15 Agosto 2006 Seguir en 
Edimburgo.- Las expectativas que generaba el Festival Internacional de Edimburgo fueron altas desde el principio. En 1947, cuando Europa aún sufría las heridas de la II Guerra Mundial, muchos anhelaban un nuevo comienzo también en lo que a intercambio cultural internacional se refería. La capital escocesa, que había sufrido menos que otras por la guerra, fue una de las primeras metrópolis europeas en responder a ese deseo.
El domingo, con la ópera "Elektra", de Richard Strauss, se inauguró la 60ª edición del Festival de Edimburgo, más grande y más popular que nunca antes. Lo que surgió del deseo de ofrecer una nueva "plataforma para el florecimiento del espíritu humano" se convirtió, en opinión de sus organizadores, con casi 2.000 representaciones y más de 260 escenarios, en la mayor fiesta veraniega cultural del mundo.
Cada año, en agosto, Edimburgo ofrece durante tres semanas, y a precios accesibles, conciertos, óperas, representaciones teatrales, lecturas o talleres. El espectáculo abarca otros 10 festivales más pequeños, entre ellos, The Fringe. Uno de los objetivos es poner actuaciones de primer nivel al alcance de todos los bolsillos, a tal punto, que ello se ha convertido en el lema del festival. "Excelencia para todos", dice Brian McMaster, que tras 15 años en el cargo dirige el festival este año por última vez. Para los grandes conciertos, se pueden adquirir entradas por 20 dólares. Y muchas veces la oferta es gratuita.
Este año, llama la atención sobre todo el artista australiano Ron Mueck, que con sus figuras humanas gigantescas se convirtió en la nueva estrella del mundo artístico contemporáneo. También se destaca en el programa "Plataforma", la versión teatral de la controvertida novela del francés Michel Houellebecq.
Desde el principio, quedó claro que Edimburgo también es un buen lugar para el debate. Varias mujeres criticaron a Irvine Welsh, autor del libro "Trainspotting". El escritor leyó fragmentos de su nuevo libro, "The Bedroom Secrets of the Master Chefs" y a algunas oyentes les molestó la descripción de una mujer mayor que tiene un amante de veinte años. Welsh escribió que es una "bruja blanca con arrugas que cuelgan", lo que fue considerado un comentario misógino. (DPA)
El domingo, con la ópera "Elektra", de Richard Strauss, se inauguró la 60ª edición del Festival de Edimburgo, más grande y más popular que nunca antes. Lo que surgió del deseo de ofrecer una nueva "plataforma para el florecimiento del espíritu humano" se convirtió, en opinión de sus organizadores, con casi 2.000 representaciones y más de 260 escenarios, en la mayor fiesta veraniega cultural del mundo.
Cada año, en agosto, Edimburgo ofrece durante tres semanas, y a precios accesibles, conciertos, óperas, representaciones teatrales, lecturas o talleres. El espectáculo abarca otros 10 festivales más pequeños, entre ellos, The Fringe. Uno de los objetivos es poner actuaciones de primer nivel al alcance de todos los bolsillos, a tal punto, que ello se ha convertido en el lema del festival. "Excelencia para todos", dice Brian McMaster, que tras 15 años en el cargo dirige el festival este año por última vez. Para los grandes conciertos, se pueden adquirir entradas por 20 dólares. Y muchas veces la oferta es gratuita.
Este año, llama la atención sobre todo el artista australiano Ron Mueck, que con sus figuras humanas gigantescas se convirtió en la nueva estrella del mundo artístico contemporáneo. También se destaca en el programa "Plataforma", la versión teatral de la controvertida novela del francés Michel Houellebecq.
Desde el principio, quedó claro que Edimburgo también es un buen lugar para el debate. Varias mujeres criticaron a Irvine Welsh, autor del libro "Trainspotting". El escritor leyó fragmentos de su nuevo libro, "The Bedroom Secrets of the Master Chefs" y a algunas oyentes les molestó la descripción de una mujer mayor que tiene un amante de veinte años. Welsh escribió que es una "bruja blanca con arrugas que cuelgan", lo que fue considerado un comentario misógino. (DPA)







