15 Octubre 2006 Seguir en 
Para aspirar al ideal de país desarrollado, cuando se cumpla el bicentenario de la Nación -el 9 de julio de 2016-, a la Argentina sólo le basta con acatar las pautas de la Constitución Nacional de 1853. Esta es una Constitución muy interesante.
Juan Bautista Alberdi, que posiblemente sea la gran figura que Tucumán aportó al país, imaginó a aquella Constitución como un gran medio institucional, abierto al horizonte democrático, para aplicar un programa de progreso, que en términos actuales significa desarrollo.
Y, si usted vuelve a la vieja Cláusula Programática de la Constitución de 1853, que posiblemente haya sido escrita por el gran amigo de Alberdi, que era Juan María Gutiérrez, ahí, claramente -en uno de los incisos vinculados a los cometidos del Congreso Nacional- sí dice que hay que desarrollar un gran programa de progreso, que es mucho más que un plan general de instrucción primaria.
¿En qué consiste? Simplemente, en un progreso material. Durante la 27a Convención del Instituto Argentino de Ejecutivos de Finanzas (IAEF), que se realizó en la ciudad de Salta, distintos panelistas hablaron de la necesidad de que la Argentina desarrolle la infraestructura, y de que cuente con una buena economía y con una buena sociedad, pero no de quedarnos contentos con sólo eso.
Aquel programa de progreso, precisamente, plantea el ideal de transformar a la Argentina, de una sociedad de habitantes prisioneros de la ignorancia y de la escasez, en una sociedad de ciudadanos abiertos a la abundancia y al conocimiento.
Es claro que la Argentina ha tenido tremendos obstáculos con respecto al objetivo de desarrollo. Basta revisar los gráficos sobre indicadores sociales, en los que el país se parece a un serrucho que sube y baja. Y, desgraciadamente, a eso se suma una situación extraordinariamente complicada: que no se alcanza el quicio político que corresponde.
Este oscilar permanente entre una democracia con pretensiones hegemónicas y una republicana que no puede realizarse está en las raíces de nuestras enormes dificultades; hoy en día, condimentada además por un hecho que preocupa mucho, que es la "dialéctica de la discordia", que Joaquín V. González, en 1910, llamó la "ley de las discordias civiles". Es decir, acentuar el conflicto en contra de lo que un hombre de Estado siempre debe buscar, que son los grandes horizontes del consenso. Aquellas grandes áreas en las que los argentinos y argentinas estamos de acuerdo; para, a partir de allí, poder discrepar. Esta problemática es analizada en mi libro "Poder y Hegemonía", que, según tengo previsto, saldrá al mercado en diciembre.
Tuvimos una década fantástica, que fue la de los 60, desde el punto de vista del crecimiento. La Argentina se modernizó extraordinariamente, y mucho en las provincias. Fue un ciclo, además, de muy buenos gobernadores. Pero esa oportunidad fue pisoteada, totalmente desaprovechada. Y no por razones de tipo económico, porque había bastante acuerdo sobre la política desarrollista que había que llevar adelante, sino por cuestiones políticas. El país se cavó la fosa en la enemistad hasta extremos inconcebibles, al punto en que era tal la idiotez, la estupidez ideológica, que el presidente Arturo Frondizi fue derrocado bajo la acusación de comunista. Sin embargo, Frondizi estaba llevando a cabo uno de los planes capitalistas más ambiciosos.La dirigencia política actual no está a la altura de un plan de progreso. Pero cuidado, porque, los argentinos tenemos la costumbre de echarle la culpa a los otros. Y la realidad es que, si hay dirigentes que andan mal, es porque todos andamos mal.
Juan Bautista Alberdi, que posiblemente sea la gran figura que Tucumán aportó al país, imaginó a aquella Constitución como un gran medio institucional, abierto al horizonte democrático, para aplicar un programa de progreso, que en términos actuales significa desarrollo.
Y, si usted vuelve a la vieja Cláusula Programática de la Constitución de 1853, que posiblemente haya sido escrita por el gran amigo de Alberdi, que era Juan María Gutiérrez, ahí, claramente -en uno de los incisos vinculados a los cometidos del Congreso Nacional- sí dice que hay que desarrollar un gran programa de progreso, que es mucho más que un plan general de instrucción primaria.
¿En qué consiste? Simplemente, en un progreso material. Durante la 27a Convención del Instituto Argentino de Ejecutivos de Finanzas (IAEF), que se realizó en la ciudad de Salta, distintos panelistas hablaron de la necesidad de que la Argentina desarrolle la infraestructura, y de que cuente con una buena economía y con una buena sociedad, pero no de quedarnos contentos con sólo eso.
Aquel programa de progreso, precisamente, plantea el ideal de transformar a la Argentina, de una sociedad de habitantes prisioneros de la ignorancia y de la escasez, en una sociedad de ciudadanos abiertos a la abundancia y al conocimiento.
Es claro que la Argentina ha tenido tremendos obstáculos con respecto al objetivo de desarrollo. Basta revisar los gráficos sobre indicadores sociales, en los que el país se parece a un serrucho que sube y baja. Y, desgraciadamente, a eso se suma una situación extraordinariamente complicada: que no se alcanza el quicio político que corresponde.
Este oscilar permanente entre una democracia con pretensiones hegemónicas y una republicana que no puede realizarse está en las raíces de nuestras enormes dificultades; hoy en día, condimentada además por un hecho que preocupa mucho, que es la "dialéctica de la discordia", que Joaquín V. González, en 1910, llamó la "ley de las discordias civiles". Es decir, acentuar el conflicto en contra de lo que un hombre de Estado siempre debe buscar, que son los grandes horizontes del consenso. Aquellas grandes áreas en las que los argentinos y argentinas estamos de acuerdo; para, a partir de allí, poder discrepar. Esta problemática es analizada en mi libro "Poder y Hegemonía", que, según tengo previsto, saldrá al mercado en diciembre.
Tuvimos una década fantástica, que fue la de los 60, desde el punto de vista del crecimiento. La Argentina se modernizó extraordinariamente, y mucho en las provincias. Fue un ciclo, además, de muy buenos gobernadores. Pero esa oportunidad fue pisoteada, totalmente desaprovechada. Y no por razones de tipo económico, porque había bastante acuerdo sobre la política desarrollista que había que llevar adelante, sino por cuestiones políticas. El país se cavó la fosa en la enemistad hasta extremos inconcebibles, al punto en que era tal la idiotez, la estupidez ideológica, que el presidente Arturo Frondizi fue derrocado bajo la acusación de comunista. Sin embargo, Frondizi estaba llevando a cabo uno de los planes capitalistas más ambiciosos.La dirigencia política actual no está a la altura de un plan de progreso. Pero cuidado, porque, los argentinos tenemos la costumbre de echarle la culpa a los otros. Y la realidad es que, si hay dirigentes que andan mal, es porque todos andamos mal.







