19 Julio 2006 Seguir en 
Que la vida tiene mil vueltas, nadie puede discutirlo. Menos aún en mi familia: 20 tucumanos que emigraron casi al mismo tiempo a Israel y se diseminaron por todo el norte de la Galilea y el Golán.
No hay ninguno de ellos que no reconozca el silbido de katiushas o que no haya vivido la experiencia de correr hasta un refugio, con el escalofriante ulular de las sirenas de fondo. El norte de Israel está plagado de argentinos; y entre ellos, muchísimos tucumanos que encontraron aquí un lugar más o menos parecido en el paisaje al de los pagos calchaquíes.
Jorge (mi cuñado) y Ethel (mi esposa) trabajan en Rosh Pina, una ciudad donde la lluvia de misiles no se detiene. El primer día de la guerra, Ethel, al escuchar los ruidos de las explosiones cada vez más cerca, le insistía a su concuñado (Jorge) que debían marcharse. “Esto suena feo”, le decía. Jorge, tucumano hasta el coto, no creía lo que le decían. “¿Qué puede pasar?”, preguntaba.
Hasta que salió al patio
En Tucumán escuché alguna vez sirenas, cuando se hablaba de la posibilidad de un conflicto con Chile. “No pasa nada”, decía entonces. A Jorge le pareció lo mismo, hasta que salió al patio de la planta de alta tecnología donde trabajan en el preciso momento en que caía un misil de verdad, no demasiado lejos del lugar. Si hubiese sido el único misil, la cosa habría resultado un tremendo susto, no más. Pero fueron varios. Ahora, del pánico, él comienza a moverse casi pausadamente entre sirena y sirena, entre chaparrón y chaparrón de cohetes.
Lo peor es dormir amontonados debajo de una escalera, el lugar más seguro de la casa, y tener que decirles a los chicos que no pasa nada.
Las explosiones no paran por la noche, y cuando su intensidad hace temblar las aberturas, es el momento de esperar atentos la sirena y acudir al miklat (refugio).
No hay ninguno de ellos que no reconozca el silbido de katiushas o que no haya vivido la experiencia de correr hasta un refugio, con el escalofriante ulular de las sirenas de fondo. El norte de Israel está plagado de argentinos; y entre ellos, muchísimos tucumanos que encontraron aquí un lugar más o menos parecido en el paisaje al de los pagos calchaquíes.
Jorge (mi cuñado) y Ethel (mi esposa) trabajan en Rosh Pina, una ciudad donde la lluvia de misiles no se detiene. El primer día de la guerra, Ethel, al escuchar los ruidos de las explosiones cada vez más cerca, le insistía a su concuñado (Jorge) que debían marcharse. “Esto suena feo”, le decía. Jorge, tucumano hasta el coto, no creía lo que le decían. “¿Qué puede pasar?”, preguntaba.
Hasta que salió al patio
En Tucumán escuché alguna vez sirenas, cuando se hablaba de la posibilidad de un conflicto con Chile. “No pasa nada”, decía entonces. A Jorge le pareció lo mismo, hasta que salió al patio de la planta de alta tecnología donde trabajan en el preciso momento en que caía un misil de verdad, no demasiado lejos del lugar. Si hubiese sido el único misil, la cosa habría resultado un tremendo susto, no más. Pero fueron varios. Ahora, del pánico, él comienza a moverse casi pausadamente entre sirena y sirena, entre chaparrón y chaparrón de cohetes.
Lo peor es dormir amontonados debajo de una escalera, el lugar más seguro de la casa, y tener que decirles a los chicos que no pasa nada.
Las explosiones no paran por la noche, y cuando su intensidad hace temblar las aberturas, es el momento de esperar atentos la sirena y acudir al miklat (refugio).








