10 Septiembre 2002 Seguir en 
Alvaro Pérez Acosta dio sus primeros pasos luego de seis años de estar postrado por una feroz paliza recibida a la salida de un boliche bailable céntrico.
Con la ayuda de una muleta y del estudiante de enfermería Daniel Alarcón, Alvaro, de 29 años, recorrió ayer los 10 metros de vereda frente a su casa, y emocionado, festejó la mejoría junto con sus padres.
Alvaro fue brutalmente patoteado en la madrugada del 27 de julio de 1996 cuando salía con su novia de un boliche. Recibió golpes en la cabeza que le causaron daños neurológicos que los médicos describieron como permanentes. Los agresores, los hermanos Cristian y Federico Jensen, fueron condenados en setiembre de 1997 a 8 años de prisión por el ataque, y a pagar $1,2 millón en concepto de indemnización, pero la familia se declaró insolvente y hasta el momento los Acosta no recibieron ese dinero. Para solventar los enormes gastos de las curaciones y de los tratamientos de Alvaro, debieron cambiar radicalmente su modo de vida y pedir ayudas oficiales y privadas.
Por su parte, ambos condenados gozan de permisos especiales desde diciembre pasado, y por ello están en libertad.
A pesar de que tiene aún serias dificultades para hablar, Alvaro se hace entender y hace gala de un ácido humor y de grandes dotes para los chistes y las frases graciosas. Podría recuperar el habla y la movilidad si continuara el tratamiento en Córdoba, que tan buenos resultados le dio tras las lesiones neuronales que le dejó la golpiza, según confió Manuel Pérez Acosta, padre del muchacho. "El 7 de junio el gobernador Julio Miranda se comprometió a darnos un subsidio para llevarlo, pero hasta ahora no tuvimos noticias... seguimos esperando", dijo el hombre.
Otra versión
Alvaro recuerda lo ocurrido en esa madrugada sólo hasta los primeros golpes, y ante LA GACETA dio a entender que el ataque se inició cuando se acercó a darle la mano a uno de los Jensen, y este empezó a golpearlo.
"En la sentencia, los jueces dijeron que el ataque no fue a traición ni con alevosía, y por Alvaro sabemos que no fue así", dijo Manuel Pérez Acosta.
El trauma que la familia Pérez Acosta sufre desde aquella madrugada se refleja en los tatuajes que un gitano le hizo a Sara Lía, la madre de Alvaro. En el brazo derecho ella tiene la imagen de su hijo con la leyenda "el tesoro más grande de mi vida", y en la espalda la de los agresores con la inscripción "cobardes, traidores y genocidas". "Lo único que queremos ahora es que se recupere, que vuelva a tener una vida", dijo Sara Lía, abrazando a su hijo.
Con la ayuda de una muleta y del estudiante de enfermería Daniel Alarcón, Alvaro, de 29 años, recorrió ayer los 10 metros de vereda frente a su casa, y emocionado, festejó la mejoría junto con sus padres.
Alvaro fue brutalmente patoteado en la madrugada del 27 de julio de 1996 cuando salía con su novia de un boliche. Recibió golpes en la cabeza que le causaron daños neurológicos que los médicos describieron como permanentes. Los agresores, los hermanos Cristian y Federico Jensen, fueron condenados en setiembre de 1997 a 8 años de prisión por el ataque, y a pagar $1,2 millón en concepto de indemnización, pero la familia se declaró insolvente y hasta el momento los Acosta no recibieron ese dinero. Para solventar los enormes gastos de las curaciones y de los tratamientos de Alvaro, debieron cambiar radicalmente su modo de vida y pedir ayudas oficiales y privadas.
Por su parte, ambos condenados gozan de permisos especiales desde diciembre pasado, y por ello están en libertad.
A pesar de que tiene aún serias dificultades para hablar, Alvaro se hace entender y hace gala de un ácido humor y de grandes dotes para los chistes y las frases graciosas. Podría recuperar el habla y la movilidad si continuara el tratamiento en Córdoba, que tan buenos resultados le dio tras las lesiones neuronales que le dejó la golpiza, según confió Manuel Pérez Acosta, padre del muchacho. "El 7 de junio el gobernador Julio Miranda se comprometió a darnos un subsidio para llevarlo, pero hasta ahora no tuvimos noticias... seguimos esperando", dijo el hombre.
Otra versión
Alvaro recuerda lo ocurrido en esa madrugada sólo hasta los primeros golpes, y ante LA GACETA dio a entender que el ataque se inició cuando se acercó a darle la mano a uno de los Jensen, y este empezó a golpearlo.
"En la sentencia, los jueces dijeron que el ataque no fue a traición ni con alevosía, y por Alvaro sabemos que no fue así", dijo Manuel Pérez Acosta.
El trauma que la familia Pérez Acosta sufre desde aquella madrugada se refleja en los tatuajes que un gitano le hizo a Sara Lía, la madre de Alvaro. En el brazo derecho ella tiene la imagen de su hijo con la leyenda "el tesoro más grande de mi vida", y en la espalda la de los agresores con la inscripción "cobardes, traidores y genocidas". "Lo único que queremos ahora es que se recupere, que vuelva a tener una vida", dijo Sara Lía, abrazando a su hijo.







