Aquel 11 de setiembre

(De "La furia y el orgullo", por Oriana Fallaci, El Ateneo, Buenos Aires)

25 Septiembre 2002
"Estaba en casa, mi casa se halla en el centro de Manhattan, y alrededor de las nueve advertí la sensación de un peligro que quizá no me había alcanzado pero que me concernía. La sensación que tienes en la guerra o mejor en combate, cuando percibes a flor de piel la bala o el cohete que silba, entonces estiras las orejas y gritas a quien está cerca de ti: Down! Get down! ¡Al suelo! ¡Echate al suelo! La rechacé. No estaba en Vietnam, me dije, no estaba en una de las tantas y malditas guerras que desde mi niñez han atormentado mi vida. Estaba en Nueva York, por Dios, en una maravillosa mañana de setiembre: el 11 de septiembre de 2001. Sin embargo la sensación continuó poseyéndome, explicable; así, encendí el televisor: cosa que nunca hago por la mañana. Bien, el sonido no funcionaba. La imagen, sí. Y en todos los canales, aquí hay casi cien canales, veía una Torre del World Trade Center que desde el piso ochenta hasta la cima ardía como una gigantesca cerilla. ¿Un cortocircuito? ¿Una avioneta que se había estrellado? ¿O bien un acto de terrorismo bien planeado? Casi paralizada me hice las tres preguntas y, mientras me las hacía, en la pantalla apareció un avión. Blanco, grande. Un avión de línea. Volaba muy bajo, y volando muy bajo se dirigía hacia la segunda Torre como un bombardeo que apunta a su objetivo y se arroja sobre él. Entonces comprendí qué estaba pasando. Quiero decir: comprendí que se trataba de un avión kamikaze; que en la primera Torre había sucedido lo mismo. Y en ese mismo momento el sonido volvió, transmitiendo un coro de gritos salvajes. Repetidos, salvajes. God! Oh, God! God, God, Gooooooood! ¡Dios! ¡Oh, Dios! ¡Dios, Dios, Dioooooooos! Y el avión blanco se ensartó en la segunda Torre como un cuchillo que se ensarta en una barra de manteca.
Eran las nueve y tres minutos. Y no me preguntes qué sentí en ese momento o después. No lo sé, no lo recuerdo. Era un trozo de hielo. También mi cerebro era hielo. No recuerdo tampoco si algunas cosas las vi en la primera o en la segunda Torre. La gente que para no morir quemada viva se lanzaba por las ventanas de los pisos ochenta o noventa o cien, por ejemplo. Rompían los cristales de las ventanas, saltaban, se lanzaban al vacío como cuando saltamos de un avión en paracaídas... A docenas. Sí, a docenas. Y caían tan lentamente, tan lentamente... Caían agitando los brazos y las piernas, nadando en el aire... Sí, parecían nadar en el aire. Y no llegaban nunca. A la altura de los pisos treinta aceleraban. Comenzaban a gesticular desesperados, supongo que arrepentidos, como si gritase help -socorro-help... Y tal vez lo gritaban de verdad, supe después. En fin, caían al suelo y paf. Se rompían como copas de cristal. ¡Por Dios! Yo creía haber visto de todo en la guerra. Me consideraba vacunada por la guerra, y sustancialmente lo estoy. Nada me sorprende ya. Ni siquiera cuando me enfado, ni siquiera cuando me indigno. Pero en la guerra siempre he visto gente que muere porque la matan. Nunca he visto gente que muere matándose, arrojándose al vacío sin paracaídas, saltando por las ventanas de un octogésimo o nonagésimo o centésimo piso... Continuaron matándose así hasta que las dos Torres, la primera alrededor de las diez, la otra a las diez y media, se desplomaron y... Sabés, junto con la gente que muere porque la matan, en la guerra yo he visto siempre cosas que se derrumbaban porque estaban como una bomba. Pero las dos Torres no se derrumbaron de esa manera ni por esa razón. La primera implosionó se engulló a sí misma. La segunda se fundió, se derritió como una barra de manteca. Y todo ha ocurrido, o si me parecía, en un silencio sepulcral. ¿Posible? ¿Existía realmente aquel silencio o estaba dentro de mí?".

Tamaño texto
Comentarios