La dirigencia no tiene soluciones

Ya se analiza quién será el sucesor de Miranda.

22 Septiembre 2002
La pelea es por el reparto de lo poco que hay en Tucumán. Como las instituciones no funcionan, los liderazgos se perdieron y los sectores se sienten desprotegidos, todos luchan contra todos.Los consensos no existen y cada sector se maneja bajo a óptica de sus propios intereses, con sospechas mutuas y egoísmo.
Empobrecida por el desaire financiero de Duhalde (similar al que el Presidente sufre del FMI), la provincia apela a la presión impositiva. Si emite más Bocade sólo contribuirá a potenciar la crisis en la actividad privada, porque el Estado todavía no se entera que el Titanic se va a pique y no asume la realidad.
Cuando el fisco no se redimensiona, ajustan las empresas, con menores inversiones, más despidos y bajas de sueldos. A los políticos les encanta gastar y los empresarios detestan pagar impuestos.
El sector privado no confía en el manejo gubernamental de los fondos públicos. Tiene las mismas dudas que los EE.UU. exteriorizan sobre la Argentina, acerca del destino incierto que tiene la recaudación, aunque apunte a objetivos solidarios.
Los exportadores que sellaron operaciones rentables están dispuestos a colaborar, pero no con este gobierno, sino con fundaciones, para que la plata no se filtre. Son conscientes de que en la catástrofe producida en la economía, a causa de la devaluación, se beneficiaron hasta niveles envidiables, pero no están dispuestos a financiar la ineficiencia y el derroche político.
El PBI tucumano no da para excentricidades impositivas. Los tucumanos pretenden disfrutar de la calidad de vida de Suiza y pagar tributos como los afganos.
La economía real muestra una generalizada depresión. Las ventas y las cobranzas se desplomaron, y todo es más caro en Tucumán a causa de la maligna presencia de los Bocade.
El debilitamiento del mirandismo produce efectos perniciosos sobre su credibilidad entre los empresarios. Ya saben que Miranda se irá y por eso les interesa otear hacia los posibles sucesores, para adivinar con anticipación quién será el heredero de la tempestad y quiénes son los que pueden ir presos.Mientras la economía y la calidad de vida se deterioran, a medida que Tucumán retrocede hacia el pasado, se toma conciencia de que la dirigencia tradicional no tiene nivel para enfrentar la coyuntura. Los dirigentes apenas están preparados para disfrutar de sus bien pagados cargos en tiempos normales, pero no tienen condiciones para superar las grave crisis, en la que los tucumanos son cada vez más pobres.
Cuando hasta los sistemas más simples de convivencia y de comportamiento social no funcionan, es un síntoma de que la sociedad está enferma y que la provincia se aleja del mundo.
La gente se va acostumbrando a vivir en medio de la mugre. Se resigna a perder posiciones. A aceptar que las cosas no funcionen, que los poderosos se lleven con impunidad la mejor parte, que nadie defienda a los débiles, que los contratos se violen, que los derechos de propiedad sean vulnerados con desprecio. Da la impresión que se desploman hasta los mecanismos que eran normales para que la sociedad pueda funcionar en orden. No hay que conformarse y tolerar lo irregular, lo más barato, lo trucho, la falta de instituciones previsibles.
El desmoronamiento de este mundo real da lugar a una tragedia social que tienen que ser derrotada. La reconstrucción estará en manos del gobierno que viene, que puede sacar a Tucumán del abatimiento, los sufrimientos y la resignación. Los empresarios dicen que para lograrlo son imprescindibles tres cosas: un líder, un plan y crear la ilusión de que el futuro será mejor.

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