15 Septiembre 2002 Seguir en 
No hay nada mejor que la literatura para describir los "descaros del presente", como diría el inolvidable escritor alemán Thomas Mann.
Precisamente él, en la novela "Desorden y dolor precoz", narró con maestría los trastornos provocados por la inflación en su país durante las décadas de 1920 y 1930. Allí habla de "las demenciales dificultades de la economía" y de "esa continua sensación de que el suelo se tambalea bajo los pies, ese subir y bajar constante de todas las cosas". Desde la salida de la convertibilidad, la Argentina vive una sensación similar marcada por los vaivenes del dólar. Todos padecen la falta de un esquema que reemplace al que se abandonó: 1) Las empresas no pueden importar insumos porque les resulta muy caro, lo que repercute en la calidad de los servicios que brindan y les impide pensar en reinvertir en el negocio. 2) Con los precios por las nubes, sin crédito y encima con un mercado saturado de bonos -con lo que se desvaloriza aún más el poder adquisitivo por el desagio sufrido en el canje por efectivo-, los usuarios deben limitarse a consumir lo imprescindible en el mejor de los casos. Esto repercute en la calidad de vida de la población. A unos y a otros les resulta sumamente difícil sobrevivir en esta economía del "lo atamo con alambre (sic)", según la definió el secretario de la rama Comercio de la Federación Económica de Tucumán (FET), Ricardo Fernández, recordando la canción de Ignacio Copani.
El paraíso del usado
Durante la convertibilidad, como fruto de la paridad entre el dólar y el peso y por la apertura de la economía, imperaba el reino del: "si se rompe, se tira y se cambia". Esto era especialmente cierto en el sector de las telecomunicaciones, donde las empresas y los usuarios podían estar al tanto del último avance informático. "Pero ahora es desastroso. Resulta imposible actualizarse por los elevados costos en pesos . Si no hay un rápido cambio de timón, en algunos meses quedaremos fuera del mundo en cuanto a redes y a computadoras, y no es una exageración", advirtió Fernández.
Un síntoma de los tiempos que corren es el paisaje que hoy brinda la calle Warnes en Buenos Aires, otrora meca de las casas de repuestos para autos en la que hasta hace pocos años se podía conseguir lo producido en el último rincón del planeta, cualquiera sea la marca. "Hoy es un vergel de compradores de partes usadas. Algunas empresas hasta compran a las compañías de seguro vehículos que sufrieron algún siniestro. Están ávidas de partes y de repuestos para reparar sus propias flotas. Se acabaron los tiempos en que cada dos años se compraba un cero kilómetro. Está cayendo la calidad de mantenimiento de los vehículos. Sin embargo, como contrapartida, hay más trabajo para quienes se dedican a soldar o a tornear o la industria del service. Y en metalmecánica, ahora se hace reparar en Tucumán lo que antes se tiraba e importaba", agregó.
Solamente de contado
Una economía moderna no puede funcionar sin un sistema financiero que respalde la rueda productiva y las inversiones. "El comercio viene en caída desde 1995. El banco lo dejó solo hace tiempo. Y la prueba es que, a veces, calificaba mejor el empresario individualmente que la empresa, pese a que muchas habían hecho grandes esfuerzo por modernizarse. La bomba explotó en diciembre, el peor en muchas décadas, que frustró las expectativas de quienes apuestan a recuperar algo para las fiestas. A eso se sumó el corte total del crédito, tanto de los bancos como de los proveedores, lo que obliga prácticamente a operar de contado", explicó el consultor de empresas José Mario Laks.
Las ventas, según el experto, cayeron un 50% en promedio en el último año. "A ello hay que sumarle que los precios subieron al ritmo del dólar, muchos arrastran compromisos anteriores y no hay capacidad de reposición del stock, en muchos casos aun teniendo el dinero. No hubo una sustitución de importaciones, porque ello requeriría un rápido y visible avance de la producción nacional, cosa que es imposible con fábricas cerradas desde hace tiempo", acotó.
En definitiva, quienes lograron subsistir lo hicieron gracias a un esfuerzo de equilibrista. "Como no pueden suspender al personal, porque la emergencia se los impide, se vieron obligados a renegociar alquileres, a pelear contra la suba de las tarifas y a acomodar las deudas (comerciales e impositivas) con las pequeñas utilidades que les generó el margen de la suba de precios en las ventas", precisó.
