Es 28 de agosto de 2002. Un hombre en el escenario. Solo. Acostado. Melancólico. "El malevaje extrañao, me mira sin comprender. Me ve perdiendo el cartel de guapo, que ayer brillaba en la acción. ¡No ves que estoy embretao, vencido y maniao en tu corazón!" Ecos de un tango se amotinan en el aire. La luz del reflector va empequeñeciéndose hasta posarse en sus ojos. Oscar Quiroga percibe que sus sueños, sus amigos, su vida hacen mutis por el foro.
1935, 10 de diciembre. Por accidente, ve por primera vez la luz en San Salvador de Jujuy, pero años después será enteramente tucumano. Antes su padre, ferroviario nómade, y su madre actriz llevarán su infancia por distintos pueblos. Es técnico mecánico y zigzaguea las sendas de la ingeniería, pero el teatro sobresalta sus venas desde la niñez en la escuela. Es electricista del elenco de Nuestro Teatro. Un día falta un actor y Guido Parpagnoli, el director, lo empuja a las tablas. El 17 de diciembre de 1958, en el teatro Alberdi, se inaugura un actor con "Ha llegado un inspector". "En el 64, antes de morir, Parpagnoli me pidió que me hiciera cargo de la dirección", contaba.
A esa altura ya es periodista en el vespertino "Noticias", poeta y en sus manos nace la dramaturgia con una obra para changuitos ("El tesoro de Margarita", 1967). "Me parecía un desafío escribir una obra para niños porque ellos iban a ser nuestros futuros espectadores y así fue. Surgieron los talleres y fuimos creando un público que nos permitió vivir del teatro. Eramos absolutamente independientes. En el 68 hicimos "Recordando con ira", de Osborne, que marcó un hito en Tucumán porque fueron 77 funciones, casi un año en cartel", recordaba.
Pero Oscar no sueña solo. Rosa Avila es también el nervio apasionado de Nuestro Teatro. "Aprendimos a hacer teatro de una forma muy particular. Eramos productores en todo sentido; no nos perdonábamos los errores, salvo los humanos. La base estaba en la autogestión y la disciplina. Hoy en día, la gente se junta para hacer una obra y luego se separa".
"El Loro", por ese caminar chueco y cadencioso, descubre la docencia y aprende que sin siembra el arte no tiene futuro. "Soy un emergente de las creaciones colectivas. Con los compañeros preparábamos los textos, pero terminaba escribiéndolos yo porque fui periodista y estudié literatura. Tenía cierta facilidad para la escritura. Pero mi metier es ser actor".
Sus creaciones van ganado espacio escénico. Surgen personajes bien tucumanos como "La María", "Gamuza", "Uñudo". "El malevaje extrañao" es premiada en el Teatro Abierto 82, la dirige Sergio Renán y Bárbara Mujica se adueña de uno de los roles principales. Lleva a las tablas una treintena de obras de su autoría. "La casa querida", "El inquilino", "La fiesta", "El guiso caliente", "Los días nuestros", "La gata Patacha" son algunos títulos de su producción. "Las puestas enriquecen los textos porque se adaptan e incorporan el contexto. Soy un autor de suerte porque toda mi obra ha sido representada no sólo aquí sino en otras provincias. Mi obra siempre buscó reflejar la realidad y se ubica en el grotesco. El teatro es mi vida".
Un rumor de tangos, de jazz y de Vivaldi abre surcos en la oscuridad. El frío ya no le camina el alma. Abrazos, risas y vino tinto se sublevan en sus sueños, mientras madura su adiós en un guiso caliente. La muerte le acaricia los párpados: "me vi a la sombra o finao, pensé en no verte y temblé... Decí, por Dios, qué me has dao que estoy tan cambiao, ¡no sé más quién soy...!"
1935, 10 de diciembre. Por accidente, ve por primera vez la luz en San Salvador de Jujuy, pero años después será enteramente tucumano. Antes su padre, ferroviario nómade, y su madre actriz llevarán su infancia por distintos pueblos. Es técnico mecánico y zigzaguea las sendas de la ingeniería, pero el teatro sobresalta sus venas desde la niñez en la escuela. Es electricista del elenco de Nuestro Teatro. Un día falta un actor y Guido Parpagnoli, el director, lo empuja a las tablas. El 17 de diciembre de 1958, en el teatro Alberdi, se inaugura un actor con "Ha llegado un inspector". "En el 64, antes de morir, Parpagnoli me pidió que me hiciera cargo de la dirección", contaba.
A esa altura ya es periodista en el vespertino "Noticias", poeta y en sus manos nace la dramaturgia con una obra para changuitos ("El tesoro de Margarita", 1967). "Me parecía un desafío escribir una obra para niños porque ellos iban a ser nuestros futuros espectadores y así fue. Surgieron los talleres y fuimos creando un público que nos permitió vivir del teatro. Eramos absolutamente independientes. En el 68 hicimos "Recordando con ira", de Osborne, que marcó un hito en Tucumán porque fueron 77 funciones, casi un año en cartel", recordaba.
Pero Oscar no sueña solo. Rosa Avila es también el nervio apasionado de Nuestro Teatro. "Aprendimos a hacer teatro de una forma muy particular. Eramos productores en todo sentido; no nos perdonábamos los errores, salvo los humanos. La base estaba en la autogestión y la disciplina. Hoy en día, la gente se junta para hacer una obra y luego se separa".
"El Loro", por ese caminar chueco y cadencioso, descubre la docencia y aprende que sin siembra el arte no tiene futuro. "Soy un emergente de las creaciones colectivas. Con los compañeros preparábamos los textos, pero terminaba escribiéndolos yo porque fui periodista y estudié literatura. Tenía cierta facilidad para la escritura. Pero mi metier es ser actor".
Sus creaciones van ganado espacio escénico. Surgen personajes bien tucumanos como "La María", "Gamuza", "Uñudo". "El malevaje extrañao" es premiada en el Teatro Abierto 82, la dirige Sergio Renán y Bárbara Mujica se adueña de uno de los roles principales. Lleva a las tablas una treintena de obras de su autoría. "La casa querida", "El inquilino", "La fiesta", "El guiso caliente", "Los días nuestros", "La gata Patacha" son algunos títulos de su producción. "Las puestas enriquecen los textos porque se adaptan e incorporan el contexto. Soy un autor de suerte porque toda mi obra ha sido representada no sólo aquí sino en otras provincias. Mi obra siempre buscó reflejar la realidad y se ubica en el grotesco. El teatro es mi vida".
Un rumor de tangos, de jazz y de Vivaldi abre surcos en la oscuridad. El frío ya no le camina el alma. Abrazos, risas y vino tinto se sublevan en sus sueños, mientras madura su adiós en un guiso caliente. La muerte le acaricia los párpados: "me vi a la sombra o finao, pensé en no verte y temblé... Decí, por Dios, qué me has dao que estoy tan cambiao, ¡no sé más quién soy...!"







