24 Septiembre 2002 Seguir en 
Hace 190 años, sobre una planicie despejada al sudoeste de la ciudad de Tucumán, se enfrentaron el ejército de los realistas y el ejército de los patriotas. El primero era más numeroso, estaba mejor armado y lo formaba tropa veterana. El segundo era inferior en armamento y número, y se había constituido con el apresurado refuerzo de paisanos de Tucumán, de Jujuy y de Salta. Sin embargo, el triunfo fue de los patriotas.
Sabemos que esa victoria resultó fundamental para la guerra independentista. De no haber ocurrido, los realistas hubieran llegado hasta Córdoba, y conectados con sus fuerzas en Montevideo hubieran podido aplastar la revolución en esta parte de América. Es decir que esa tarde de setiembre, en la más pequeña de las provincias argentinas, por decisión conjunta de Belgrano y del pueblo de Tucumán se jugó el destino de libertad del país.
Si de la historia es posible extraer, no digamos lecciones, sino algunas pistas y guías para el presente, hay que convenir que el episodio las ofrece con nitidez a los tucumanos de hoy. En efecto, constituyó una muestra de todo lo que puede lograr una comunidad, cuando no solamente la animan altos ideales, sino también la decisión de ganarlos a costa de esfuerzo y de sacrificio.
Esfuerzo y sacrificio de sobra pusieron nuestros antepasados en las semanas previas a esa jornada y en la jornada misma. Habitaban una provincia de economía rudimentaria, aislada de los centros comerciales por muchas leguas y pésimos caminos. Los vecinos poseedores de cierto caudal eran muy pocos, y la generalidad de la población vivía escasa y ajustada.
A pesar de todo eso, fueron capaces de unirse en un frente común para conseguir lo que les parecía de máximo valor en tales momentos: evitar que su tierra fuera ocupada por los dominadores.
Los documentos muestran con elocuencia que fue unánime la actitud de apoyo efectivo a Belgrano y a su fuerza. Nadie miró al costado en esos momentos críticos y, por el contrario, cada uno aportó lo que más podía. Esa actitud generalizada -a la que el pueblo creyente sumó la plegaria a la Virgen de La Merced- dio como resultado el triunfo de Campo de las Carreras. Una victoria tucumana y argentina, cuyo eco glorioso seguirá por siempre resonando en nuestro recuerdo y en nuestra gratitud.
La hora presente, a pesar del paso del tiempo y de la modificación absoluta del escenario, sigue requiriendo, nos parece, aquellas condiciones que hicieron posible el triunfo del 24 de setiembre de 1812: espíritu de renunciamiento y de sacrificio, acción solidaria dirigida hacia un propósito, y que ese propósito sea grande y noble, al margen de cualquier mezquindad. La historia de los pueblos ha demostrado, hasta el cansancio, que cuando se reúnen esos extremos es muy difícil que el resultado no sea exitoso.
Nuestra provincia, como nuestro país, se encuentran en una situación crítica y amenazados por dificultades de toda índole. La solución de muchas de ellas escapa a nuestras posibilidades. Pero sí hay otros muchos requerimientos que están a nuestro alcance y que bien podríamos llenar reiterando el generoso espíritu de entrega que animó a los tucumanos de hace dos siglos atrás.
Espíritu de entrega cuyas pautas enumeró el presidente de la Conferencia Episcopal Argentina ante una multitudinaria concurrencia, el sábado pasado. Hablamos de obtener el concurso de gente dotada de un profundo sentido ético, que sea capaz de trabajar y de sacrificarse resueltamente por el prójimo, y que para ello renuncie a todo lo que represente un interés personal y partidario. Solamente con ese material humano podremos empezar a salir del pozo en que nos hallamos. Conviene meditarlo.
Sabemos que esa victoria resultó fundamental para la guerra independentista. De no haber ocurrido, los realistas hubieran llegado hasta Córdoba, y conectados con sus fuerzas en Montevideo hubieran podido aplastar la revolución en esta parte de América. Es decir que esa tarde de setiembre, en la más pequeña de las provincias argentinas, por decisión conjunta de Belgrano y del pueblo de Tucumán se jugó el destino de libertad del país.
Si de la historia es posible extraer, no digamos lecciones, sino algunas pistas y guías para el presente, hay que convenir que el episodio las ofrece con nitidez a los tucumanos de hoy. En efecto, constituyó una muestra de todo lo que puede lograr una comunidad, cuando no solamente la animan altos ideales, sino también la decisión de ganarlos a costa de esfuerzo y de sacrificio.
Esfuerzo y sacrificio de sobra pusieron nuestros antepasados en las semanas previas a esa jornada y en la jornada misma. Habitaban una provincia de economía rudimentaria, aislada de los centros comerciales por muchas leguas y pésimos caminos. Los vecinos poseedores de cierto caudal eran muy pocos, y la generalidad de la población vivía escasa y ajustada.
A pesar de todo eso, fueron capaces de unirse en un frente común para conseguir lo que les parecía de máximo valor en tales momentos: evitar que su tierra fuera ocupada por los dominadores.
Los documentos muestran con elocuencia que fue unánime la actitud de apoyo efectivo a Belgrano y a su fuerza. Nadie miró al costado en esos momentos críticos y, por el contrario, cada uno aportó lo que más podía. Esa actitud generalizada -a la que el pueblo creyente sumó la plegaria a la Virgen de La Merced- dio como resultado el triunfo de Campo de las Carreras. Una victoria tucumana y argentina, cuyo eco glorioso seguirá por siempre resonando en nuestro recuerdo y en nuestra gratitud.
La hora presente, a pesar del paso del tiempo y de la modificación absoluta del escenario, sigue requiriendo, nos parece, aquellas condiciones que hicieron posible el triunfo del 24 de setiembre de 1812: espíritu de renunciamiento y de sacrificio, acción solidaria dirigida hacia un propósito, y que ese propósito sea grande y noble, al margen de cualquier mezquindad. La historia de los pueblos ha demostrado, hasta el cansancio, que cuando se reúnen esos extremos es muy difícil que el resultado no sea exitoso.
Nuestra provincia, como nuestro país, se encuentran en una situación crítica y amenazados por dificultades de toda índole. La solución de muchas de ellas escapa a nuestras posibilidades. Pero sí hay otros muchos requerimientos que están a nuestro alcance y que bien podríamos llenar reiterando el generoso espíritu de entrega que animó a los tucumanos de hace dos siglos atrás.
Espíritu de entrega cuyas pautas enumeró el presidente de la Conferencia Episcopal Argentina ante una multitudinaria concurrencia, el sábado pasado. Hablamos de obtener el concurso de gente dotada de un profundo sentido ético, que sea capaz de trabajar y de sacrificarse resueltamente por el prójimo, y que para ello renuncie a todo lo que represente un interés personal y partidario. Solamente con ese material humano podremos empezar a salir del pozo en que nos hallamos. Conviene meditarlo.





