Clérigos de la Revolución

(Del prólogo de Natalio Botana a "Los curas de la Revolución. Vida de eclesiásticos en los comienzos de la Nación", por varios autores, Emecé, Buenos Aires).

21 Septiembre 2002
"Este conjunto de ensayos biográficos acerca de once clérigos inmersos en el proceso revolucionario de la Independencia, tiene la peculiaridad (cuando no el encanto) de recortar, a ojos del lector contemporáneo, un atractivo aspecto de la historia que, durante casi tres décadas, se desarrolló a partir de 1810 en el turbulento escenario del antiguo Virreinato del Río de la Plata. Como hubiese deseado Groussac, el enfoque adoptado ha tenido la feliz ocurrencia de llamar a nueva vida a unas figuras que pretendieron representar un papel fundador de instituciones y tradiciones republicanas. El acto de pretender algo merece ser subrayado: no siempre, de hecho casi nunca, las cosas tuvieron para ellos el efecto deseado.
Desde luego, las diferencias que surgen de esta galería de personajes son tan evidentes como el hilo conductor que los aproxima. La revolución fue construyendo esas diferencias, pero lo que ninguno de esos sujetos pudo eludir, en el decurso de tormentosos itinerarios, fue la marca de su origen. Todos ellos, en efecto, son clérigos que adquirieron la mejor de las educaciones posibles en aquel antiguo régimen súbitamente modificado por obra de las reformas de Carlos III. Vale la pena presentarlos por orden cronológico. Gregorio Funes, el más viejo, nació en 1749; Juan Ignacio Gorriti, en 1766; Mariano Medrano, en 1767; Diego Estanislao Zavaleta, en 1768; Fray Justo Santa María de Oro, en 1772; José Valentín Gómez, en 1774; Julián Segundo de Agüero y Francisco de Paula Castañeda, en 1776; Pedro Ignacio de Castro Barros, en 1777; Antonio Sáenz, en 1780 y Eusebio Agüero en 1791.
Como hemos apuntado más arriba, y con la excepción de algún caso aislado, no parece que la fortuna haya coronado la empresa de estos clérigos. Sin embargo, la exposición de estas semblanzas arroja el saldo de una trama que reúne, a modo de un haz de interrogantes, el despertar de la revolución, los intentos fallidos de levantar en medio de esa fractura un orden constitucional deseable y el impacto que, sobre aquella realidad plagada de proyectos, tuvieron las ideas y creencias entonces vigentes.
El atractivo que proviene de ese cruce de caminos refleja, en el plano de la historia intelectual, una yuxtaposición de lenguajes y discursos, donde coexisten en tensión dos corrientes aparentemente opuestas. Por un lado, el legado colonial de las teorías católicas que se fraguaron en torno de la autoridad y la obediencia legítima con sus raíces aristotélicas, monásticas y escolásticas; por otro, la novedad ascendente del pensamiento ilustrado, anterior y contemporáneo a la gran eclosión política y social de finales del siglo XVIII. Lo curioso de dicha circunstancia es que este choque, a primera vista contradictorio, lejos de provocar una ruptura entre un restaurador legitimismo católico y una visión revolucionaria dispuesta a rehacer el mundo sobre nuevas bases, inspira en la mayoría de estos personajes una tarea anclada al mismo tiempo en el cambio y en la continuidad.
El cambio residía en el hecho contundente de una revolución que había que contener y reencauzar hacia nuevas metas; la continuidad, por su parte, se engarzaba con la secreta ambición de vaciar en moldes republicanos un orden en el cual una cauta aplicación de los derechos individuales y los derechos de los pueblos se conciliaran con el desarrollo del concepto, ya probado con tintes polémicos en Europa, de la soberanía nacional. Y todo esto giraba al ritmo de círculos concéntricos".

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