoridad del gobierno nacional, garantizar la seguridad personal en los campos ensangrentados de la Confederación, promover el florecimiento de las industrias y del comercio, y legitimar los derechos de las provincias sobre el puerto y el comercio de extranjería, en un país aún en formación?".






