05 Marzo 2006 Seguir en 
BUENOS AIRES.- Transitoria o permanente, la inflación tuvo una presencia destacada en el capítulo económico del discurso del presidente Néstor Kirchner ante la Asamblea Legislativa.
Las palabras de Kirchner se expresaron prácticamente en forma simultánea a la decisión del Banco Central de profundizar su política para restringir la liquidez de la plaza, en el convencimiento de que la expansión monetaria de los últimos meses fue uno de los disparadores de los precios al consumidor.
Si es cierto, como dijera un ex presidente de la institución, que el Banco Central es “autónomo pero no autista”, y que el kirchnerismo se encargó de inmunizar a su Directorio de todo vestigio de la década del 90 con la designación de integrantes de su entera confianza, cabe concluir que las decisiones tomadas en el edificio de Reconquista 266 cuentan, por lo menos, con la aprobación tácita de Balcarce 50, de donde no salió ningún comentario de reprobación desde la asunción de Martín Redrado como titular de la autoridad monetaria.
Entre las palabras del presidente y las acciones oficiales para combatir la inflación surge la vieja contradicción entre discursos progresistas y recetas ortodoxas, una costumbre de décadas en la política argentina.
En el Congreso, Kirchner identificó las causas de la cierta aceleración inflacionaria de los últimos meses:
* La suba de los precios internacionales de commodities y la creciente exportación de alimentos.
* Un contexto de crecimiento y de fuerte recuperación de la demanda agregada, que desembocó en un “esperable ajuste de precios relativos entre servicios y bienes”.
* Un aumento en los márgenes de beneficio de las empresas.
* Una recomposición relativa de la situación de los asalariados, asociado a la notoria recuperación del empleo (por un pensamiento similar, el ex ministro Roberto Lavagna se ganó la enemistad de la CGT).
En ningún pasaje del discurso presidencial se hace mención a la necesidad de controlar la liquidez. Tampoco, a las políticas del Banco Central en ese sentido. Sin embargo, al mismo tiempo, fue sobre esa liquidez que el Banco Central estaba actuando:
* el martes 28 de febrero, adjudicó Letras y Notas por $ 1.844 millones, más del doble de los vencimientos de la semana.
* el 2 de marzo, absorbió $ 2.644 millones por redescuentos.
En consecuencia, en apenas tres días, la aspiradora del BCRA tomó una suma equivalente al 6% de la base monetaria. El mercado siguió con atención los movimientos del organismo, con una suba de la tasa del call money, mientras cobran cuerpo las versiones de una suba de encajes.
En fin, las recetas tradicionales para frenar un alza de precios motorizada principalmente por un crecimiento de la circulación monetaria a un ritmo mucho más acelerado que el de la actividad económica, a su vez impulsado por el propósito oficial de mantener la cotización del dólar en torno de $ 3,08, a pesar de que el cociente entre base monetaria y reservas (aún después de la cancelación de la deuda con el FMI) se ubique en $ 2,83.
Se podrá discutir si los instrumentos son o no los adecuados, pero lo que queda claro es que, más allá de los discursos, son ellos los componentes de la estrategia oficial para controlar los precios. Al menos, son mucho más efectivos que anunciar el congelamiento por un año del precio de una lata de gaseosa. (DyN)
Las palabras de Kirchner se expresaron prácticamente en forma simultánea a la decisión del Banco Central de profundizar su política para restringir la liquidez de la plaza, en el convencimiento de que la expansión monetaria de los últimos meses fue uno de los disparadores de los precios al consumidor.
Si es cierto, como dijera un ex presidente de la institución, que el Banco Central es “autónomo pero no autista”, y que el kirchnerismo se encargó de inmunizar a su Directorio de todo vestigio de la década del 90 con la designación de integrantes de su entera confianza, cabe concluir que las decisiones tomadas en el edificio de Reconquista 266 cuentan, por lo menos, con la aprobación tácita de Balcarce 50, de donde no salió ningún comentario de reprobación desde la asunción de Martín Redrado como titular de la autoridad monetaria.
Entre las palabras del presidente y las acciones oficiales para combatir la inflación surge la vieja contradicción entre discursos progresistas y recetas ortodoxas, una costumbre de décadas en la política argentina.
En el Congreso, Kirchner identificó las causas de la cierta aceleración inflacionaria de los últimos meses:
* La suba de los precios internacionales de commodities y la creciente exportación de alimentos.
* Un contexto de crecimiento y de fuerte recuperación de la demanda agregada, que desembocó en un “esperable ajuste de precios relativos entre servicios y bienes”.
* Un aumento en los márgenes de beneficio de las empresas.
* Una recomposición relativa de la situación de los asalariados, asociado a la notoria recuperación del empleo (por un pensamiento similar, el ex ministro Roberto Lavagna se ganó la enemistad de la CGT).
En ningún pasaje del discurso presidencial se hace mención a la necesidad de controlar la liquidez. Tampoco, a las políticas del Banco Central en ese sentido. Sin embargo, al mismo tiempo, fue sobre esa liquidez que el Banco Central estaba actuando:
* el martes 28 de febrero, adjudicó Letras y Notas por $ 1.844 millones, más del doble de los vencimientos de la semana.
* el 2 de marzo, absorbió $ 2.644 millones por redescuentos.
En consecuencia, en apenas tres días, la aspiradora del BCRA tomó una suma equivalente al 6% de la base monetaria. El mercado siguió con atención los movimientos del organismo, con una suba de la tasa del call money, mientras cobran cuerpo las versiones de una suba de encajes.
En fin, las recetas tradicionales para frenar un alza de precios motorizada principalmente por un crecimiento de la circulación monetaria a un ritmo mucho más acelerado que el de la actividad económica, a su vez impulsado por el propósito oficial de mantener la cotización del dólar en torno de $ 3,08, a pesar de que el cociente entre base monetaria y reservas (aún después de la cancelación de la deuda con el FMI) se ubique en $ 2,83.
Se podrá discutir si los instrumentos son o no los adecuados, pero lo que queda claro es que, más allá de los discursos, son ellos los componentes de la estrategia oficial para controlar los precios. Al menos, son mucho más efectivos que anunciar el congelamiento por un año del precio de una lata de gaseosa. (DyN)







