El alcalde de un pueblo español contrató una agencia matrimonial que envió 80 mujeres para los solteros del pueblo

11 Mayo 2006
VILLAFRECHOS, España.- "La caravana de mujeres" ha llegado a Villafrechos bajo la mirada intimidada de los numerosos hombres solteros de este pueblo del centro de España, cerca de Valladolid, que han montado un día de fiesta campestre para tratar de encontrar a su alma gemela.

El alcalde, Miguel Angel Gómez, de 37 años, soltero como sus tres hermanos, decidió en noviembre contactar con una agencia matrimonial con la idea de hacer venir solteras a Villafrechos esperando poner remedio a la soledad de muchos y, con el tiempo, tal vez repoblar el pueblo.

De los 540 habitantes de Villafrechos, los hombres solteros son legión. "Las chicas se van a trabajar o a estudiar a la ciudad, el hombre recupera el negocio del padre y se queda solo", explica el alcalde, que vive con su madre.

Son las once. Aprovechando un día soleado, todo el pueblo se ha reunido en la plaza. Un poco apartados se mantienen los cincuenta solteros que han pagado 100 euros cada uno para organizar el encuentro: agricultores, ganaderos, albañiles, camareros, bien afeitados y sobre la treintena.

La orquesta toca un pasodoble para amenizar la espera.

"Tiemblo", confía Goyo, un fornido guarda forestal de 43 años que no ha tenido suerte en el amor. "Me gustaría tener una mujer que sea buena. Me gusta la compañía porque estar solo es muy triste. Aquí, los hombres son serios, hablan poco, salen poco".

Llegan por fin dos autobuses azules. De los vehículos bajan unas 80 mujeres españolas, sudamericanas o rumanas instaladas en España. Viudas, divorciadas, solteras de 30 a 60 años y más.

Cada una recibe una flor. Bajo los soportales donde les espera un aperitivo de bienvenida, comienza el primer acercamiento. Pequeños grupos de hombres y mujeres se espían y sonríen, agarrados a su copa de vino blanco.

"Sed bienvenidas, divertíos y, por qué no, enamoraos", lanza el alcalde micro en mano.

"¿Por qué no nos entran? ¡No muerdo! Aunque me gusta la intimidad", bromea Roxi, una española de 35 años, teleoperadora en Valladolid, que busca "estabilidad, uno que me haga reír".

Goyo se sonroja en su banco: "No sé cuál elegir". Sentada a dos metros de él, Uriel Paeza, una elegante chilena de 40 años, viuda de un español, se acerca a él. "Llevo muchos años trabajando mucho y conozco a poca gente", explica más tarde. "No quiero un joven porque luego se va con dos de 20 años".

Durante la visita guiada al pueblo, se ha formado una primera pareja entre una peruana y un español.

"Yo venía sólo a bailar. Fue amor a primera vista", se alegra Elisabeth del brazo de José Antonio, recientemente jubilado de una fábrica de armas. "Consulté el tarot en un programa de televisión. Decía que iba a ser mi día". Para estos dos divorciados, lo esencial ahora es "hablar, lo vamos a hacer correctamente. Nos queda mucho tiempo".

Durante la comida, ternera asada, pulpo a la gallega y salchichas, el hielo ha terminado de romperse. Por la tarde, mujeres y hombres se acercan unos a otros. Algunas "parejas" pasean de la mano, miran el espectáculo de danzas regionales o el partido de fútbol.

Por la noche tiene lugar el baile que supone la última posibilidad, animado por un Cupido inesperado, "Selvis", un travestido negro de cuerpo escultural. Crecenciano, cabrero de 64 años nunca ha "tenido novia". Pero esta noche, baila el tango con una argentina y parece muy feliz.

Luego llega el momento del adiós, intercambios discretos de teléfonos. A la una y media de la madrugada, despedidas con fuegos artificiales, las Cenicientas vuelven a sus autobuses... (AFP).

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