23 Septiembre 2002 Seguir en 
"Un argumento de los ideólogos y funcionarios gubernamentales en América Latina es que la novedad sin precedentes de la globalización ha puesto punto final a los viejos paradigmas y modelos de políticas públicas y a las tradicionales formas de concebir la articulación entre Estado, Mercado y sociedad. Según lo expresan sus voceros más enfervorizados, el keynesianismo está muerto, al igual que el desarrollismo, esa criatura de Raúl Prebisch y la Comisión Económica para la América Latina, para ni hablar de la planificación central utilizada pro los regímenes socialistas. En el discurso de los intelectuales y técnicos adscriptos a la hegemonía del capital financiero internacional, el neoliberalismo se erige en la única alternativa. Fernando H. Cardoso sintetizó con su cartesiana claridad el nuevo sentido común de la época al decir que fuera de la globalización no hay salvación; dentro de la globalización no hay alternativas.
Sin embargo, pese a su luminosa brillantez, la expresión del presidente del Brasil no pasa de ser un ingenioso sofisma y, como tal, profundamente equivocado. En efecto, una mirada cuidadosa al proceso histórico demuestra que la globalización está lejos de ser una novedad en esta parte del mundo. Desde 1492, cuando se produjo su violenta incorporación a la expansiva economía-mundo mediante el descubrimiento y la conquista de América, los pueblos aborígenes de esta región padecieron en carne propia el carácter necesariamente global del capitalismo. Aprendieron también que en dicho sistema pueden coexistir, durante siglos, regímenes de esclavitud y servidumbre -como las que sobrevivieron en ciertas partes de América Latina y el Caribe hasta finales del pasado siglo- con formas altamente evolucionadas de organización capitalista de la producción. Y que, ante la debilidad de las respuestas políticas de los países de la periferia, la globalización puede causar estragos: en esta parte del mundo la primera ola globalizadora diezmó poblaciones, destruyó ciudades e imperios, exterminó pueblos enteros y aniquiló lenguas y culturas. No hay razones para suponer que la ola actual vaya a ser más benigna...(...)... Si la capacidad de anticipar y predecir cursos futuros de desenvolvimiento es un criterio básico para evaluar la cientificidad de las teorías, entonces la superioridad teórica del marxismo por sobre las teorías rivales de inspiración liberal es aplastante. El mundo que predecían no sólo Adam Smith y David Ricardo, con el atenuante de su mayor distanciamiento en relación con nuestra época, sino también el que pronosticaron los teóricos principales de la economía burguesa contemporáneos o posteriores a Marx, como Marshall, Walras y Jevons, tiene poco que ver con lo que efectivamente conocimos. El optimismo que estos depositaban en los efectos ni veladores e igualitaristas de los mercados fue rotundamente desmentido por los hechos. El mundo de hoy, y no sólo la economía sino también la sociedad y la cultura, se parece mucho más al que anticiparan Marx y Engels en el Manifiesto que a cualquier otra teoría. ¿Qué significa todo esto? Que la retórica de la globalización -o quizás su intencionada mitologización- distorsiona severamente los hechos al presentar lo que es una tendencia intrínseca y secular del modo de producción capitalista como si fuera un momentáneo e inesperado resultado".
Sin embargo, pese a su luminosa brillantez, la expresión del presidente del Brasil no pasa de ser un ingenioso sofisma y, como tal, profundamente equivocado. En efecto, una mirada cuidadosa al proceso histórico demuestra que la globalización está lejos de ser una novedad en esta parte del mundo. Desde 1492, cuando se produjo su violenta incorporación a la expansiva economía-mundo mediante el descubrimiento y la conquista de América, los pueblos aborígenes de esta región padecieron en carne propia el carácter necesariamente global del capitalismo. Aprendieron también que en dicho sistema pueden coexistir, durante siglos, regímenes de esclavitud y servidumbre -como las que sobrevivieron en ciertas partes de América Latina y el Caribe hasta finales del pasado siglo- con formas altamente evolucionadas de organización capitalista de la producción. Y que, ante la debilidad de las respuestas políticas de los países de la periferia, la globalización puede causar estragos: en esta parte del mundo la primera ola globalizadora diezmó poblaciones, destruyó ciudades e imperios, exterminó pueblos enteros y aniquiló lenguas y culturas. No hay razones para suponer que la ola actual vaya a ser más benigna...(...)... Si la capacidad de anticipar y predecir cursos futuros de desenvolvimiento es un criterio básico para evaluar la cientificidad de las teorías, entonces la superioridad teórica del marxismo por sobre las teorías rivales de inspiración liberal es aplastante. El mundo que predecían no sólo Adam Smith y David Ricardo, con el atenuante de su mayor distanciamiento en relación con nuestra época, sino también el que pronosticaron los teóricos principales de la economía burguesa contemporáneos o posteriores a Marx, como Marshall, Walras y Jevons, tiene poco que ver con lo que efectivamente conocimos. El optimismo que estos depositaban en los efectos ni veladores e igualitaristas de los mercados fue rotundamente desmentido por los hechos. El mundo de hoy, y no sólo la economía sino también la sociedad y la cultura, se parece mucho más al que anticiparan Marx y Engels en el Manifiesto que a cualquier otra teoría. ¿Qué significa todo esto? Que la retórica de la globalización -o quizás su intencionada mitologización- distorsiona severamente los hechos al presentar lo que es una tendencia intrínseca y secular del modo de producción capitalista como si fuera un momentáneo e inesperado resultado".