Bolsillos flacos
El panorama de los usuarios no es mejor. La desocupación, el atraso en el pago de los sueldos, las dificultades de las empresas para cumplir con la suba de $100 dispuesta por el gobierno y la inacabable recesión conspiran contra el poder adquisitivo. "La calidad hoy es un lujo un tanto lejano. Hoy nuestra lucha se concentra en evitar que nos suban las tarifas de los servicios públicos. No en esta situación de emergencia económica. Los bolsillos se chicaron tanto que hoy sólo se puede consumir lo imprescindible", concluyó la titular de la Liga Acción del Consumidor (Adelco), Angela di Benedetto de Sorrentino.
La importación se convirtió en un lujo demasiado costoso
A diferencia de lo que ocurría durante la vigencia de la convertibilidad, importar bienes o insumos del exterior se transformó en un lujo muy caro. No hay prefinanciación. A ello hay que sumarle el complejo mecanismo que hay que efectuar en la Aduana. "Esta estableció un mecanismo de protección. Por ejemplo, para importar por el equivalente a U$S1000.000, las autoridades exigen el depósito adelantado de aproximadamente el 50%, que corresponde a los aranceles e impuestos. Esto se hace en dólares billete. Por otra parte, uno no puede transferir directamente los U$S 100.000 al proveedor. Esto se hace a través del Banco Central, quien le paga al proveedor a 180 días si el valor es menor a U$S 200.000 y a 365 días si la cifra es mayor", explicó el empresario Ricardo Fernández. De todos maneras, dada la incertidumbre existente y como los proveedores no saben qué ocurrirá el próximo mes suelen exigir o presionar por el pago directo para después reembolsarle al importador, a los 180 días, el monto que le girará el Banco Central. "No hay que ser muy creativo para imaginar el costo financiero y la inmovilización de capital de trabajo que esto representa", agregó.
Hay muchas trabas burocráticas y reglamentaciones
Las trabas y las reglamentaciones para las operaciones de importación y exportación son tantas y tan cambiantes que los particulares se las tienen que ingeniar mediante mecanismos alternativos. "Hay empresas que se ofrecen como fideicomisarias, para pagarles a los proveedores en el exterior. Esto, claro, está sujeto a una garantía para que, cuando se termine la operación, los sujetos puedan resarcirse, ya sea en pesos o en dólares. También hay que tomar seguros por si la operación fracasa o no se cumpla. Esta es una de las tantas formas transitorias diseñadas para buscar una salida a la inexistencia del sistema financiero, que colapsó", aseguró el presidente de la Cámara de Comercio Exterior de Tucumán, José Ricardo Bulacio.
Se triplicaron las cuotas de los planes de ahorro
Ante tantos vaivenes y cambios de reglas de juego, los usuarios deben estar atentos. "El consumo se retrajo y una de las principales fuentes de financiación, las tarjetas de crédito, o fueron canceladas o están guardadas y no se usan. Los precios de muchos artículos que están en dólares se fueron a las nubes. Mientras tanto, algunos comercios dolarizaron las cuotas y luego las pesificaron. Esto, en los hechos, implica que las cosas subieron más de tres veces. Esto le sucedió al consumidor de planes de ahorro, a quien le triplicaron las cuotas en virtud de una cláusula que permite ajustes si sube el valor del auto. Lo curioso es que los mismos que los fabrican son los que los venden. Pero no hay que quedarse de brazos cruzados, sino que hay que reclamar la aplicación de la cláusula de repotenciación", aseguró el abogado especializado en Derecho del Consumo, Günther Flass. "Lo mismo le ocurre a quien en diciembre pasado compró una computadora, la pagó y el comercio no se la entrega porque sostiene que no puede importar ya que es mucho más caro. En ese caso, hay que exigir la entrega del bien pactado o, al menos, de uno de características similares", agregó.
El consumidor debe estar siempre listo para reclamar
Antes, cada persona tenía que autolimitarse para consumir. Ahora, en cambio, la limitación viene del propio mercado, porque no hay acceso -o es muy difícil y caro- a muchos productos y servicios. Por ello, Flass recomienda estar atentos y reclamar cada centavo o cada situación injusta. "Es clave la asociación de los consumidores y pensar muy bien antes de adquirir algo. No puede ser que en algunos servicios públicos lo que corresponde exclusivamente al consumo representa el 30% de la tarifa. El resto son impuestos, tasas, conexiones, etcétera. La gente no cree ni en las empresas ni en los organismos que deben regularlas. Por ello está dispuesta a actuar por vías de hecho, como sucedió con la frustrada asamblea por la discusión de la tarifa eléctrica", dijo.
