20 Noviembre 2005 Seguir en 
Pocos analistas políticos en su sano juicio se atreverían a hallar equivalencias entre Camelot, el idílico entorno de la administración Kennedy identificado con el legendario castillo del rey Arturo, y el equipo de gobierno que acompaña al presidente norteamericano George W. Bush. Sin embargo, varios historiadores encontraron signicativos paralelos entre ambos períodos; luego de desmitificar el aura de perfección que rodea al recuerdo de la presidencia de JFK.
Camelot fue, para gran parte de los norteamericanos, el dorado refugio de un joven presidente -educado, audaz, inteligente, buen mozo y perteneciente a una adorable familia- y de sus consejeros, tan jóvenes y audaces como él, capaces e instruidos, y dueños de las mejores mentes del país. Dentro de este entorno ideal sobresalía el hermano del presidente, Robert Kennedy, escudado en su fama de incorruptible luchador contra la mafia y defensor de los derechos civiles de los ciudadanos.
El contraste con la actual administración es evidente. Para cualquier observador, ni Bush ni sus más cercanos colaboradores pueden exhibir los pergaminos intelectuales ni los pulidos modales de los habitantes de Camelot; y además, se les atribuye una impericia alarmante en el manejo de los asuntos externos del país.
Sin embargo, algunos estudiosos de la política exterior de EEUU encuentran paralelos significativos entre ambas administraciones. En el libro "The fifty-year wound", Derek Leebaert se ocupa de quitar el sesgo positivo con el que pasaron a la historia ciertas acciones del gobierno de Kennedy. Señala como un hecho catastrófico el respaldo a la invasión a Cuba en la Bahía de los Cochinos, y considera que la temeridad del gobierno americano puso el mundo al borde de un holocausto nuclear durante la crisis de los misiles soviéticos en la isla. Además de acusarlo de alentar varios complots de la CIA para asesinar a Fidel Castro, sostiene que el mal manejo de la crisis en el sudeste asiático elevó de 600 a 17.000 el número de efectivos militares norteamericanos en Vietnam y precipitó el país en una escalada bélica de la que luego fue imposible salir sin gravísimas consecuencias. Leebaert agrega que la administración Kennedy encubrió estos fiascos políticos en una maraña de mentiras y de informaciones sesgadas que le permitió mantener una imagen envidiable.
Visto desde esta perspectiva, el gobierno de JFK muestra puntos de contacto con la actual administración. Los "ataques preventivos" coinciden con la afirmación presidencial de que "el único sendero hacia la paz es el sendero de la acción". "Los oficiales de Inteligencia del gobierno se quejaron de que los operativos políticos los obligan a volver a trabajar sus análisis hasta que sus conclusiones concuerdan con las predisposiciones ideológicas de Cheney, Rumsfeld, o Wolfowitz", sostiene Robert Higgs, experto en política económica en The Independent Institute. Establece así un paralelo con la deformación de la realidad que aparentemente se habría realizado durante el gobierno de JFK para disimular los efectos de sus errores estratégicos.
Camelot fue, para gran parte de los norteamericanos, el dorado refugio de un joven presidente -educado, audaz, inteligente, buen mozo y perteneciente a una adorable familia- y de sus consejeros, tan jóvenes y audaces como él, capaces e instruidos, y dueños de las mejores mentes del país. Dentro de este entorno ideal sobresalía el hermano del presidente, Robert Kennedy, escudado en su fama de incorruptible luchador contra la mafia y defensor de los derechos civiles de los ciudadanos.
El contraste con la actual administración es evidente. Para cualquier observador, ni Bush ni sus más cercanos colaboradores pueden exhibir los pergaminos intelectuales ni los pulidos modales de los habitantes de Camelot; y además, se les atribuye una impericia alarmante en el manejo de los asuntos externos del país.
Sin embargo, algunos estudiosos de la política exterior de EEUU encuentran paralelos significativos entre ambas administraciones. En el libro "The fifty-year wound", Derek Leebaert se ocupa de quitar el sesgo positivo con el que pasaron a la historia ciertas acciones del gobierno de Kennedy. Señala como un hecho catastrófico el respaldo a la invasión a Cuba en la Bahía de los Cochinos, y considera que la temeridad del gobierno americano puso el mundo al borde de un holocausto nuclear durante la crisis de los misiles soviéticos en la isla. Además de acusarlo de alentar varios complots de la CIA para asesinar a Fidel Castro, sostiene que el mal manejo de la crisis en el sudeste asiático elevó de 600 a 17.000 el número de efectivos militares norteamericanos en Vietnam y precipitó el país en una escalada bélica de la que luego fue imposible salir sin gravísimas consecuencias. Leebaert agrega que la administración Kennedy encubrió estos fiascos políticos en una maraña de mentiras y de informaciones sesgadas que le permitió mantener una imagen envidiable.
Visto desde esta perspectiva, el gobierno de JFK muestra puntos de contacto con la actual administración. Los "ataques preventivos" coinciden con la afirmación presidencial de que "el único sendero hacia la paz es el sendero de la acción". "Los oficiales de Inteligencia del gobierno se quejaron de que los operativos políticos los obligan a volver a trabajar sus análisis hasta que sus conclusiones concuerdan con las predisposiciones ideológicas de Cheney, Rumsfeld, o Wolfowitz", sostiene Robert Higgs, experto en política económica en The Independent Institute. Establece así un paralelo con la deformación de la realidad que aparentemente se habría realizado durante el gobierno de JFK para disimular los efectos de sus errores estratégicos.










