14 Septiembre 2002 Seguir en 
"A sus setenta años, Sócrates se precipitó en el ojo del huracán. Tres atenienses (el poeta Meleto, el político Ánito y el orador Licón) decidieron que era un hombre extraño y malvado. Proclamaban que no veneraba a los dioses de la ciudad, que había corrompido el tejido social de Atenas y que había vuelto a los jóvenes en contra de sus padres. Creían justo obligarle a guardar silencio y tal vez incluso matarle.
La ciudad de Atenas había establecido procedimientos para discernir lo correcto y lo incorrecto. En el lado sur del ágora se alzaba el Tribunal de los Heliastas, un gran edificio con estrados de madera para el jurado en un extremo y en el otro una tribuna para acusación y para el acusado. Los juicios comenzaban con un discurso a cargo de la acusación, seguido de un alegato de la defensa. Luego, un jurado, que oscilaba entre los 200 y los 2.500 miembros, indicaba en qué lado recaía la verdad, mediante una votación con papeletas o a mano alzada. Este método, consistente en distinguir lo correcto y lo incorrecto contando el número de personas a favor de una propuesta, estaba al orden del día en la vida política y jurídica ateniense. Dos o tres veces al mes se invitaba a todos los ciudadanos varones, unos 30.000, a congregarse en la colina del Pnyx, el suroeste del ágora, con el fin de decidir a mano alzada acerca del asunto relevante para el Estado. El día del juicio de Sócrates formaban parte del jurado 500 ciudadanos. La acusación comenzó por pedirle que considerasen que el filósofo que tenían delante era un hombre deshonesto. Se dedicaba a hurgar en asuntos propios de las regiones subterráneas y celestiales, era un hereje, solía recurrir a astutas estratagemas retóricas con el fin de derrotar con argumentos débiles a los más sólidos y ejercía una perversa influencia en la juventud, a la que corrompía intencionadamente con sus conversaciones.Sócrates trató de responder a las acusaciones. Explicó que jamás había sostenido teorías sobre los cielos ni investigado en las regiones subterráneas, que no era un hereje y que creía fervientemente en la intervención divina; nunca había corrompido a la juventud ateniense; lo único que ocurría era que ciertos jóvenes de padres ricos y con tiempo libre a raudales habían emulado su método interrogativo y se dedicaban a fastidiar a importantes personajes presentándolos en su absoluta ignorancia. Si a alguien había corrompido sólo pudo ser sin intención alguna, pues carecía de sentido dedicarse a ejercer voluntariamente una mala influencia sobre los compañeros, pues de ese modo se arriesgaba uno a que estos, a su vez, pudiesen dañarle. Y, si hubiera corrompido a alguien sin intención alguna, entonces el procedimiento correcto debería pasar por un discurso sosegado, capaz de devolverle al buen camino, y no por un proceso judicial.
Admitía que la vida que llevaba podía parecer peculiar: ?He abandonado las cosas de las que la mayoría se preocupa: los negocios, la hacienda familiar, los mandos militares, los discursos en la asamblea, cualquier magistratura, las alianzas y luchas de partidos que se producen en la ciudad?. No obstante, su dedicación a la filosofía venía motivada por un simple deseo de mejorar las vidas de los atenienses: ?Iba allí, intentando convencer a cada uno de vosotros de que no se preocupara de ninguna de sus cosas antes de preocuparse de ser él mismo lo mejor y lo más sensato posible?".
La ciudad de Atenas había establecido procedimientos para discernir lo correcto y lo incorrecto. En el lado sur del ágora se alzaba el Tribunal de los Heliastas, un gran edificio con estrados de madera para el jurado en un extremo y en el otro una tribuna para acusación y para el acusado. Los juicios comenzaban con un discurso a cargo de la acusación, seguido de un alegato de la defensa. Luego, un jurado, que oscilaba entre los 200 y los 2.500 miembros, indicaba en qué lado recaía la verdad, mediante una votación con papeletas o a mano alzada. Este método, consistente en distinguir lo correcto y lo incorrecto contando el número de personas a favor de una propuesta, estaba al orden del día en la vida política y jurídica ateniense. Dos o tres veces al mes se invitaba a todos los ciudadanos varones, unos 30.000, a congregarse en la colina del Pnyx, el suroeste del ágora, con el fin de decidir a mano alzada acerca del asunto relevante para el Estado. El día del juicio de Sócrates formaban parte del jurado 500 ciudadanos. La acusación comenzó por pedirle que considerasen que el filósofo que tenían delante era un hombre deshonesto. Se dedicaba a hurgar en asuntos propios de las regiones subterráneas y celestiales, era un hereje, solía recurrir a astutas estratagemas retóricas con el fin de derrotar con argumentos débiles a los más sólidos y ejercía una perversa influencia en la juventud, a la que corrompía intencionadamente con sus conversaciones.Sócrates trató de responder a las acusaciones. Explicó que jamás había sostenido teorías sobre los cielos ni investigado en las regiones subterráneas, que no era un hereje y que creía fervientemente en la intervención divina; nunca había corrompido a la juventud ateniense; lo único que ocurría era que ciertos jóvenes de padres ricos y con tiempo libre a raudales habían emulado su método interrogativo y se dedicaban a fastidiar a importantes personajes presentándolos en su absoluta ignorancia. Si a alguien había corrompido sólo pudo ser sin intención alguna, pues carecía de sentido dedicarse a ejercer voluntariamente una mala influencia sobre los compañeros, pues de ese modo se arriesgaba uno a que estos, a su vez, pudiesen dañarle. Y, si hubiera corrompido a alguien sin intención alguna, entonces el procedimiento correcto debería pasar por un discurso sosegado, capaz de devolverle al buen camino, y no por un proceso judicial.
Admitía que la vida que llevaba podía parecer peculiar: ?He abandonado las cosas de las que la mayoría se preocupa: los negocios, la hacienda familiar, los mandos militares, los discursos en la asamblea, cualquier magistratura, las alianzas y luchas de partidos que se producen en la ciudad?. No obstante, su dedicación a la filosofía venía motivada por un simple deseo de mejorar las vidas de los atenienses: ?Iba allí, intentando convencer a cada uno de vosotros de que no se preocupara de ninguna de sus cosas antes de preocuparse de ser él mismo lo mejor y lo más sensato posible?".