Precisamente él, en la novela "Desorden y dolor precoz", narró con maestría los trastornos provocados por la inflación en su país durante las décadas de 1920 y 1930. Allí habla de "las demenciales dificultades de la economía" y de "esa continua sensación de que el suelo se tambalea bajo los pies, ese subir y bajar constante de todas las cosas". Desde la salida de la convertibilidad, la Argentina vive una sensación similar marcada por los vaivenes del dólar. Todos padecen la falta de un esquema que reemplace al que se abandonó: 1) Las empresas no pueden importar insumos porque les resulta muy caro, lo que repercute en la calidad de los servicios que brindan y les impide pensar en reinvertir en el negocio. 2) Con los precios por las nubes, sin crédito y encima con un mercado saturado de bonos -con lo que se desvaloriza aún más el poder adquisitivo por el desagio sufrido en el canje por efectivo-, los usuarios deben limitarse a consumir lo imprescindible en el mejor de los casos. Esto repercute en la calidad de vida de la población. A unos y a otros les resulta sumamente difícil sobrevivir en esta economía del "lo atamo con alambre (sic)", según la definió el secretario de la rama Comercio de la Federación Económica de Tucumán (FET), Ricardo Fernández, recordando la canción de Ignacio Copani.
El paraíso del usado
Durante la convertibilidad, como fruto de la paridad entre el dólar y el peso y por la apertura de la economía, imperaba el reino del: "si se rompe, se tira y se cambia". Esto era especialmente cierto en el sector de las telecomunicaciones, donde las empresas y los usuarios podían estar al tanto del último avance informático. "Pero ahora es desastroso. Resulta imposible actualizarse por los elevados costos en pesos . Si no hay un rápido cambio de timón, en algunos meses quedaremos fuera del mundo en cuanto a redes y a computadoras, y no es una exageración", advirtió Fernández.
Un síntoma de los tiempos que corren es el paisaje que hoy brinda la calle Warnes en Buenos Aires, otrora meca de las casas de repuestos para autos en la que hasta hace pocos años se podía conseguir lo producido en el último rincón del planeta, cualquiera sea la marca. "Hoy es un vergel de compradores de partes usadas. Algunas empresas hasta compran a las compañías de seguro vehículos que sufrieron algún siniestro. Están ávidas de partes y de repuestos para reparar sus propias flotas. Se acabaron los tiempos en que cada dos años se compraba un cero kilómetro. Está cayendo la calidad de mantenimiento de los vehículos. Sin embargo, como contrapartida, hay más trabajo para quienes se dedican a soldar o a tornear o la industria del service. Y en metalmecánica, ahora se hace reparar en Tucumán lo que antes se tiraba e importaba", agregó.
Solamente de contado
Una economía moderna no puede funcionar sin un sistema financiero que respalde la rueda productiva y las inversiones. "El comercio viene en caída desde 1995. El banco lo dejó solo hace tiempo. Y la prueba es que, a veces, calificaba mejor el empresario individualmente que la empresa, pese a que muchas habían hecho grandes esfuerzo por modernizarse. La bomba explotó en diciembre, el peor en muchas décadas, que frustró las expectativas de quienes apuestan a recuperar algo para las fiestas. A eso se sumó el corte total del crédito, tanto de los bancos como de los proveedores, lo que obliga prácticamente a operar de contado", explicó el consultor de empresas José Mario Laks.
Las ventas, según el experto, cayeron un 50% en promedio en el último año. "A ello hay que sumarle que los precios subieron al ritmo del dólar, muchos arrastran compromisos anteriores y no hay capacidad de reposición del stock, en muchos casos aun teniendo el dinero. No hubo una sustitución de importaciones, porque ello requeriría un rápido y visible avance de la producción nacional, cosa que es imposible con fábricas cerradas desde hace tiempo", acotó.
En definitiva, quienes lograron subsistir lo hicieron gracias a un esfuerzo de equilibrista. "Como no pueden suspender al personal, porque la emergencia se los impide, se vieron obligados a renegociar alquileres, a pelear contra la suba de las tarifas y a acomodar las deudas (comerciales e impositivas) con las pequeñas utilidades que les generó el margen de la suba de precios en las ventas", precisó.
