26 Septiembre 2002 Seguir en 
"La mano firme de Ptolomeo I empuñaba su lanza que brillaba como los anillos de cristal de roca y oro sobre sus fuertes dedos lánguidos, dibujando pequeños reflejos sobre el verde de los juncos.Endeble me apoyé sobre mi lanza, con mi transpirada túnica blanca bajo la armadura de cuerpo y metal.
Allí esperamos. En algún lado un león estaría cortando la distancia con la panza muy cerca del suelo y las garras escondidas en la pelambre de esas patas cautelosas sobre sus huellas de silencio. Me parecía escuchar esos pasos de nada e imaginaba su soberbia que se hacía cada vez más nítida y el movimiento de ese cuerpo sublime. Nunca había visto un dios pero él lo parecía, un dios del peligro. Sus ojos oscuros y voraces, el salto sobre su presa ya muerta, la sangre deseada sobre su boca, la carne rosada entre sus dientes.En ese momento apareció. Era totalmente distinto del león que mi imaginación había creado, era más pequeño, color marrón y le faltaba una oreja.
Mi padre dio la orden. Empuñar la lanza a dos puños del centro, no sacar la vista del codillo del león, pensé, y allí lancé sobre el aire mi primer deseo de conquista, mi primera precisión. Cuánto temor en mi pecho cuando mi brazo ejerció el movimiento de ese único tiro, esa única posibilidad de poder. Mi lanza llegó antes que las otras. La vi entrar en su costado. La ira en los ojos del león contrastaba en la alegría de mis ojos. Mi lanza traspasó el cuerpo del color de la miel y de la textura del primer musgo del otoño y generó el hueco sobre el bramido que retumbaba, sobre la carne caliente, y cortó venas y latidos e interrumpió el rugido en su boca abierta con la espuma blanca y su lengua casi negra.
Estaquearon el cuerpo en el suelo como siempre se hacía y los hombres volvimos alrededor del fuego donde se asaba la carne de un venado y el vino tomaba la forma de las copas.
Sabía que mi padre no haría ningún comentario, pero en sus ojos vi luz. Yo había encendido esa luz. No era la primera vez. Soy consciente de que otras veces lo había hecho, sé que mis actitudes o mis pensamientos generan cambios en su cara. Fue la primera vez que pensé que a veces los hijos gestan a sus padres, pero no me aventuré a decírselo. En cambio afirmé:
-Es mi primer león.
Y el contestó:
-Es una leona.
Nos reímos, entonces lo vimos, pequeño como un juguete, era un leoncito que pasó junto a nosotros sin miedo y sin valor y se dirigió al cuero estaqueado. Lo olió y caminó el territorio de su madre guiado por la memoria de su hocico. Por fin se instaló en su lugar, pero casi enseguida se levantó para continuar su búsqueda. Buscaba y buscaba, buscaba a una de sus madres.
Después de esa primera cacería y ya en Alejandría, mi padre me envió un recado a través de la preferida de turno donde me invitaba a un banquete. Asistiríamos sólo los dos Ptolomeos".
Allí esperamos. En algún lado un león estaría cortando la distancia con la panza muy cerca del suelo y las garras escondidas en la pelambre de esas patas cautelosas sobre sus huellas de silencio. Me parecía escuchar esos pasos de nada e imaginaba su soberbia que se hacía cada vez más nítida y el movimiento de ese cuerpo sublime. Nunca había visto un dios pero él lo parecía, un dios del peligro. Sus ojos oscuros y voraces, el salto sobre su presa ya muerta, la sangre deseada sobre su boca, la carne rosada entre sus dientes.En ese momento apareció. Era totalmente distinto del león que mi imaginación había creado, era más pequeño, color marrón y le faltaba una oreja.
Mi padre dio la orden. Empuñar la lanza a dos puños del centro, no sacar la vista del codillo del león, pensé, y allí lancé sobre el aire mi primer deseo de conquista, mi primera precisión. Cuánto temor en mi pecho cuando mi brazo ejerció el movimiento de ese único tiro, esa única posibilidad de poder. Mi lanza llegó antes que las otras. La vi entrar en su costado. La ira en los ojos del león contrastaba en la alegría de mis ojos. Mi lanza traspasó el cuerpo del color de la miel y de la textura del primer musgo del otoño y generó el hueco sobre el bramido que retumbaba, sobre la carne caliente, y cortó venas y latidos e interrumpió el rugido en su boca abierta con la espuma blanca y su lengua casi negra.
Estaquearon el cuerpo en el suelo como siempre se hacía y los hombres volvimos alrededor del fuego donde se asaba la carne de un venado y el vino tomaba la forma de las copas.
Sabía que mi padre no haría ningún comentario, pero en sus ojos vi luz. Yo había encendido esa luz. No era la primera vez. Soy consciente de que otras veces lo había hecho, sé que mis actitudes o mis pensamientos generan cambios en su cara. Fue la primera vez que pensé que a veces los hijos gestan a sus padres, pero no me aventuré a decírselo. En cambio afirmé:
-Es mi primer león.
Y el contestó:
-Es una leona.
Nos reímos, entonces lo vimos, pequeño como un juguete, era un leoncito que pasó junto a nosotros sin miedo y sin valor y se dirigió al cuero estaqueado. Lo olió y caminó el territorio de su madre guiado por la memoria de su hocico. Por fin se instaló en su lugar, pero casi enseguida se levantó para continuar su búsqueda. Buscaba y buscaba, buscaba a una de sus madres.
Después de esa primera cacería y ya en Alejandría, mi padre me envió un recado a través de la preferida de turno donde me invitaba a un banquete. Asistiríamos sólo los dos Ptolomeos".





