Embarcarse un martes 13 en el digesto del disenso

El Poder Judicial demostró, dignamente, que sus miembros no sólo se manifiestan mediante sus sentencias. También hablan cuando no hablan: cuando no juran. Por Alvaro José Aurane - Redacción de LA GACETA

15 Junio 2006
El poder político local puede ser calificado de muchas maneras. Pero no pueden tildarlo de incoherente. Su obra cumbre, por el contrario, es un verdadero universo simbólico.
La nueva Carta Magna parece una anticonstitución: en lugar de ser un instrumento con el que el pueblo limita a sus gobernantes, incrementa el poder de la Casa de Gobierno y les pone límites a los representados. Fue alumbrada el día 6, del mes 6, del año 6. El 666 es la marca de la Bestia de la destrucción, que en el contexto histórico en que se escribió el Apocalipsis equivale al imperio. Y, como corolario, la Ley de Leyes fue jurada un martes 13. Era lógico: la venida de la Bestia (del imperio) es anunciada en el capítulo 13 de ese mismo libro cristiano.
Ahora bien, el martes 13 tiene entidad propia. Folclórica, si se quiere, pero no menos significante. Es, en el subtrópico, un día en el que dos cosas no deben hacerse: casarse ni embarcarse. Pero el imperio no respeta, siquiera, las leyes de la superstición.

Recreando una ausencia

El martes 13, los hombres que encarnan los poderes políticos se juramentaron ante el digesto. Y jurar no es cualquier palabra. Según el filósofo John Austin, no es una palabra que describe, sino que hace. Sólo jura cuando se dice “sí, juro”. O, en el altar, “sí, quiero”.
No era necesaria la jura: la Carta Magna rige desde el 7. Pero forzar ese hecho el martes 13 sirvió para exponer la característica más peligrosa de la nueva Ley Fundamental: de prometer la reforma del consenso, la Convención Constituyente embarcó a la provincia en la Constitución del disenso.
Nada menos que el Poder Judicial se abstuvo de participar del acto. Dignamente, no quiso jurar en vano. Ni embarcarse en un reconocimiento voluntario a la consagración de la república desequilibrada. Los jueces no sólo se expresan por sus sentencias: también hablan cuando no hablan. Cuando no juran, motus propio, disposiciones que devalúan a la Corte ante la gobernación, porque hacen falta menos votos legislativos para destituir a un magistrado que a un mandatario. Ni un jury de enjuiciamiento donde la mayoría política analizará la conducta de los otros jueces. Ni el desplazamiento de la Justicia en la Junta Electoral Provincial, que queda en manos del Ejecutivo. Ni la resurrección del Consejo Asesor de la Magistratura, para que el poder político lo conforme a su antojo.
La ausencia de la Justicia en la jura es una metáfora literal: recrea la ausencia de equidad institucional en el nuevo contrato social: la gobernación puede legislar por decreto; la Justicia ni siquiera puede dictar su propio presupuesto.

Una confusión de lenguas
Los tucumanos seguirán esperando por una Ley Suprema para ellos, porque ahora, en rigor, se pasó de la Constitución de Bussi a la de Alperovich. El martes 13, la única diferencia entre “sí, juro” y “sí, José” fueron apenas unas pocas letras.
Luego, que los constituyentes fijen como obligatoria la jura de la Carta Magna para todo funcionario público, es otro exceso, coherente con el contexto. No sólo instituye como obligatorio un acto estéril a los fines legales, sino que constituye todo un relajo institucional. Ahora se rasgan las vestiduras por los solemnes compromisos ante las soberanas constituciones muchos de los mismos que juraron el digesto del 90 y se cansaron de violentar, por ejemplo, el artículo 10 y su exigencia de licitaciones para enajenar bienes públicos.
Ahí, donde las palabras tienen un sentido y las acciones otros, ningún entendimiento es posible. Y es vano todo intento por construir estructuras que eleven a la sociedad. Curiosamente, a esto refiere alegóricamente la Torre de Babel, a la cual el folclore le asigna un martes 13 como fecha en la que opera la confusión de lenguas. Para muchos autores, una metáfora más sobre un imperio (el babilonio) que quiso instaurar hasta un lenguaje propio. Y no pudo. Porque hay cosas que no se pueden imponer.