20 Septiembre 2002 Seguir en 
El ministro del Interior ha manifestado que algunas opiniones de funcionarios del Fondo Monetario, a propósito de las negociaciones de un acuerdo contingente con el Gobierno nacional, "llenan de hartazgo hasta a los más pacientes". Hace ya un tiempo que la complejidad de estas tratativas ha provocado entre algunos de sus responsables un lenguaje adicional impropio de su trascendencia, y en el que las indiscreciones son un factor más de perturbación agregado a las dificultades específicas que las prolongan indefinidamente. En la misma oportunidad, Jorge Matzkin se quejó igualmente por "la falta de solidaridad internacional con la Argentina desde hace nueve meses", es decir, desde el vertiginoso cambio de gobiernos que siguió a la interrumpida administración de la Alianza.
Si no fuera porque el ministro pudo haberse sentido nervioso a causa de una declaración -imprudente por su estilo- de la subdirectora del organismo internacional, Anne Krueger, podría decirse que incurrió en una omisión injustificable de todo lo ocurrido en el país, comenzando por el ruidoso festejo con que tantos legisladores recibieron, de otro fugaz presidente, la declaración de insolvencia ante la deuda pública. Esa realidad, más la persistente incertidumbre sobre lo que se proponen fundamentalmente como políticas de Estado los precandidatos presidenciales con más presencia en las magras encuestas de opinión, constituyen, como es notorio, la causa primaria de que aquella funcionaria internacional haya advertido que tan sólo podrá haber un programa de transición durante el actual Gobierno.
Para la señora Krueger, el caso de Brasil -que cuenta ya con un compromiso de ayuda por 30.000 millones de dólares y tendrá elecciones el mes próximo- es diferente, pues cuenta con una política macroeconómica clara y otras condiciones confiables, además de haber asegurado sus más importantes candidatos el respeto ulterior del acuerdo con el Fondo.
El aspirante del Partido de los Trabajadores, que encabeza ampliamente las encuestas, Luiz Inacio Lula da Silva, ha dicho, inclusive, que no le gustan los endeudamientos con organismos internacionales, como tampoco ir al dentista, aunque a veces deba hacerse.
Como se advierte nuevamente, el sentimiento brasileño del destino manifiesto supera en los momentos difíciles los antagonismos que conducen, generalmente, a frustrantes populismo demagógicos.
Hace también nueve meses que los argentinos hemos comenzado a soportar los efectos de un aislamiento internacional creciente, como el propio presidente Duhalde pudo advertir y reconoció a pocas semanas de asumir, tras sus visitas a España y a Italia, dos naciones entrañablemente unidas a la nuestra por sangre e intereses. Ni siquiera esa realidad, al parecer, es suficiente para que quienes pretenden gobernar a la República depongan mezquindades, vicios políticos y sectarismos, que han provocado su degradación y la amenaza de exclusión de la comunidad internacional más progresista.
No se trata -se ha sostenido en este lugar repetidamente- de aceptar imposiciones sobre los intereses generales del país, sino y precisamente de preservar los mismos bajo la presión de una cultura histórica ineludible que exige crecer en el mundo y con él, haciendo escuela del pasado, pero sin el reconocido error de repetirlo.
Si no fuera porque el ministro pudo haberse sentido nervioso a causa de una declaración -imprudente por su estilo- de la subdirectora del organismo internacional, Anne Krueger, podría decirse que incurrió en una omisión injustificable de todo lo ocurrido en el país, comenzando por el ruidoso festejo con que tantos legisladores recibieron, de otro fugaz presidente, la declaración de insolvencia ante la deuda pública. Esa realidad, más la persistente incertidumbre sobre lo que se proponen fundamentalmente como políticas de Estado los precandidatos presidenciales con más presencia en las magras encuestas de opinión, constituyen, como es notorio, la causa primaria de que aquella funcionaria internacional haya advertido que tan sólo podrá haber un programa de transición durante el actual Gobierno.
Para la señora Krueger, el caso de Brasil -que cuenta ya con un compromiso de ayuda por 30.000 millones de dólares y tendrá elecciones el mes próximo- es diferente, pues cuenta con una política macroeconómica clara y otras condiciones confiables, además de haber asegurado sus más importantes candidatos el respeto ulterior del acuerdo con el Fondo.
El aspirante del Partido de los Trabajadores, que encabeza ampliamente las encuestas, Luiz Inacio Lula da Silva, ha dicho, inclusive, que no le gustan los endeudamientos con organismos internacionales, como tampoco ir al dentista, aunque a veces deba hacerse.
Como se advierte nuevamente, el sentimiento brasileño del destino manifiesto supera en los momentos difíciles los antagonismos que conducen, generalmente, a frustrantes populismo demagógicos.
Hace también nueve meses que los argentinos hemos comenzado a soportar los efectos de un aislamiento internacional creciente, como el propio presidente Duhalde pudo advertir y reconoció a pocas semanas de asumir, tras sus visitas a España y a Italia, dos naciones entrañablemente unidas a la nuestra por sangre e intereses. Ni siquiera esa realidad, al parecer, es suficiente para que quienes pretenden gobernar a la República depongan mezquindades, vicios políticos y sectarismos, que han provocado su degradación y la amenaza de exclusión de la comunidad internacional más progresista.
No se trata -se ha sostenido en este lugar repetidamente- de aceptar imposiciones sobre los intereses generales del país, sino y precisamente de preservar los mismos bajo la presión de una cultura histórica ineludible que exige crecer en el mundo y con él, haciendo escuela del pasado, pero sin el reconocido error de repetirlo.





