El drama de los menores que juegan con su vida

Los casos de los adolescentes asesinados en los últimos días revelaron que hay un sector que se encuentra totalmente desprotegido.

DESPEDIDA. Sobre el cajón de  Suárez, sus amigos pusieron “porros”, una gorra y la estampa del Gauchito Gil. LA GACETA / JORGE OLMOS SGROSSO
DESPEDIDA. Sobre el cajón de Suárez, sus amigos pusieron “porros”, una gorra y la estampa del Gauchito Gil. LA GACETA / JORGE OLMOS SGROSSO
03 Diciembre 2006
Daniel Alfredo Fernández tenía 13 años. Angel Ariel Bolero, 15. A pesar de que no se conocían, vivían de un modo similar. Tenían causas pendientes con la Justicia, problemas de adicción y habitaban en zonas marginales. El más chico murió el 12 de noviembre; el otro, nueve días después. Dejaron de respirar después de haber recibido certeros disparos en la cabeza. Por sus homicidios, que aún son investigados, los barrios Independencia y El Palomar se transformaron en verdaderos campos de batalla que enfrentaron a familiares y a allegados con la Policía. También son una prueba más de que la sociedad les cerró las puertas.
Caminan y se visten casi igual. Los pantalones cortos van más allá de las rodillas. Algunos, como si se trataran de trofeos, exhiben los tatuajes grabados en el cuerpo. Viven en la periferia de la ciudad, pero usan musculosas de los equipos de la NBA o remeras de los clubes de fútbol de Europa. Las gorras, cuyas viseras les tapan más de la mitad del rostro, forman parte del uniforme de estos jóvenes que recorren los pasillos de Tribunales con las zapatillas sin cordones, esposados y con la mirada perdida, esperando que uno de los dos jueces de Menores resuelva qué hará con ellos. Por sus reiteradas "caídas", como ellos dicen cada vez que son aprehendidos, saben qué será de su futuro.
"¿Tiene un cigarrillo maestro? ?Toy colgao?", disparó el adolescente al que pretendió entrevistar el periodista de LA GACETA. Detrás de él venía otro que apenas si pudo decir: "estamos jugados. Nos moqueamos, pero, bueno, necesitábamos plata para comprar pastillas y vino. Seguro que nos mandan al Roca".
Las estadísticas indican que sólo en el ámbito del Centro Judicial Capital unos 2.000 menores en está en conflicto con la ley. Siempre de acuerdo con la información oficial, en más del 50% de los delitos que se cometen son protagonistas.

Historias
Sus edades van desde los 11 hasta los 17 años. Generalmente, según confirmaron fuentes policiales, se reúnen en grupos en los barrios de la periferia como El Sifón, Antena, El Palomar, 11 de Marzo, Echeverría y Ejército Argentino, entre otros.
"Nos reuníamos con los changos a divertirnos. Algunos se drogan; otros no. ¿Qué toman? De todo, lo que pinte. Puede ser pegamento, marihuana, pastillas o cocaína. Depende de la guita que haya", señaló un adolescente que, desde que salió del Roca, después de haber estado en un centro de rehabilitación, jura que no consumió droga y dejó de ver a los chicos que, según sus propias palabras, "lo llevaron por un mal camino".
El menor, cuyo nombre no se publica por cuestiones legales, indicó: "cuando estás en esa vida no te importa nada. Uno está totalmente perdido y la droga es tu vida; por eso se roba. Hacés cualquier cosa, no existen códigos y vivís jugado".
La versión del adolescente se comprueba con un insólito pedido que realizó un padre desesperado. Este, desde la cárcel de Jujuy, donde se encuentra detenido por haber cometido varios asaltos, le imploró a uno de los jueces de Menores que hiciera algo con su hijo que, a pesar de que llevaba una bolsa de colectomía, continuaba cometiendo delitos. "Si usted no hace algo, lo terminarán matando", señaló el progenitor.
Antes de volver al calabozo de la Alcaidía de Tribunales, otro menor desnudó su desgarradora historia al periodista de LA GACETA. "Sé que mi vida es una mierda. Familia no tengo y en mi casa hay muchos bardos. Lo único que me queda es la calle y los amigos. Por lo menos, ahora comeré más seguido", señaló, riéndose, como si nada malo ocurriera.

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