05 Noviembre 2006 Seguir en 
El unipersonal no es para cualquier actor por más que esté dotado de excelentes cualidades técnicas. En el escenario o en el espacio, sólo él recibe los aplausos, pero también, sólo él los abucheos o los bostezos. Y a pesar de que varios dan por superado el famoso pánico escénico, hay que preguntarle a Alfredo Alcón, por qué abandonó el proyecto de representar al rey Lear, que terminó en manos de Alejandro Urdapilleta. Para algunos, un objeto o un dispositivo escénico, sirven como verdaderos compañeros de elenco, y depositan allí toda la atención y concentración. Uno puede hacer como si el público no existiera, pero en este caso, no habrá la menor interacción con el espectador; o recurrir a un relato en el que se interpretan a distintos personajes y facilitar de este modo la actuación; los mecanismos son diversos. Protagonizar un unipersonal exige tanto compromiso que uno podría sostener que en ellos, el actor en lugar de representar, presenta. Es cierto que a veces se acude al género por razones presupuestarias, pero también es verdad que hay una dramaturgia específica, concebida para esa obra. Tal vez, sea el género unipersonal, donde con mayor fuerza se cumple aquello de que el teatro es el actor, su acción y la relación con el espectador. Y donde queda más claro el dominio de las técnicas de actuación.







