06 Noviembre 2006 Seguir en 
Después de todo, cuando llegó la hora final, Saddam Hussein se paró, con las piernas temblorosas, a escuchar su veredicto. Pero cuando escuchó su sentencia a la horca, volvió el viejo y desafiante Saddam gritando: “¡Que caigan los invasores! Allahu Akbar! (Dios es grande)”, antes de ser llevado por los guardias.
“La corte decidió sentenciar a a muerte a Saddam Hussein al-Majid en la horca, por crímenes contra la humanidad”, dijo el juez Abdul Rahman en un juicio histórico, poniendo fin a un proceso que agrega un nuevo capítulo al desarrollo del derecho en casos de crímenes de guerra desde que los líderes nazis fueron enjuiciados en Nurenberg hace 60 años.
Encerrados por el toque de queda dispuesto para prevenir represalias de leales a Saddam, los iraquíes esperaron con ansiedad el veredicto contra su ex líder, que fue llevado, solo y tranquilo, a enfrentar el juicio.
Una vez que se anunció el fallo en la sala fuertemente asegurada -una ex oficina palaciega del partido Baath de Saddam-, la alegría irrumpió entre los chiítas, y el resentimiento, entre los sunitas, un signo ominoso de las pasiones sectarias que dividen a Irak.
Saddam, que significa “aquel que confronta” en árabe, ya había sido sentenciado a muerte, en ausencia, como militante clandestino en 1959, 10 años antes de que usara sus habilidades de combatiente para liderar el golpe de estado de 1968 con su partido Baath. Derrocado por el poderío del ejército de Estados Unidos en 2003, el ex hombre fuerte, que disfrutaba de brindar espectáculos que lo tenían a él mismo nadando en ríos y disparando al aire durante desfiles militares, podría tener que pagar esta vez.
Ayer, la imagen fue distinta: apareció con barba y sin corbata, con un traje negro y sosteniendo un Corán, como evocando sus orígenes humildes.
“La corte decidió sentenciar a a muerte a Saddam Hussein al-Majid en la horca, por crímenes contra la humanidad”, dijo el juez Abdul Rahman en un juicio histórico, poniendo fin a un proceso que agrega un nuevo capítulo al desarrollo del derecho en casos de crímenes de guerra desde que los líderes nazis fueron enjuiciados en Nurenberg hace 60 años.
Encerrados por el toque de queda dispuesto para prevenir represalias de leales a Saddam, los iraquíes esperaron con ansiedad el veredicto contra su ex líder, que fue llevado, solo y tranquilo, a enfrentar el juicio.
Una vez que se anunció el fallo en la sala fuertemente asegurada -una ex oficina palaciega del partido Baath de Saddam-, la alegría irrumpió entre los chiítas, y el resentimiento, entre los sunitas, un signo ominoso de las pasiones sectarias que dividen a Irak.
Saddam, que significa “aquel que confronta” en árabe, ya había sido sentenciado a muerte, en ausencia, como militante clandestino en 1959, 10 años antes de que usara sus habilidades de combatiente para liderar el golpe de estado de 1968 con su partido Baath. Derrocado por el poderío del ejército de Estados Unidos en 2003, el ex hombre fuerte, que disfrutaba de brindar espectáculos que lo tenían a él mismo nadando en ríos y disparando al aire durante desfiles militares, podría tener que pagar esta vez.
Ayer, la imagen fue distinta: apareció con barba y sin corbata, con un traje negro y sosteniendo un Corán, como evocando sus orígenes humildes.







