07 Marzo 2006 Seguir en 
Buenos Aires.- Con los últimos acordes del Festival de Tango resonando en los rincones de Buenos Aires, se podría pensar en el cierre de un ciclo musical en la capital argentina. Pero la realidad es que por largo tiempo más el pop, el rock y la balada tendrán de rehén a la cuna del "2x4".
Buenos Aires vive un furor musical que hace mucho no se registraba. La devaluación que triplicó en 2002 los costos en dólares había secado los oídos argentinos de melodías foráneas, e hizo que incluso conseguir un disco compacto importado se convirtiera en un lujo para pocos. La época de los megarrecitales y de las superfiguras de la música internacional parecía lejana, y los escenarios sólo se agitaron con exiguas visitas latinoamericanas. Y fue entonces cuando el Festival de Tango cobró mayor atractivo y se erigió como un imán para turistas extranjeros y para aquellos locales que redescubrieron, en parte a la fuerza, en parte gracias a una revalorización de sus raíces, la cultura rioplatense. La octava edición del encuentro cerró el domingo con un nuevo récord de espectadores, atraídos por una organización que llevó el tango a lugares populares y a la misma calle, donde el sábado se realizó una multitudinaria milonga a cielo abierto en pleno microcentro porteño.
El mayor mérito del festival fue no encerrarse en el tango histórico, sino abrir sus puertas a las nuevas tendencias para confluir con otros géneros y disciplinas, sin quitar un espacio central a la experiencia de los grandes maestros. Así fue como la inauguración del Festival de Tango colmó los bosques del barrio de Palermo con la presentación, al aire libre, de la Selección Nacional de Tango; hubo lugar para una orquesta típica, pero de Holanda, y el ciclo "Creadores 06" funcionó a lleno completo. En 65 sedes desparramadas en teatros, clubes y espacios públicos de la Ciudad de Buenos Aires, 70 agrupaciones y 641 artistas hicieron del tango no sólo un estilo musical sino toda una expresión cultural. Y los espectadores no fueron sólo aquellos típicos fanáticos del tango, sino gente de toda edad que optó por los sones rioplatenses. (DPA)
Buenos Aires vive un furor musical que hace mucho no se registraba. La devaluación que triplicó en 2002 los costos en dólares había secado los oídos argentinos de melodías foráneas, e hizo que incluso conseguir un disco compacto importado se convirtiera en un lujo para pocos. La época de los megarrecitales y de las superfiguras de la música internacional parecía lejana, y los escenarios sólo se agitaron con exiguas visitas latinoamericanas. Y fue entonces cuando el Festival de Tango cobró mayor atractivo y se erigió como un imán para turistas extranjeros y para aquellos locales que redescubrieron, en parte a la fuerza, en parte gracias a una revalorización de sus raíces, la cultura rioplatense. La octava edición del encuentro cerró el domingo con un nuevo récord de espectadores, atraídos por una organización que llevó el tango a lugares populares y a la misma calle, donde el sábado se realizó una multitudinaria milonga a cielo abierto en pleno microcentro porteño.
El mayor mérito del festival fue no encerrarse en el tango histórico, sino abrir sus puertas a las nuevas tendencias para confluir con otros géneros y disciplinas, sin quitar un espacio central a la experiencia de los grandes maestros. Así fue como la inauguración del Festival de Tango colmó los bosques del barrio de Palermo con la presentación, al aire libre, de la Selección Nacional de Tango; hubo lugar para una orquesta típica, pero de Holanda, y el ciclo "Creadores 06" funcionó a lleno completo. En 65 sedes desparramadas en teatros, clubes y espacios públicos de la Ciudad de Buenos Aires, 70 agrupaciones y 641 artistas hicieron del tango no sólo un estilo musical sino toda una expresión cultural. Y los espectadores no fueron sólo aquellos típicos fanáticos del tango, sino gente de toda edad que optó por los sones rioplatenses. (DPA)







