16 Septiembre 2002 Seguir en 
"Siempre me encantaron los libros de recuerdos o memorias. Hechos que parecen insignificantes y se convierten en relevantes cuando llegan del corazón, de la sensibilidad, del recuerdo a través de la pluma al deseo del que los vive, de compartirlos. De otro modo, pasan generalmente al olvido y a esa cajita de las cosas irrecuperables.
Hay muy interesantes publicaciones de personalidades que pasaron temporalmente por la profesión que me tocó vivir por tanto años y dejaron un excelente testimonio de esa experiencia. Pero no hay muchas de los que vivieron la diplomacia como una profesión. El cada día, cada mes y cada momento de los profesionales. La política y el poder, siempre diverso y cambiante.
Mi fascinación cotidiana fue siempre el cada día. El ámbito y la gente y las tantas cosas originales alrededor del marco de mi existencia. El escenario, los actores y las circunstancias. Lo que rodeaba la artesanía de una vieja profesión. Un argentino enfrascado en la tecnología intermedia de vivir y representar, interpretar hechos, movimientos, personas y oportunidades. Casi siempre proyectar e inventar un país ideal. A veces bastaba un grito, una sonrisa o una mueca para señalar el rumbo que no se enseñaba desde arriba. Había que inventarlo, siguiendo su vocación, su interés y su esfuerzo. El talento o no en la gestión y control de lo cotidiano. La gran profesionalidad, hacer lo que se sentía necesario para el país. Cada día y en cualquier momento.
Extraña profesión la del diplomático. Uno se prepara toda la vida viviendo, registrando y corcoveando hechos políticos en todo el mundo. Enhebrando una labor y una conducta lo más cerca posible de lo que debe ser. Del modelo que se pretende difundir. Solvencia profesional, cultura general, armonía familiar, idioma, actualización cotidiana, sentido de la historia, realismo existencial con esperanza. Debe absolver con éxito las condiciones más exigentes que se presenta en la Argentina para cualquier profesión. Y desde hace ya varios años, con cada cambio de gobierno, un curioso grupo de aficionados o delegados del poder, cada vez más alógeno, más autista, menos idóneo, en general sin ninguna experiencia en relaciones internacionales, políticas exterior o diplomacia, ocupa la Cancillería, desplaza a los funcionarios de carrera y se apodera como si fuera un derecho adquirido de todas las decisiones políticas, económicas y administrativas que corresponden al Servicio Exterior, del cual saben poco o nada. No siempre con el respeto que nos gustaría. Nunca con la solvencia y eficiencia que el país merece y que su legislación pretende. Sólo buscando complacer al poder de turno. No al país.
Estas líneas pretenden alentar una reflexión sobre esta problemática... Nací el 28 de febrero de 1934 en Buenos Aires, en el último piso de un edificio que aún hoy se conserva, en Arenales y Montevideo, frente a la plaza Vicente López. Como muchos niños de esa época y de ese medio, nací en mi casa, como parecía ser la costumbre.
Mi padre, un sanjuanino que dejó muy pronto la casa materna, se vino a Buenos Aires y luego a Europa a conocer el mundo. Era el segundo hijo de una de esas familias soit disant tradicionales de la provincia. Tenían antepasados de fuerte presencia local y a veces nacional, y el encanto de lo nuevo a través de la sangre alemana que trajo su abuelo, un pintoresco personaje nacido en Baden-Wurtemberg y origen tirolés".
Hay muy interesantes publicaciones de personalidades que pasaron temporalmente por la profesión que me tocó vivir por tanto años y dejaron un excelente testimonio de esa experiencia. Pero no hay muchas de los que vivieron la diplomacia como una profesión. El cada día, cada mes y cada momento de los profesionales. La política y el poder, siempre diverso y cambiante.
Mi fascinación cotidiana fue siempre el cada día. El ámbito y la gente y las tantas cosas originales alrededor del marco de mi existencia. El escenario, los actores y las circunstancias. Lo que rodeaba la artesanía de una vieja profesión. Un argentino enfrascado en la tecnología intermedia de vivir y representar, interpretar hechos, movimientos, personas y oportunidades. Casi siempre proyectar e inventar un país ideal. A veces bastaba un grito, una sonrisa o una mueca para señalar el rumbo que no se enseñaba desde arriba. Había que inventarlo, siguiendo su vocación, su interés y su esfuerzo. El talento o no en la gestión y control de lo cotidiano. La gran profesionalidad, hacer lo que se sentía necesario para el país. Cada día y en cualquier momento.
Extraña profesión la del diplomático. Uno se prepara toda la vida viviendo, registrando y corcoveando hechos políticos en todo el mundo. Enhebrando una labor y una conducta lo más cerca posible de lo que debe ser. Del modelo que se pretende difundir. Solvencia profesional, cultura general, armonía familiar, idioma, actualización cotidiana, sentido de la historia, realismo existencial con esperanza. Debe absolver con éxito las condiciones más exigentes que se presenta en la Argentina para cualquier profesión. Y desde hace ya varios años, con cada cambio de gobierno, un curioso grupo de aficionados o delegados del poder, cada vez más alógeno, más autista, menos idóneo, en general sin ninguna experiencia en relaciones internacionales, políticas exterior o diplomacia, ocupa la Cancillería, desplaza a los funcionarios de carrera y se apodera como si fuera un derecho adquirido de todas las decisiones políticas, económicas y administrativas que corresponden al Servicio Exterior, del cual saben poco o nada. No siempre con el respeto que nos gustaría. Nunca con la solvencia y eficiencia que el país merece y que su legislación pretende. Sólo buscando complacer al poder de turno. No al país.
Estas líneas pretenden alentar una reflexión sobre esta problemática... Nací el 28 de febrero de 1934 en Buenos Aires, en el último piso de un edificio que aún hoy se conserva, en Arenales y Montevideo, frente a la plaza Vicente López. Como muchos niños de esa época y de ese medio, nací en mi casa, como parecía ser la costumbre.
Mi padre, un sanjuanino que dejó muy pronto la casa materna, se vino a Buenos Aires y luego a Europa a conocer el mundo. Era el segundo hijo de una de esas familias soit disant tradicionales de la provincia. Tenían antepasados de fuerte presencia local y a veces nacional, y el encanto de lo nuevo a través de la sangre alemana que trajo su abuelo, un pintoresco personaje nacido en Baden-Wurtemberg y origen tirolés".





