19 Septiembre 2002 Seguir en 
No parecería necesario recordar la importancia clave que el Senado de la Nación tiene dentro de nuestra organización constitucional. Es la denominada "Cámara Alta" del Congreso, en la que están representadas por igual todas las provincias y la Capital Federal. Al diseñar el Senado en su célebre proyecto, Juan Bautista Alberdi expresaba que mientras la Cámara de Diputados sería "eco de las provincias", la de Senadores sería "eco de la Nación", para formar, con la suma de ambas, "un Congreso federativo y nacional a la vez, cuyas leyes serán la obra combinada de cada provincia en particular y de todas en general". Fue, como sabemos, el criterio que siguieron los constituyentes de 1853.
Desde sus lejanos comienzos, rodeó al Senado de la Nación un especial prestigio. Solía denominarse "Padres de la Patria" a los integrantes de este cuerpo que, por encima de nuestros sobresaltos institucionales, cumplió aquel relevante papel de "eco de la Nación" que le había adjudicado explícitamente el doctor Alberdi en las "Bases".
Pero, lamentablemente, en estos últimos años ha sufrido un proceso de descrédito alarmante, que no sólo persiste sino que se ahonda. Fresca está en la memoria de todos la imputación de los sobornos para votar la ley de reforma laboral, imputación que nunca fue totalmente aclarada. Esas versiones han renacido estos últimos días, a propósito del proyecto de gravamen a las comisiones bancarias.
Han sumado asimismo desprestigio al cuerpo, su dilación para tratar el proyecto derogatorio de las jubilaciones de privilegio, o la denuncia -hecha por su presidente- de fraudes del orden de los 3 millones de dólares que se habrían consumado en la imprenta del Senado.
Ahora, como si no fuera suficiente, acaba de ocupar primeras planas de la prensa nacional, la información de un doble discurso de los miembros de la Cámara Alta. Habían eliminado de sus dietas 1.200 pesos mensuales por "gastos de vehículos", para dar muestras de sensibilidad ante los apuros del Tesoro público. Pero se ha sabido que, en realidad, simultáneamente con aquella quita habían establecido, por la misma cifra, un adicional "por desarraigo" en sus dietas. Tal medida se habría mantenido oculta por cinco meses, hasta que la curiosidad periodística la detectó.
Está de más decir que la referida maniobra no hace sino indicar, a la opinión pública, cuán distante parece estar el actual Senado de esa condición de "eco de la Nación" que le fijaba Alberdi. Justamente, en estos momentos la Nación se halla envuelta en una crisis económica y social que carece de precedentes en la historia, por su hondura y su permanencia, y que reclama una drástica disminución del gasto público en todos los órdenes. El Senado pareciera no haberse apercibido de tal requerimiento, a juzgar por las actitudes que describimos, y que más parecen una burla al público que otra cosa.Obvio es decir que no son esos los caminos por los cuales podrá el Senado de la Nación recomponer la deplorable imagen que hoy exhibe ante una ciudadanía empobrecida, cansada y exasperada, que no se siente representada por quienes conducen los órganos del Estado.
Nos parece que es urgente modificar esta situación, que conspira contra la democracia en los momentos en que resulta más necesario que nunca asegurar su pleno y cabal funcionamiento. Debe el Senado de la Nación realizar los máximos esfuerzos para que la opinión pública argentina vuelva a confiar en la probidad de sus integrantes y en la sabiduría de sus decisiones. La transparencia en todos los actos de los senadores, la máxima austeridad en el gasto y la máxima laboriosidad en su tarea específica de legislar serán, sin duda, las únicas vías por las cuales puede empezar a cambiar la triste imagen actual de la Cámara Alta del Congreso.
Desde sus lejanos comienzos, rodeó al Senado de la Nación un especial prestigio. Solía denominarse "Padres de la Patria" a los integrantes de este cuerpo que, por encima de nuestros sobresaltos institucionales, cumplió aquel relevante papel de "eco de la Nación" que le había adjudicado explícitamente el doctor Alberdi en las "Bases".
Pero, lamentablemente, en estos últimos años ha sufrido un proceso de descrédito alarmante, que no sólo persiste sino que se ahonda. Fresca está en la memoria de todos la imputación de los sobornos para votar la ley de reforma laboral, imputación que nunca fue totalmente aclarada. Esas versiones han renacido estos últimos días, a propósito del proyecto de gravamen a las comisiones bancarias.
Han sumado asimismo desprestigio al cuerpo, su dilación para tratar el proyecto derogatorio de las jubilaciones de privilegio, o la denuncia -hecha por su presidente- de fraudes del orden de los 3 millones de dólares que se habrían consumado en la imprenta del Senado.
Ahora, como si no fuera suficiente, acaba de ocupar primeras planas de la prensa nacional, la información de un doble discurso de los miembros de la Cámara Alta. Habían eliminado de sus dietas 1.200 pesos mensuales por "gastos de vehículos", para dar muestras de sensibilidad ante los apuros del Tesoro público. Pero se ha sabido que, en realidad, simultáneamente con aquella quita habían establecido, por la misma cifra, un adicional "por desarraigo" en sus dietas. Tal medida se habría mantenido oculta por cinco meses, hasta que la curiosidad periodística la detectó.
Está de más decir que la referida maniobra no hace sino indicar, a la opinión pública, cuán distante parece estar el actual Senado de esa condición de "eco de la Nación" que le fijaba Alberdi. Justamente, en estos momentos la Nación se halla envuelta en una crisis económica y social que carece de precedentes en la historia, por su hondura y su permanencia, y que reclama una drástica disminución del gasto público en todos los órdenes. El Senado pareciera no haberse apercibido de tal requerimiento, a juzgar por las actitudes que describimos, y que más parecen una burla al público que otra cosa.Obvio es decir que no son esos los caminos por los cuales podrá el Senado de la Nación recomponer la deplorable imagen que hoy exhibe ante una ciudadanía empobrecida, cansada y exasperada, que no se siente representada por quienes conducen los órganos del Estado.
Nos parece que es urgente modificar esta situación, que conspira contra la democracia en los momentos en que resulta más necesario que nunca asegurar su pleno y cabal funcionamiento. Debe el Senado de la Nación realizar los máximos esfuerzos para que la opinión pública argentina vuelva a confiar en la probidad de sus integrantes y en la sabiduría de sus decisiones. La transparencia en todos los actos de los senadores, la máxima austeridad en el gasto y la máxima laboriosidad en su tarea específica de legislar serán, sin duda, las únicas vías por las cuales puede empezar a cambiar la triste imagen actual de la Cámara Alta del Congreso.





