23 Septiembre 2002 Seguir en 
Como lo informamos, una enorme concurrencia escuchó y aplaudió entusiasmada, en nuestra ciudad, la disertación del presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, monseñor Estanislao Karlic. Esta se desarrolló en el marco de la Jornada "Etica y vida social. Reconstruyamos la Nación desde sus bases morales más profundas", organizada por la Pastoral Social Arquidiocesana. El prelado señaló como reconfortante el hecho de que más de un millar de tucumanos hayan participado de ese evento, ya que ello demuestra la existencia de una voluntad cierta de cambio, destinada a tener "un efecto multiplicador en la sociedad".
Resulta ilustrativo comentar brevemente algunos conceptos vertidos en la conferencia y en la conversación de monseñor Karlic con LA GACETA. El titular de la cúpula del Episcopado puso énfasis en el concepto de bien común, como único justificativo racional de la política y de quienes la practican. Insistió en que el ser humano tiene la misión de transformar al mundo, y que corresponde que posea un camino digno para hacerlo y para realizarse, a través del trabajo, cuyas fuentes deben crearse a toda costa. Pero aclaró que se trata del trabajo verdadero y no de la producción del asistencialismo y de las dádivas, que no son caminos aptos para que el hombre adquiera conciencia de su dignidad, disfrute de la vida y sea capaz de caminar hacia su destino.
En su concepto, la gran tarea de todos es la edificación de "una nueva Argentina", como lo marcan los duros tiempos que estamos viviendo, y que podrán ser más duros aún. Para aquella acción, lo que resulta fundamental es obtener el renunciamiento a los "intereses personales y partidarios", por parte de quienes cargan la responsabilidad de conducir a la Argentina en estas horas críticas. Sólo de esa manera, piensa, podrán ponerse en marcha las medidas "drásticas y urgentes" que permitan arribar al "bien común, la justicia, la amistad social y la solidaridad".
Esta cuestión, advirtió monseñor Karlic, no atañe solamente a los políticos, sino que exige la activa participación de todo el pueblo argentino. Reclamó, como una necesidad premiosa, la presencia de personas que tengan capacidad de trabajar y de sacrificarse por su prójimo. Se trata de que exista un auténtico mensaje desde arriba, que encarne verdaderamente la ética, para que pueda ser cabalmente recibido desde abajo. "La universalidad del mensaje del político convencerá al pueblo, en la medida en que esté dispuesto a darse a ese ministerio", expresó. No es la primera vez que desde el máximo nivel de la Iglesia Católica se formula esta clase de reflexiones sobre la actualidad nacional, y parece cada vez más necesario escucharlas. La crisis de la Argentina, singularizada tanto por su intensidad como por su amplitud y su permanencia, tiene entre sus causas más fuertes la pérdida del sentido moral. La búsqueda del bienestar material ha ido esfumando otros valores a los que una sociedad debe prestar vigilante atención en todo momento.
Entre ellos, el sentido ético de la vida y la noción de que todos tenemos una responsabilidad hacia nuestros semejantes, resultan claramente básicos. Ninguna comunidad puede lograr consistencia y aspirar al progreso social si se desatienden tales puntos. Y, lo que no es menos grave, si ellos no se transmiten a las generaciones jóvenes, en las que todos fincamos la responsabilidad del futuro.
Bien está que, a menudo y con insistencia, voces autorizadas -como sin duda lo es la de monseñor Estanislao Karlic- pongan tales cuestiones sobre el tapete. La reconstrucción del país, que todos sentimos como urgente, no será posible si sus habitantes -tanto los políticos como el resto de las personas- no vuelven la mirada hacia su interior y revisan auténticamente los valores con los cuales se están manejando. Es una operación que conviene realizar con urgencia.
Resulta ilustrativo comentar brevemente algunos conceptos vertidos en la conferencia y en la conversación de monseñor Karlic con LA GACETA. El titular de la cúpula del Episcopado puso énfasis en el concepto de bien común, como único justificativo racional de la política y de quienes la practican. Insistió en que el ser humano tiene la misión de transformar al mundo, y que corresponde que posea un camino digno para hacerlo y para realizarse, a través del trabajo, cuyas fuentes deben crearse a toda costa. Pero aclaró que se trata del trabajo verdadero y no de la producción del asistencialismo y de las dádivas, que no son caminos aptos para que el hombre adquiera conciencia de su dignidad, disfrute de la vida y sea capaz de caminar hacia su destino.
En su concepto, la gran tarea de todos es la edificación de "una nueva Argentina", como lo marcan los duros tiempos que estamos viviendo, y que podrán ser más duros aún. Para aquella acción, lo que resulta fundamental es obtener el renunciamiento a los "intereses personales y partidarios", por parte de quienes cargan la responsabilidad de conducir a la Argentina en estas horas críticas. Sólo de esa manera, piensa, podrán ponerse en marcha las medidas "drásticas y urgentes" que permitan arribar al "bien común, la justicia, la amistad social y la solidaridad".
Esta cuestión, advirtió monseñor Karlic, no atañe solamente a los políticos, sino que exige la activa participación de todo el pueblo argentino. Reclamó, como una necesidad premiosa, la presencia de personas que tengan capacidad de trabajar y de sacrificarse por su prójimo. Se trata de que exista un auténtico mensaje desde arriba, que encarne verdaderamente la ética, para que pueda ser cabalmente recibido desde abajo. "La universalidad del mensaje del político convencerá al pueblo, en la medida en que esté dispuesto a darse a ese ministerio", expresó. No es la primera vez que desde el máximo nivel de la Iglesia Católica se formula esta clase de reflexiones sobre la actualidad nacional, y parece cada vez más necesario escucharlas. La crisis de la Argentina, singularizada tanto por su intensidad como por su amplitud y su permanencia, tiene entre sus causas más fuertes la pérdida del sentido moral. La búsqueda del bienestar material ha ido esfumando otros valores a los que una sociedad debe prestar vigilante atención en todo momento.
Entre ellos, el sentido ético de la vida y la noción de que todos tenemos una responsabilidad hacia nuestros semejantes, resultan claramente básicos. Ninguna comunidad puede lograr consistencia y aspirar al progreso social si se desatienden tales puntos. Y, lo que no es menos grave, si ellos no se transmiten a las generaciones jóvenes, en las que todos fincamos la responsabilidad del futuro.
Bien está que, a menudo y con insistencia, voces autorizadas -como sin duda lo es la de monseñor Estanislao Karlic- pongan tales cuestiones sobre el tapete. La reconstrucción del país, que todos sentimos como urgente, no será posible si sus habitantes -tanto los políticos como el resto de las personas- no vuelven la mirada hacia su interior y revisan auténticamente los valores con los cuales se están manejando. Es una operación que conviene realizar con urgencia.