Bolsillos flacos
El panorama de los usuarios no es mejor. La desocupación, el atraso en el pago de los sueldos, las dificultades de las empresas para cumplir con la suba de $100 dispuesta por el gobierno y la inacabable recesión conspiran contra el poder adquisitivo. "La calidad hoy es un lujo un tanto lejano. Hoy nuestra lucha se concentra en evitar que nos suban las tarifas de los servicios públicos. No en esta situación de emergencia económica. Los bolsillos se chicaron tanto que hoy sólo se puede consumir lo imprescindible", concluyó la titular de la Liga Acción del Consumidor (Adelco), Angela di Benedetto de Sorrentino.
La importación se convirtió en un lujo demasiado costoso
A diferencia de lo que ocurría durante la vigencia de la convertibilidad, importar bienes o insumos del exterior se transformó en un lujo muy caro. No hay prefinanciación. A ello hay que sumarle el complejo mecanismo que hay que efectuar en la Aduana. "Esta estableció un mecanismo de protección. Por ejemplo, para importar por el equivalente a U$S1000.000, las autoridades exigen el depósito adelantado de aproximadamente el 50%, que corresponde a los aranceles e impuestos. Esto se hace en dólares billete. Por otra parte, uno no puede transferir directamente los U$S 100.000 al proveedor. Esto se hace a través del Banco Central, quien le paga al proveedor a 180 días si el valor es menor a U$S 200.000 y a 365 días si la cifra es mayor", explicó el empresario Ricardo Fernández. De todos maneras, dada la incertidumbre existente y como los proveedores no saben qué ocurrirá el próximo mes suelen exigir o presionar por el pago directo para después reembolsarle al importador, a los 180 días, el monto que le girará el Banco Central. "No hay que ser muy creativo para imaginar el costo financiero y la inmovilización de capital de trabajo que esto representa", agregó.
Hay muchas trabas burocráticas y reglamentaciones
Las trabas y las reglamentaciones para las operaciones de importación y exportación son tantas y tan cambiantes que los particulares se las tienen que ingeniar mediante mecanismos alternativos. "Hay empresas que se ofrecen como fideicomisarias, para pagarles a los proveedores en el exterior. Esto, claro, está sujeto a una garantía para que, cuando se termine la operación, los sujetos puedan resarcirse, ya sea en pesos o en dólares. También hay que tomar seguros por si la operación fracasa o no se cumpla. Esta es una de las tantas formas transitorias diseñadas para buscar una salida a la inexistencia del sistema financiero, que colapsó", aseguró el presidente de la Cámara de Comercio Exterior de Tucumán, José Ricardo Bulacio.
Se triplicaron las cuotas de los planes de ahorro
Ante tantos vaivenes y cambios de reglas de juego, los usuarios deben estar atentos. "El consumo se retrajo y una de las principales fuentes de financiación, las tarjetas de crédito, o fueron canceladas o están guardadas y no se usan. Los precios de muchos artículos que están en dólares se fueron a las nubes. Mientras tanto, algunos comercios dolarizaron las cuotas y luego las pesificaron. Esto, en los hechos, implica que las cosas subieron más de tres veces. Esto le sucedió al consumidor de planes de ahorro, a quien le triplicaron las cuotas en virtud de una cláusula que permite ajustes si sube el valor del auto. Lo curioso es que los mismos que los fabrican son los que los venden. Pero no hay que quedarse de brazos cruzados, sino que hay que reclamar la aplicación de la cláusula de repotenciación", aseguró el abogado especializado en Derecho del Consumo, Günther Flass. "Lo mismo le ocurre a quien en diciembre pasado compró una computadora, la pagó y el comercio no se la entrega porque sostiene que no puede importar ya que es mucho más caro. En ese caso, hay que exigir la entrega del bien pactado o, al menos, de uno de características similares", agregó.
El consumidor debe estar siempre listo para reclamar
Antes, cada persona tenía que autolimitarse para consumir. Ahora, en cambio, la limitación viene del propio mercado, porque no hay acceso -o es muy difícil y caro- a muchos productos y servicios. Por ello, Flass recomienda estar atentos y reclamar cada centavo o cada situación injusta. "Es clave la asociación de los consumidores y pensar muy bien antes de adquirir algo. No puede ser que en algunos servicios públicos lo que corresponde exclusivamente al consumo representa el 30% de la tarifa. El resto son impuestos, tasas, conexiones, etcétera. La gente no cree ni en las empresas ni en los organismos que deben regularlas. Por ello está dispuesta a actuar por vías de hecho, como sucedió con la frustrada asamblea por la discusión de la tarifa eléctrica", dijo.







