Vecinos de las detenidas están asombrados

En la calle Catamarca primera cuadra, donde viven las ex religiosas, afirman que las mujeres son muy reservadas en sus dichos y amables

CENTRO DE ATENCION. En los alrededores del edificio donde viven las dos detenidas por el caso Argañaraz todos hablan sobre el extraño suceso. LA GACETA / ANALIA JARAMILLO
CENTRO DE ATENCION. En los alrededores del edificio donde viven las dos detenidas por el caso Argañaraz todos hablan sobre el extraño suceso. LA GACETA / ANALIA JARAMILLO
09 Agosto 2006
Sorpresa. Conmoción. Revuelo. Todos las conocen. Las vieron en la vereda, en los negocios y en el edificio. Aunque les resultaba extraña la relación que mantenían las dos mujeres, nunca imaginaron que terminarían siendo sospechosas en un caso de desaparición, ni que las verían en las páginas policiales de los diarios.
En la calle Catamarca primera cuadra, donde viven las únicas detenidas por la desaparición de Angela Beatriz Argañaraz, todos hablan de lo mismo: de Nélida del Valle Fernández y Susana Acosta. O de la rubia y de la morocha, como las llaman los vecinos.
Es una zona con mucho movimiento comercial. El edificio de Catamarca 30 es sencillo. Ellas eligieron el último piso para vivir (el séptimo), junto a la hija de Fernández, de 7 años, y adornaron su balcón con macetas rectangulares, repletas de plantas.
En el vecindario todos aseguran que viven sin sobresaltos. No obstante, desde el domingo hay una guardia permanentemente apostada en la puerta del departamento, que alteró el paisaje de la zona. Debe custodiar el departamento de las mujeres, ya que Fernández cumple detención domiciliaria.
Muy reservadas. Así definieron los vecinos a las sospechosas, al punto de que incluso dentro del mismo edificio en el que viven las mujeres ses desconocía que habían sido religiosas y que una de ellas se desempeñaba como maestra.
“Son atentas y amables. Pero no comparten nada con nadie. No sabíamos ni en qué trabajaban. La relación que mantienen es extraña, pero no le hacen mal a nadie. Llevan una vida muy particular y estructurada. Casi no conversan con nadie. Apenas si cruzan un saludo. Eso sí, son muy limpias y ordenadas”, remarcó una vecina, que prefirió no identificarse por temor. “Son muy exigentes con la limpieza. Siempre están bien presentadas y a la hija nunca se le escapa ni un mechón despeinado del cabello”, añadió otro habitante del edificio, que dijo llamarse Juan Carlos.

Comprometida
Casi todos los días, las mujeres iban a tomar algo o a comer a un local ubicado en la esquina del edificio, detalló una empleada del negocio que no quiso revelar su identidad. “Incluso, vinieron la semana pasada. Nunca notamos nada extraño. Venían con una nena. Saludaban amablemente. Tomaban la leche o pedían pizzas o sándwiches”, relató, y añadió que le sorprendió una actitud que tuvo un día una de las mujeres en el negocio. “En una mesa, un padre le gritaba a su hija. Ella se levantó, caminó hacia allí y le dijo al hombre que no le parecía modo de tratar a la nena. A mí me cayó muy bien eso. Se nota que es una persona comprometida con los niños. Por eso no parecen personas que fueran a asesinar a alguien. A mí me dejó helada la detención”, dijo.
A Marcelo, el portero del edificio que linda con el de las mujeres, también le resulta muy extraña la sospecha que recae sobre Fernández y sobre Acosta. “Nadie lo puede creer. Son muy amables y no tienen problemas con los vecinos”, contó. Añadió que él no recuerda si el día en el que desapareció la docente, el 31 de julio, las vio pasar por la vereda. “Pero eso no significa nada, porque aquí hay mucho movimiento y uno se distrae”, relató.
Nadie recuerda en la cuadra detalles de ese lunes, cuando desapareció Argañaraz. Antes, según la investigación, les había enviado un mensaje de texto a las ex religiosas en el que decía: “Ya voy”. “Cuando llegué a limpiar la vereda, a las 7.30, ellas ya habían salido a trabajar, como de costumbre”, comentó el joven que hace la limpieza del edificio. “Es gente muy buena. Estoy realmente sorprendido”, dijo.
Pero las opiniones no son coincidentes. En un quiosco de la zona, donde las mujeres solían comprar cigarrillos y tarjetas de celular, los vendedores calificaron a Fernández como una mujer “muy antipática”. “No me caía bien. Siempre me pareció una mujer extraña”, comentó Luis, un empleado.