16 Septiembre 2002 Seguir en 
Uno de esos temas donde existe poca o ninguna concordancia entre lo que los argentinos proclamamos y lo que practicamos, es el que se refiere a la conservación del patrimonio cultural, en el amplio sentido del término. A cada rato salen de nuestro país colecciones de antiguos impresos, manuscritos, fotografías o cuadros. Los coleccionistas extranjeros publican avisos ofreciendo la compra de bibliotecas enteras.
No es sencillo proteger tal tipo de bienes, y sobre todo hacer cumplir una legislación. Pero lo que ocurre es que ni siquiera existen entre nosotros las normas que pudieran invocarse para evitar este éxodo del patrimonio. Como tampoco poseemos lo que sería acaso más importante: una mentalidad generalizada acerca de la necesidad de conservación y protección.
Para diseñar una legislación podría acudirse a la experiencia que tienen otras naciones. Pero es un tema que no parece preocupar a los gobernantes ni al Congreso. Podría aducirse que en estos tiempos hay otras urgencias, pero la verdad es que en ningún momento se ha considerado la cuestión como digna de interés. Ni siquiera hemos establecido, para el caso de subastas, el derecho de preferencia del Estado para adjudicarse la pieza igualando la oferta del mejor postor.
Por otro lado, es sabido que podrían existir mecanismos que estimulen impositivamente estas recuperaciones. Hablamos, por ejemplo, de la posibilidad de desgravaciones de verdadera significación que beneficien a los donantes de objetos de valor histórico o artístico a los museos nacionales. Se sabe que tal estrategia ha sido la base de las cuantiosas riquezas museológicas con que cuenta Estados Unidos en los distintos centros de ese tipo.
No es extraño que las donaciones a nuestros museos disten de ser una norma y más bien constituyan la excepción, dentro de un panorama que se agrava por el desaliento que inspiran, en museos y bibliotecas, sus generalmente precarias instalaciones y el desorden con que se maneja su inventario.Pero, insistimos, el cimiento más importante que falta es el de la mentalidad. A pesar del importante nivel cultural que puede exhibir la Argentina en un buen promedio de sus habitantes, existe una generalizada indiferencia por testimonios como los que nos ocupan. Como lo hemos subrayado varias veces, por lo general no valoramos esos bienes, y hay quienes se jactan de haber tirado a la basura papeles antiguos y antiguas fotografías en ocasión de alguna mudanza o para ganar lugar en un ropero.
Hablamos mucho del "ser nacional", pero no entendemos que la identidad de un pueblo ancla en una tradición donde documentos, obras de arte, libros y demás objetos del pasado juegan un papel insoslayable.
Actitudes como esas hacen pensar que "araron en el mar" tantos grandes argentinos que dedicaron buena parte de su vida y de su patrimonio personal a recuperar los testimonios escritos y gráficos del pasado. Como por ejemplo, el general Bartolomé Mitre, quien se dio tiempo, durante una trayectoria donde tuvo las más altas responsabilidades cívicas y militares, para formar una soberbia biblioteca de antiguos impresos y una colección documental que hasta hoy consultan estudiosos argentinos y extranjeros en el museo instalado en la casa que habitó.
Es un terreno donde se hace necesario, entonces, un franco cambio de mentalidad. Debiera iniciarse en la época escolar, inculcándose a los niños los principios del respeto y del cuidado que merecen los testimonios de nuestra tradición cultural. No pasaríamos el sonrojo de que Universidades norteamericanas tengan, en sus bibliotecas, impresos argentinos que son inhallables en nuestro país.
No es sencillo proteger tal tipo de bienes, y sobre todo hacer cumplir una legislación. Pero lo que ocurre es que ni siquiera existen entre nosotros las normas que pudieran invocarse para evitar este éxodo del patrimonio. Como tampoco poseemos lo que sería acaso más importante: una mentalidad generalizada acerca de la necesidad de conservación y protección.
Para diseñar una legislación podría acudirse a la experiencia que tienen otras naciones. Pero es un tema que no parece preocupar a los gobernantes ni al Congreso. Podría aducirse que en estos tiempos hay otras urgencias, pero la verdad es que en ningún momento se ha considerado la cuestión como digna de interés. Ni siquiera hemos establecido, para el caso de subastas, el derecho de preferencia del Estado para adjudicarse la pieza igualando la oferta del mejor postor.
Por otro lado, es sabido que podrían existir mecanismos que estimulen impositivamente estas recuperaciones. Hablamos, por ejemplo, de la posibilidad de desgravaciones de verdadera significación que beneficien a los donantes de objetos de valor histórico o artístico a los museos nacionales. Se sabe que tal estrategia ha sido la base de las cuantiosas riquezas museológicas con que cuenta Estados Unidos en los distintos centros de ese tipo.
No es extraño que las donaciones a nuestros museos disten de ser una norma y más bien constituyan la excepción, dentro de un panorama que se agrava por el desaliento que inspiran, en museos y bibliotecas, sus generalmente precarias instalaciones y el desorden con que se maneja su inventario.Pero, insistimos, el cimiento más importante que falta es el de la mentalidad. A pesar del importante nivel cultural que puede exhibir la Argentina en un buen promedio de sus habitantes, existe una generalizada indiferencia por testimonios como los que nos ocupan. Como lo hemos subrayado varias veces, por lo general no valoramos esos bienes, y hay quienes se jactan de haber tirado a la basura papeles antiguos y antiguas fotografías en ocasión de alguna mudanza o para ganar lugar en un ropero.
Hablamos mucho del "ser nacional", pero no entendemos que la identidad de un pueblo ancla en una tradición donde documentos, obras de arte, libros y demás objetos del pasado juegan un papel insoslayable.
Actitudes como esas hacen pensar que "araron en el mar" tantos grandes argentinos que dedicaron buena parte de su vida y de su patrimonio personal a recuperar los testimonios escritos y gráficos del pasado. Como por ejemplo, el general Bartolomé Mitre, quien se dio tiempo, durante una trayectoria donde tuvo las más altas responsabilidades cívicas y militares, para formar una soberbia biblioteca de antiguos impresos y una colección documental que hasta hoy consultan estudiosos argentinos y extranjeros en el museo instalado en la casa que habitó.
Es un terreno donde se hace necesario, entonces, un franco cambio de mentalidad. Debiera iniciarse en la época escolar, inculcándose a los niños los principios del respeto y del cuidado que merecen los testimonios de nuestra tradición cultural. No pasaríamos el sonrojo de que Universidades norteamericanas tengan, en sus bibliotecas, impresos argentinos que son inhallables en nuestro país.





