Cuando el ruido se transforma en música

El grupo El Choque Urbano pasó por Tucumán con su parábola del poder, construida con el sonido surgido de instrumentos no tradicionales y mucho humor. Tachos y ollas.

MALAMBO. Sin amplificadores, y al mejor estilo del grupo Stomp de EE.UU., El Choque sacudió a los tucumanos con el sonido de las pelotas y el taconeo.  LA GACETA / FOTOS DE FRANCO VERA
MALAMBO. Sin amplificadores, y al mejor estilo del grupo Stomp de EE.UU., El Choque sacudió a los tucumanos con el sonido de las pelotas y el taconeo. LA GACETA / FOTOS DE FRANCO VERA
18 Octubre 2006
La fábrica de sonidos se puso en marcha y parecía una locomotora difícil de detener; contagia al público de tal manera que muchos salieron del teatro Alberdi chasqueando los dedos o golpeando las palmas contra los muslos.
Los tachos y las latas, batidos con palos y manos, abrieron el lunes a la noche el show del grupo El Choque Urbano en Tucumán. Y deslumbran porque parece difícil que el ruido que hacen todos esos objetos pueda ser armonizado y coordinado entre las 10 personas que los ejecutan.
Pero no sólo música tiene el espectáculo. La teatralidad de los artistas sobre el escenario va estructurando un relato lineal que gira alrededor del poder y del autoritarismo, representado por un megáfono de latón. Todo, sonido y escenificación, está cargado con mucho humor. La puesta, marcada por el vértigo del sonido y del movimiento sobre el escenario, por momentos se tranquiliza (especialmente en las partes teatralizadas y sin música, aunque el grupo apuesta también al silencio como cómplice de la producción). Pero vuelve a subir de volumen, a agitar al público y a levantar aplausos aún cuando no corresponde.
Así ocurre con el malambo, que interpretan haciendo picar pelotas de básquet en el piso, o cuando juegan con una pelota inflable grande, que va y viene del escenario a las plateas.
Estos músicos-actores no sólo necesitan tachos o palos para hacer música, sino que además se valen de las manos, a modo de los juegos de palmadas de las niñas; o de los sonidos que provocan con la boca, cortando el aire con las palmas. También son acróbatas. Además de jugar con pelotas, tirar palos al aire o andar en una extraña bicicleta llena de cornetas plásticas, tenían dos estructuras metálicas (hechas en partes con viejas camas de caño), que giraban sobre sus ruedas para ir mostrándole al público alguna novedad sonora.
Pero, sin dudas, una de las más impactantes fue la interpretación de música electrónica (sin enchufes, claro), con largos caños de PVC golpeados desde arriba (a más de tres metros de altura) con planchas de goma.
Hicieron música con bolsas plásticas, con diarios enrollados, con sartenes, con ollitas, con baldes... pero es con las tapas de las cacerolas que el poder autoritario que ronda toda la obra cae, cuando los músicos se unen y notan que en esa especie de bastón de mando que los transformaba al tomarlo está la raíz del mal. Y lo tiran al foso.


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